22 de febrero de 2017

El deber de la prensa en Cuba (I): el periodismo útil



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El peso de la historia y de las circunstancias es innegable. Desde todo punto de vista que aspire a analizarse algún asunto de interés público, ambas perspectivas permiten trazar el sendero por donde deben encausarse los debates francos y aportadores.
No es problema de hoy, aunque lo parezca. El periodismo útil, y entiéndase como tal no únicamente al periodista como sujeto, sino al resultado de su labor, ha constituido necesidad para el progreso de la nación. Allá a finales del siglo XVIII, cuando comenzaba a hacerse común el ejercicio del periodismo, estuvo siempre matizado por el interés de diferenciarse de aquel que se hacía en la Metrópoli.
Con claro sabor criollo, en el siglo XIX asumiría la prensa responsabilidades importantes dentro de la formación de la nacionalidad cubana. El punto culminante de su utilidad estuvo en la obra martiana, quien entendió como pocos, el papel que le corresponde a cada hombre en su tiempo.
Resulta curioso, cuando menos, la lectura de aquel texto que un joven José Martí escribiera en el Diablo Cojuelo el 19 de enero de 1869:
Nunca supe yo lo que era público, ni lo que era escribir para él, mas a fe de diablo honrado, aseguro que ahora como antes, nunca tuve tampoco miedo de hacerlo. Poco me importa que un tonto murmure, que un necio zahiera, que un estúpido me idolatre y un sensato me deteste. Figúrese usted, público amigo, que nadie sabe quién soy: ¿qué me puede importar que digan o que no digan?
Asocia el naciente periodista al ejercicio de la escritura el concepto de público, tanto en la acepción referente al destinatario del mensaje como a aquella que define el espacio en que se da el debate. No teme tampoco a que su mensaje pueda generar murmuraciones ni zaherir ni promover falsas idolatrías. Por sobre todo eso pone el compromiso de ser consecuente, de asumir el deber que a la prensa corresponde en el entorno público.
Porque para Martí, allá en el lejano 1869:
Esta dichosa libertad de imprenta, que por lo esperada y negada y ahora concedida, llueve sobre mojado, permite que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica (…)
Defiende entonces el derecho a decir lo que incomoda, lo que levanta roncha porque se sustenta en la verdad. Aunque moleste a algunos, entiende necesaria a esta última para azuzar a quien no reconoce el estado de cosas.
Mas, volviendo a la cuestión de libertad de imprenta, debo recordar que no es tan amplia que permita decir cuanto se quiere, ni publicar cuanto se oye.
Porque la prensa debe decir sobre lo que se quiere y se oye, porque le corresponde el compromiso con la verdad pública, con la utilidad de la palabra. He ahí uno de los principios fundacionales del periodismo cubano: la utilidad de la palabra puesta en función del interés público.
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¿Pero del interés público de quién? ¿De aquellos que representan unos pocos en posiciones empoderadas, con acceso a los espacios que multiplican su voz y les hace erigirse en verdades incuestionables? ¿O acaso la prensa debe encargarse de aquellos asuntos de interés público, entendiendo a este como la mayoría que vive y padece las necesidades de la nación?
En su conocido poema Abdala, dedicado en espíritu y esencia a la recién iniciada gesta libertadora del 10 de octubre de 1868, bajo el título agrega José Martí a modo de aclaración necesaria: “Escrito expresamente para la Patria”. He ahí otro gran deber de la prensa cubana.
Ya en Lecturas de Steck Hall, en la ciudad de Nueva York, el 24 de enero de 1880, alertaba el avezado orador:
El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente. No a un torneo literario, donde justen el trabajado pensamiento y la cuidada frase,—no a recoger el premio de pasados y presentes dolores, que por ser menos graves que los que otros sufrieron, más que enorgullecerme, me avergüenzan;— no a hacer destemplada gala de entusiasmo y consecuencia personales vengo,—sino a animar con la buena nueva la fe de los creyentes, a exaltar con el seguro raciocinio la vacilante energía de los que dudan, a despertar con voces de amor a los que—perezosos o cansados— duermen, a llamar al honor severamente a los que han desertado su bandera.
Sabe bien Martí, y así lo insiste una y otra vez, que el deber es de todos y corresponde a todos un papel importante. Para ello los convoca, los orienta, les escribe:
Esta no es sólo la revolución de la cólera. Es la revolución de la reflexión. Es la conversión prudente a un objeto útil y honroso, de elementos inextinguibles, inquietos y activos que, de ser desatendidos, nos llevarían de seguro a grave desasosiego permanente, y a soluciones cuajadas de amenazas. Es la única vía por [la] que podemos atender a tiempo a intereses que están a punto de morir, que son nuestro único elemento de prosperidad económica, y que nada tienen que esperar de intereses absolutamente contrarios.
La prensa tiene en sí misma el deber natural de velar por los asuntos de interés público. Del desconocimiento de esto nada bueno ha aprendido la nación, ni en tiempos pasados ni presentes. No puede construirse modelo de país alguno, sin el debate general y generalizado de esas cuestiones que, a veces abstractas y otras muy particulares y concretas, atañen a todos como conjunto.
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Nada bueno puede lograrse tampoco si se permite que sean otros, en nombre de intereses contrarios, quienes ocupen espacios que corresponden a la prensa cubana, bien por ineficacia de esta, bien por complacencia, bien por incumplimiento de su deber primero que, ¿alguien lo duda?, consiste en ser el ojo avizor, la voz común y la espada pública. No puede la prensa rehuir de su deber ni acomodarse ni confiar en que otros hagan lo que le corresponde.
Como asegura José Martí en su Discurso en Steck Hall, recogido en las Obras Completas y que presumiblemente daría a conocer en el propio año de 1880:
La opinión enérgica es tan poderosa como la lanza penetrante: quien esconde por miedo su opinión y como un crimen la oculta en el fondo del pecho y con su ocultación favorece a sus tiranos, es tan cobarde, como el que en lo recio del combate vuelve grupas y abandona la lanza al enemigo.

(Por Eduardo Pérez Otaño)

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