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20 de julio de 2017

¿Clase burguesa en Cuba?

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Imagen tomada de http://www.yadiraescobar.com

Por: Camilo Rodríguez Noriega*

Tomado de CubaEconomía

De un “módulo” temático, publicados por el profesor y bloguero Dr. Carlos García Valdés y que sugiero leer, me he atrevido a aislar, relativamente, el referido en el título de este trabajo, donde el autor afirma:

“La plusvalía del empresario nacional privado no es una ley económica, es simplemente una forma del plus valor que producen sus empleados que a la vez son propietarios asociados de los medios fundamentales de producción y en consecuencia reciben lo que le corresponde de la realización de la propiedad socialista de todo el pueblo. No son explotados, son doblemente beneficiados: por su trabajo en una entidad privada y por la propiedad estatal socialista y los beneficios de una sociedad que es regida por leyes económicas y jurídicas que nada tienen que ver con las del capitalismo. En consecuencia ni los propietarios son capitalistas, ni lo empleados son explotados. Es una realidad compleja pero hay que analizarla, precisamente desde la complejidad y la dialéctica”.

Su invitación al análisis anima la reflexión que continúa. No es que se apunten aquí cuestiones que en el post de referencia no se lean o entrevean. En todo caso, lo que se comenta agradece tanto las respuestas que el mismo ofrece como las preguntas que estimula. Con más precisión: el post ha sido una motivación, a partir del respeto que profeso a su autor, para ordenar unos puntos de vistas al respecto, cargados de incertidumbre en relación a una conclusión sobre el tema.

El asunto referido a la producción de plusvalía dentro de las fronteras nacionales tampoco es ya novedoso en Cuba, ni como realidad ni como reflexión: las empresas mixtas lo plantearon desde sus inicios. Pero sus características y la objetiva compartimentación relativa de su realidad e influjo en relación al resto de la sociedad le otorgaron otro matiz y diferente significado a sus condicionamientos y efectos nacionales. Eso explica, entre otras razones, por qué desde ese momento no surgió la pregunta acerca de la formación de una clase burguesa nacional.

Por empresarios privados nacionales estoy entendiendo a los propietarios privados de medios de producción tales que superan la capacidad de su fuerza de trabajo para emplearlos productivamente y tienen que recurrir a la contratación de mano de obra ajena. Considero que son explotadores si tales dueños, después de saldar sus deudas con el fisco, se apropian gratuitamente cuando menos del fruto del trabajo adicional de los trabajadores que emplean. Téngase en cuenta que la responsabilidad económica social que corre a cuenta de sus ingresos se sintetiza esencialmente en el binomio pago de salarios (¿siempre por el trabajo necesario?) (1)  y tributos.

Pueden ser esos empresarios “el dueño de siete almendrones”, “el propietario de un par de hostales con una veintena de habitaciones”, el de “la paladar mejor establecida” o el de “una cadena de distribución de pizzas con una decena de motos” (2).  Si tales empresarios privados nacionales no producen plusvalía ¿cuál es la base económica de su acumulación empresarial? Otra cosa es que la producción de plusvalía no sea la base económica de producción y reproducción del tipo de sociedad que existe en Cuba hoy.

Por tanto, mi presupuesto de partida es el de que la producción de plusvalía por el empresario nacional privado no es una ley económica que rige objetivamente a nivel societal en Cuba, pero lo es a nivel de cada uno de sus procesos específicos de producción (aunque ni práctica, ni teóricamente agoten el proceso social de producción de plusvalía). Por demás, ¿estaremos ausente de cierta expresión suya en las posibles y reales relaciones económicas, legales o no, entre esos empresarios a través de la re-distribución de ganancias y la posible conformación de una tasa media a nivel sectorial al menos? La situación de este proceso, si es sensato planteárselo, parece importante considerarla en la reproducción de este tipo de relaciones económicas y de todos los actores principales asociados.

De cualquier manera, el estado actual de cosas, aun cuando no sea más que por su novedad y posible repercusión entre nosotros, invita a indagar. Otra cuestión son las fuentes disponibles para esa indagación, cuya limitación sirve para escamotear una información que debiéramos tener en tiempo oportuno. Si algún mensaje político nos recalca Lenin en su obra Una gran iniciativa (aquella de donde hemos tomado lo que identificamos como su definición de clases sociales) es la importancia de atender al brote de “lo nuevo” (categoría que, por cierto, no tiene fundamentos ideológicos, como a veces parece, sino ontológicos).

