3 de febrero de 2017

Regreso a Ítaca



Una vez le pregunté si volvería: -“en cuatro semanas”, me respondió y luego de abrazarnos pasó el chequeo de aduana y se fue. Al mes no había sabido nada de mi amigo y era eso un síntoma preocupante.

Regreso a Ítaca. Foto: Alejandro Madorrán Durán
Foto: Alejandro A. Madorrán Durán
Días después me comentaron, casi por casualidad, que andaba por Ecuador; más tarde por Colombia donde por unos días estuvo en manos de la guerrilla. Perdí sus señas en México, en aquellas semanas en que todo era confuso a causa de la fuga del Chapo Guzmán.

Y mi amigo pasó hambre y se escondió, como un criminal. Luego, dinero de por medio, cruzó a los Estados Unidos, de donde no podrá salir en algún tiempo. Tenía un futuro prometedor en Cuba, siempre creí eso, pero los sueños mal armados lo llevaron a inventarse mil historias.

Hoy pudiera ser uno de los miles que han quedado varados en Costa Rica, esos que como él dejaron todo atrás por fantasías enlatadas. O de los que andan buscando techo y comida en México a la espera de que aparezca quien les facilite el dinero para pagar el traslado hasta la frontera.

Como Odiseo, el héroe griego sobre el que tanto cantó Homero, algún día mi amigo emprenderá su viaje a Ítaca, esta Ítaca donde la circunstancia del agua por todas partes nos hace buscar fuera, más allá, del otro lado. Siempre así, aunque duela: siempre extranjeros en tierra ajena. 


En su viaje, mi amigo –que desde entonces no sé si sigue siéndolo-, tendrá que sortear otra vez mil y un obstáculos, esos que el tiempo levanta como murallas infranqueables. El calendario habrá seguido indetenible y los pequeños detalles que antes podía reconocer ahora la serían ajenos.

En estos días me preguntaban por él. No pude responder. Ya ni siquiera nos escribimos porque cada vez hubo menos temas en común, las palabras se fueron extinguiendo de a poco en cada correo enviado. Las rutinas, diferentes también, nos fueron jugando la mala pasada hasta que un día descubrí que no tenía respuestas, solo preguntas.

Es inevitable, ahora que asisto a la partida de otros amigos, de otras amigas, pensar que sucederá lo mismo. Abrazar creyendo que será la última vez, por ese efecto maldito de “se va”, sin segundas partes, sin la posibilidad segura del regreso. Múltiples las causas, cierto; pero las historias se repiten una y otra vez en esta isla en plena transformación.

Regresará. Mi amigo regresará un día a buscar un mundo de pequeñas cosas. Para entonces, nosotros estaremos de este lado o del otro –no importa, ya no importará. No seremos los mismos. Ítaca tampoco será igual. (Por Eduardo Pérez Otaño)
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