23 feb. 2017

El deber de la prensa en Cuba (II): la esfera pública



No es menester buscar responsables de los problemas, es más urgente encontrar sus soluciones. Ya quedará para otro momento cuando, sin espíritu revisionista sino con una mirada objetiva y de utilidad, se estudien y expongan los sucesos pasados.
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En ese afán, hemos preferido concentrarnos en aquellas responsabilidades que, a nuestro juicio, corresponden a la prensa en las actuales circunstancias del país, cuando se actualizan modos y formas de hacer y pensar cuanto se ha hecho hasta ahora. Hemos comprendido claramente, al menos en su forma aunque quizás no tanto en su esencia, cuánto ha cambiado el mundo y en qué medida debemos transformar nosotros mismos nuestra realidad, si no queremos ser absorbidos por fuerzas poderosas o enviados a la periferia donde pululan los olvidados.
En todas las esferas del acontecer nacional se siente un movimiento, a veces demasiado lento, a veces ingenuo, pero movimiento al fin, hacia alguna parte. Y mientras todo esto sucede cabría esperar de la prensa una actitud otra, y la razón se sustenta en su papel movilizador, tan esencial para sumar cabezas pensantes y brazos actuantes a esta inmensa obra colectiva.
El deber de la prensa en Cuba (I): el periodismo útil
Aunque por ahora hemos preferido concentrarnos en la prensa y su función social, no olvidemos que no corresponde la responsabilidad de la ausencia de una verdadera esfera de debate público en Cuba solo a este componente de la sociedad: tienen ahí también su importante cuota de responsabilidad los intelectuales, el sistema educativo, la esfera cultural, el sector político…
Aun se recuerdan las polémicas de los años sesenta, cuando iniciaba la Revolución y una pequeña isla, que había formado parte de la periferia olvidada del capitalismo occidental, era noticia con fuerza inusitada en todas partes. Lo que pudo ser un debate privado entre un reducido grupo de intelectuales, artistas y políticos, se convirtió en asunto de interés público tanto por su contenido trascendental como por el papel amplificador que jugó la prensa.
El dilema de ser periodista
Heredera de una larga tradición de reconocimiento de la esfera pública y su importancia para construir consenso en torno a las ideas, poco puede presentarse en décadas posteriores como continuidad de lo acontecido en aquella primera etapa inicial de la Revolución. Quizás por exceso de confianza en el papel que debían jugar otras intuiciones y esferas de la vida nacional; quizás por el calco y la copia de otros modelos, sin análisis y reajuste a las condiciones reales; quizás por incompetencias profesionales; quizás por falta de exigencia mayor por parte de los destinatarios (a quienes preferiría denominar como “dialogantes”).
A veces creo que hemos olvidado hasta lo que en esencia el propio Carlos Marx, como muchos otros teóricos del comunismo, decía sobre el papel de la prensa en la sociedad. De tal modo lo escribía en la Gaceta Renana del 15 de mayo de 1842:
La prensa libre es el ojo siempre abierto del espíritu del pueblo, la personificación de la confianza que un pueblo tiene en sí mismo, el lazo parlante que une a los individuos con el estado y con el mundo, la cultura incorporada que transfigura las luchas materiales en luchas espirituales e idealiza su basta (sic) figura material. Es la confesión sin miramiento que hace un pueblo ante sí mismo, y es sabido que la fuerza de la confesión es liberadora. Es el espejo espiritual en el que un pueblo se contempla a sí mismo, y la autocontemplación es la primera condición de la sabiduría. Es el espíritu del Estado que se puede llevar hasta cada choza con menos costo que el gas de la materia. Es universal, omnipresente y omnisciente. Es el mundo ideal que mana continuamente del real y fluye nuevamente a él, animando siempre un espíritu cada vez más rico.
Habrá quien en actitud ingenua y en defensa propia, esgrima como ejemplos los reducidos debates que, con especial fuerza desde finales de la década del noventa, han venido suscitándose en determinados sectores. A esto se refiere Raúl Garcés en artículo publicado en el sitio digital de la revista Temas con fecha 25 de enero de 2016:
Un tema que hemos defendido entre nosotros es que una cosa son los debates para cien o doscientas personas reunidas físicamente, y otra bien distinta la amplificación de ese debate a escala masiva. Yo creo que los medios de comunicación estamos llamados— es una de las misiones que tenemos como parte de  nuestro encargo social—, a masificar los debates, a articular los diferentes debates que se puedan producir en una sociedad  y darle un carácter masivo, para que la ciudadanía participe de él.
Yo creo que por las características y las razones que sean, en nuestra sociedad muchas veces nos quedamos con fragmentos de debates, con debates atomizados, que ocurren en Último Jueves, en Catalejo, en la Asociación Hermanos Saíz, pero no tienen la posibilidad de articularse entre ellos y convertirse en debate también para los medios de comunicación, con un carácter masivo y con el involucramiento de la sociedad en un proceso deliberativo de alcance mayor.
No hay dudas de que requerimos, como nación que se piensa a sí misma todo el tiempo, una esfera pública mucho más activa, cuestionadora de sus dirigentes y las políticas que se implementan, porque así y solo así se garantizará ese primer paso tan necesario para lograr la participación: sentirse parte. ¿Pero parte de qué? De la sociedad en primera instancia, pero también del proceso político, económico y cultural al que hemos dedicado los últimos 58 años; parte activa y responsable; parte esencial en tanto se reconozca como impulsora y receptora de los proyectos que impulsamos como conjunto.
En correspondencia con lo planteado más adelante en el sitio digital de Temas por el propio Raúl Garcés, decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana:
Yo creo que esta sociedad ha ido madurando cada vez más la posibilidad de convertirse en una sociedad deliberativa, sin agredirse u ofenderse entre los que deliberan.
(Por Eduardo Pérez Otaño)

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