¿Por qué debemos estar atentos en Cuba hoy a los brotes de una clase burguesa? Porque necesitamos que, aun cuando surja, no se produzca en su plenitud capitalista. Por tanto, tenemos que lograr desde temprano que, sin poder dejar de ser lo que es, se integre orgánicamente, hasta dónde eso sea posible, a nuestra transición socialista. Por eso me parece bien pensar sobre este asunto comenzado por la cuestión de la producción de plusvalía en esas empresas privadas cubanas.

En el contexto nacional las consecuencias de este proceso específico de producción de plusvalía se realizan apocadamente a nivel social dado los conocidos “amortiguadores socialistas” existentes. Parece claro que las desconexiones sociales que sufre dicho proceso a causa de aquellos “amortiguadores socialistas” dificultan la conexión orgánica societal de las relaciones económicas propias de estos espacios empresariales como para que se deslinden socialmente de modo epidérmico y sea posible calar su alcance real. Situación esta que lejos de ser una dispensa para subestimarlas nos conmina a despertar como sensibilidad epistémica esa relación de tránsito entre lo que ahora es y lo que está siendo, de lo cual solo sabremos explícitamente después.

En mi criterio, de lo que se trata es de indagar y develar cómo en una sociedad como la cubana se metaforsea socialmente el proceso empresarial privado de producción de plusvalía y cómo pesa tal metamorfosis en la acumulación o des-acumulación social socialista, planteada en un sentido integral y no solo económico. Y cuánto va ello o no de la mano de la conformación de nuevas relaciones de clases.

Pero cualquiera que sea la metamorfosis, en el contexto cubano actual aquellas relaciones económicas se cuelan en el tejido social con tal fuerza contaminante (precisamente por ser Cuba) que se trasladan también, de algún modo, (por ocurrir en y desde cualquier barrio de vecinos en un contexto de justicia social para todos) a la calidad de las relaciones sociales dominantes a través de las subjetividades y comportamientos que estimulan.

No puede pasar inadvertida la larga distancia económica ¿y social? entre el dueño de siete almendrones y el trabajador que requiere recurrir todos los días, sin alternativas recurrentes, al transporte público; entre el titular de la paladar mejor establecida y la familia que puede hacer ahorros para ir allí un vez al año a celebrar un aniversario significativo; entre el propietario de un par de hostales con una veintena de habitaciones y el trabajador que tiene o aspira a un modesto apartamento; entre el dueño de una cadena de distribución de pizzas con una decena de motos y aquel ciudadano que no renuncia al pan de la bodega. Eso, en Cuba, es un dato de realidad altamente sensible. Son brechas de inequidad no socialista.

Al respecto no es ocioso constatar empíricamente que los cambios en la percepción corriente de movilidad social ascendente en una parte de la población cubana parecen estar creando la representación de que el resultado positivo del proceso de actualización pasa por el arribo a una especie de clase media (¿burguesa?) con la que se llega a identificar el sentido (¿burgués?) de prosperidad, cuya abrupta irrupción en nuestro discurso político se acompañó de una pobre construcción ideológica socialista previa y de un apócrifo sabor de novedad práctica que echaba descuidadamente por tierra, aún como contrasentido, más de 50 años de su propia creación nacional a nivel popular masivo.

Por otra parte, la “apropiación gananciosa” por esos empresarios de las bondades de nuestra justicia social produce cierto efecto desgastante en el sentido socialista, en tanto aquellas les liberan de presiones directas de sus trabajadores, los que, aun siendo explotados o discriminados, pueden sentirse felices. Se crea la apariencia de que el bienestar viene del lado privado cuando en realidad el mismo parasita relativamente en las generosidades del otro - el socialista ahora posible- cuya ausencia en otras realidades sociales se transfiere como peso de necesidades que presionan sobre los empresarios privados, pues es el salario que pagan a los trabajadores que emplean la fuente única para saldarlas en los que les sea posible. Si esto es así ¿no estarán también las seguridades socialistas tributando al proceso de acumulación de esos empresarios privados? Incluyo en mi respuesta afirmativa a esta pregunta los iguales beneficios socialistas que ellos mismos reciben, incluida la estabilidad social.

Como decía Fidel, en la idea que cita García Valdés, frente a la introducción de estos elementos de capitalismo lo decisivo es cuidar el poder. Pero si esos empresarios emplean formas encubiertas (pero públicas) de explotación y discriminación asociadas a la propiedad privada ¿no se está dañando el poder del pueblo? ¿Cómo se traduce o traducirá en términos de poder político la creciente acumulación del empresariado privado en Cuba?

Las respuestas a estas preguntas, entre otras muchas posibles, parecen parte importante en el análisis acerca de la posible constitución de una clase burguesa en Cuba hoy (también acerca de la posible constitución de un nuevo sector social de la clase obrera cubana). En todo caso, lo que ocurre es propio de la naturaleza de la transición socialista al tiempo que esta debe poner su impronta. ¿Será, o deberá ser, una burguesía “capitalista”, en el entendido habitual de su naturaleza íntegra? (¿será, o deberá ser, una clase obrera al estilo capitalista tercermundista?). Las bases de reproducción de esa posible clase en formación no son netamente capitalistas; múltiples son sus condicionamientos con origen en las ventajas socialistas. Se trata pues de una posible burguesía cubana, donde la carga semántica del gentilicio trasciende la alusión a una pertenencia nacional y lo de burguesía ¿sería correcto? Pero no es solo, ni en esencia, una discusión de términos, pero también estos son importantes.

¿Deberá dejarse la respuesta sobre la formación o no de esta clase social al curso objetivo y espontáneo de los procesos para enterarnos después? ¿No debiera construirse el “nuevo pacto social” más allá de lo que lo hacen y harán las leyes y ciertos mecanismos económicos? ¿Es este o no un asunto público que compete a la conciencia nacional?

Claro que ser ricos no es igual a ser burgueses. Tampoco la inorganicidad burguesa de los nuevos ricos significa que la búsqueda de organicidad como clase no esté en marcha, con más o menos intención colocada en el asunto. La estructuración de una clase excede el ámbito particular de las relaciones de propiedad y, en general, el económico.

¿Acaso no se va conformando una esfera superestructural que la nutre, aunque no sea dominante, en nuestra sociedad? ¿Es que entre tales empresarios no se va creando fácticamente cierto “pacto social” aun cuando no se auto-visibilicen explícitamente como una nueva clase social? (¿es que ya no empiezan a hacerlo?). Al respecto debe ser estimada hasta esa suerte de “solidaridad” que crece entre tales empresarios (más que competencia hasta ahora) como expresión de conciencia de compartir una práctica diferente y novedosa en nuestro contexto.

¿Es que el modo de vida pequeño-burgués no va anidando en ciertos lares, incluso desde el manto de lo legal o semi-legal y al amparo de la política económica dominante? ¿No vemos surgir, abriendo trinchera en terreno popular, una identidad que va limándose en los nuevos patrones de interacción social que acompañan nuevas prácticas de poder, saber, deseos y discursos? Sería bueno revisar componentes de la vida cotidiana como vida familiar y empleo de tiempo libre, más allá del trabajo en ese empresariado privado nacional.

De cualquier modo, la discusión pasa ahora por la realidad de la conformación o no de una clase burguesa (importando, por cierto, su magnitud en términos de concentración de propiedad y riquezas: ¿pequeña?, ¿mediana?, ya que grande parece estar descartada), lo que de por sí no es un hecho menor en nuestro contexto. Y no lo es no precisamente porque no encaje con una determinada noción de lo que debe ser el socialismo, si no por lo que la desregulación posible del estado de cosas puede desencajar objetivamente el socialismo ahora posible. Pero lo esencial del asunto es ¿cómo hacer que eso ocurra, si es necesario, sin menoscabo del poder del pueblo en Cuba?

Subrayo, y coloco como premisa primaria del análisis, ese “si es necesario” en relación a la existencia o no de una clase burguesa, porque es de lo que debemos estar suficientemente seguros para proyectar cualquier examen que sobrepase la resbaladiza apoyatura emocional de lo deseado y lo indeseado. Por eso considero muy útil aquella confesión con que Engels comienza su artículo Clases sociales: las necesarias y las superfluas: “Muchas veces me he preguntado en qué medida son útiles, o incluso necesarias, las diferentes clases de la sociedad…”.  (4)

Su lectura nos invita a plantearnos la problemática de la función económica necesaria o no de cada clase, real o posible. En nuestro caso convendría también valorar, sin voluntarismo alguno, la función social y política de cada componente de la diversidad socio-clasista. Una incorrecta apropiación de esta cuestión en su totalidad puede ser muy riesgosa en Cuba hoy. De ahí la legitimidad de la pregunta: ¿es necesaria o superflua la formación de una clase burguesa en Cuba hoy? En el fondo está la cuestión de la objetividad histórica o no del argumento que es menester sopesar.

A veces este tema adquiere el tono de si es o no “querido” el advenimiento de esa clase, viniendo de otros presupuestos que participan de cierta disputa: ¿debemos, porque nos es posible, restringir al punto máximo el paso a formas privadas o hemos de mudar rápidamente hacia ese tipo todo lo que ahora sintamos ineficiente? A propósito, la adjudicación del carácter eficiente o no a cada tipo de propiedad, que es uno de los argumentos mundanos casi apriorísticos que circulan en la discusión corriente de la cuestión, no debiera omitir por ingenuidad, ni por maldad, la variable “responsabilidad económica social diferenciada entre empresa privada y empresa estatal socialista”, como bien lo hace notar el doctor Carlos García. Asimismo, la diseminación de actores económicos que surge asociada al proceso posible de estructuración de esa clase burguesa debe ser también objeto de profundo examen, incluso desde y para la función preventiva de la normativa política y jurídica.

En todo caso, si la diversidad estructural es consustancial a la actualidad de la transición socialista cubana, parece ser que eficiencia económica socialista, legalidad flexible -controlada y  respetada- para viabilizar la necesidad histórica, formación ideo-cultural de subjetividades anticapitalistas, aseguramiento de reproducción del acumulado socialista existente en el desarrollo de las nuevas identidades socio-clasistas y la re-forja conceptual y práctica de una plataforma axiológica de valores humanistas compartidos deben ser, entre otros, antídotos esenciales en los que hemos de empeñarnos con conciencia clara del momento actual. Pero solo podrá fructificar si somos consecuente con aquella idea fundante de Fidel: “…todo lo que la Revolución realice, tiene que ser realidad primero en la conciencia del pueblo. Eso es lo verdaderamente democrático, ya que esta es una Revolución de mayorías, y por eso es una revolución democrática…(5)”  La alianza estratégica entre política, ciencia y conciencia popular es sustancial.

Estamos por tanto frente a un asunto académico y político, pero la matriz es política, porque la cuestión económica es también una cuestión política de suma actualidad. Claro que la variable mediadora es el problema del poder político, porque como bien recuerda el Dr. Carlos Valdés citando a Fidel: “… ¿Quién tiene el poder? Esa es la clave… (6)” Nadie crea que escondemos esta verdad, ni que nos sonroja reconocerla. Ese el leitmotiv de nuestra lucha. De él depende lo demás. Solo que debemos entender cada vez mejor ¿qué es tener el poder?

*El autor es Dr.C Filosóficas y profesor titular de la Escuela Sperior del Partido Ñico López

Notas:

(1) A propósito ¿cómo se calcula en Cuba el trabajo necesario en estas empresas?

(2) Me aprovecho de referencias que aparecen en el trabajo de Ariel Terrero: La riqueza pendiente. 

(3) En: Economía con Tinta. Suplemento del periódico Granma, 30 de junio de 2017; p. 2

(4) Ver artículo en: Revista Marx Ahora no.40/2015; pp. 162-165. Palabras citadas en p.162.

(5) Castro Fidel. Discurso pronunciado en la Universidad de La Habana, el 27 de noviembre de 1959. 


(6) Fidel Castro. Discurso pronunciado el 15 de enero de 1960.  
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18 de julio de 2017

¿Capitalismo en el socialismo? ¿Regresa la explotación?

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Imagen tomada de www.talcualdigital.com

Por Carlos M. García Valdés
Tomado de CubaEconomía

La motivación de una Tesis

En la  Defensa de una   tesis de diplomado, en la que participé como invitado, un cursista  trató el tema del sector privado en su territorio y  entre  las principales ideas definía  a un segmento de este sector como capitalista y consideraba  la existencia de una burguesía. En  el calor del debate el autor hizo precisiones, relativizó conceptos “picantes” y el Tribunal cumplió sus funciones facilitadoras, instructivas y educativas. Al final, por supuesto, “dictó sentencia”.

El resultado del ejercicio: evaluación de excelente, aplausos, abrazos  y  la motivación expedita a pronunciarnos de manera sumaria  sobre este asunto, que más allá de la actividad docente provoca inquietudes, criterios, discrepancias académicas  y populares.

Las reformas de los 90 y la eclosión de elementos capitalistas

Después de las nacionalizaciones de los sesenta incluyendo la acometida de 1968 (ofensiva revolucionaria) contra la pequeña producción mercantil urbana que limitó la propiedad privada y su mercado a los pequeños agricultores, se dejó de hablar de capitalismo como realidad socio económica en Cuba.

No se hablaba de plusvalía, por lo menos en los textos y clases de economía política del socialismo y se enfatizaba en que se había eliminado la explotación del hombre por el hombre y eso era un proceso irreversible. Así  lo explicitaban los documentos rectores del Partido (Plataforma Programática, Programa del PCC y otros) y la Constitución de la República aprobada en 1976. En su artículo 14 declara que “En la República de Cuba rige el sistema socialista de economía basado en la propiedad socialista de todo el pueblo sobre los medios de producción y en la supresión de la explotación del hombre por el hombre”  (1) Esta última sentencia se repite de forma exacta en el artículo 14 de la Constitución enmendada en 1992 aunque en este se precisa el alcance de esa forma de propiedad. (2)

Pero ya en esta versión de la Carta Magna de la República se admite que en casos excepcionales se puede trasmitir total o parcialmente algunos bienes de propiedad estatal socialista si se destinan a los fines del desarrollo del país. También en el artículo 23 se declara que el Estado reconoce la propiedad de las empresas mixtas, sociedades y  asociaciones económicas creadas con apego a la ley.  (3)

Ya en esa fecha se había iniciado una dinámica de inversión extranjera en particular en el turismo y posteriormente en la extracción del níquel, en astilleros, exploración del petróleo,  telefonía y otras actividades. La ley 77 de 1995  de inversión extranjera  respalda e impulsa esta trayectoria.

Paralelamente   se impulsa el trabajo por cuenta propia, el usufructo de tierras y los mercados de oferta y demanda. Por primera vez después de 1968 el país retomaba una dinámica de desarrollo de la pequeña propiedad privada urbana y rural  y de la propiedad capitalista a nivel de inversión extranjera aunque sus horizontes eran  muy limitados.

El 6 de agosto de 1995 el Comandante en Jefe Fidel Castro declaró en un discurso: “Hemos dicho que estamos introduciendo elementos de capitalismo en nuestro sistema, en nuestra economía, eso es real; hemos hablado, incluso, de consecuencias que observamos del empleo de esos mecanismos. Sí, lo estamos haciendo. (…) ¿Quién tiene el poder? Esa es la clave… ” (4)

En el V Pleno del CC del PCC de marzo de 1996,  en el Informe  leído por su segundo secretario en aquella fecha, Raúl Castro, se afirma: “Tenemos y tendremos socialismo: Pero el único socialismo ahora posible requiere asimilar de forma creciente factores tan difíciles de conducir como las relaciones monetario-mercantiles e incluso determinados elementos capitalistas”.

Ante la nueva realidad reconocida por la máxima dirección del país algunos economistas políticos sacaban sus conclusiones. Una de ellas era asociar la plusvalía obtenida por la parte capitalista de las empresas mixtas a la explotación de los trabajadores cubanos que la producían. Pero no todos razonábamos así.

La plusvalía no es la ley que  preside la construcción del socialismo

En un texto dedicado totalmente a la experiencia cubana en cuanto a la propiedad social,  publicado en 2005, cavilamos lo siguiente:

“La cuestión de la plusvalía es un tema de discusión. De forma individual, es decir a nivel de cada empresa mixta, hay una parte del excedente que no se convierte en propiedad social, y esta ganancia del capitalista es una suerte de plusvalía producida en un país de economía socialista.

"Así las cosas dejaríamos el análisis a nivel del primer tomo de El Capital. Pero es en este tomo donde Marx, por una cuestión de método y de didáctica, hace el mayor número de abstracciones. En los otros tomos, y en especial el tercero, la ganancia o forma externa de la plusvalía no es el resultado de un proceso individual de producción de plusvalía, sino de un proceso social en el que participa toda la clase capitalista, y este es el elemento metodológico al que debemos aferrarnos.

“En el socialismo la producción del excedente y del ingreso neto correspondiente, también es un fenómeno social, y lo que predomina no es la plusvalía que es una categoría social, sino el primero que es lo característico del socialismo y expresa, consecuentemente, relaciones socialistas de producción. Los trabajadores contratados por la empresa mixta a través de una empleadora estatal, reciben los mismos beneficios por su plus trabajo, que los demás trabajadores del sector estatal: tienen derecho a la seguridad social, a la reubicación en caso de cualquier conflicto con la entidad, y a todo el sistema de derechos básicos directamente formadores de los derechos humanos de que gozan todos los miembros de la sociedad cubana.” 

En aquellos momentos no estaba en desarrollo la propiedad privada nacional y no podíamos extender estas conclusiones a  este sector, pero ahora en las nuevas circunstancias  defendemos este mismo enfoque porque el punto de partida teórico metodológico no se modifica. Todo lo que planteamos de la empresa mixta y en particular de la parte extranjera se lo podemos aplicar a los empresarios privados nacionales reconocidos en la Conceptualización del Modelo.

Ni capitalismo ni explotación ni burguesía pero…

Conozco, al menos, que un colega considera la existencia de capitalismo a escala de la pequeña  y mediana empresa privada nacional y esa opinión gana adeptos porque en realidad es muy  atractiva la suposición. Como deduje hace unos 15 años a partir de “El Capital”, la plusvalía y su forma metamorfoseada (vaya palabrita) la ganancia en todas sus modalidades  no son  un proceso empresarial sino un fenómeno social. La plusvalía (y la ganancia) es la ley que mueve al capitalismo desde la época de Marx hasta la de    Trump, ese terrorista presidencial instalado en la cima del poder en virtud de la democracia estadounidense donde la voluntad del pueblo expresada en el voto popular  no vale nada.

La plusvalía del empresario nacional privado no es una ley económica es simplemente una forma del plus valor que producen sus empleados que a la vez son propietarios asociados de los medios fundamentales de producción y en consecuencia reciben lo que le corresponde de la realización de la propiedad socialista de todo el pueblo.

No son explotados, son doblemente beneficiados: por  su trabajo en una entidad privada y por la propiedad  estatal socialista y los  beneficios de una sociedad que es regida por leyes económicas y jurídicas  que nada tienen que ver con las del capitalismo. En consecuencia ni los propietarios son capitalistas, ni lo empleados son explotados. Es una realidad compleja pero hay que analizarla, precisamente desde la complejidad y la dialéctica. 

Puede haber gente rica pero no tienen que ser precisamente por ello capitalistas, o  burgueses,  porque el capitalismo es un sistema socio económico y la burguesía es una clase social orgánica,  poseedora de la inmensa mayoría de los medios fundamentales de producción y explotadora de toda una clase  o varias,  con una participación ampliamente mayoritaria en el Ingreso Nacional y en las estructuras del poder, amparada por instituciones diversas, entre ellas los medios de desinformación masiva , órganos represivos,  y otras. Es importante repasar la definición leninista de clases sociales.

Mil, cien mil o medio millón de ricos no constituyen una clase social de este rango. El ingreso y el nivel de vida hasta la opulencia incluso, no son suficientes para estructurar una clase social. Aunque parezca un contrasentido podemos tener burgueses sin burguesía.

No quiero decir con esto que no  haya formas encubiertas de explotación asociada a la propiedad privada, entre estas sobre intensidad de trabajo en las entidades particulares, violación de contratos o no contratos, discriminación racial y otras aberraciones.

Tampoco es despreciable el poder corruptor de los que amasan fortunas y el surgimiento de modos de vida y comportamientos sociales que  en absoluto tienen que ver con los principios y valores del socialismo. Abordar esto con una mediana profundidad nos llevaría mucho  tiempo y espacio.

Un tema como este  reclama eso y mucho más, pero estos ejercicios de inteligencia y prudencia que son los post no deben  ser, como regla, fragosos. Pero de seguro volveremos sobre esta problemática teórica  y práctica. 

Notas:
(1)   Constitución de la República de Cuba. Editora Política, La Habana 1976.
(2) Constitución de la República de Cuba. Editora Política, La Habana 1992.
(3)  Ibídem.
(4)  Fidel Castro “Discurso pronunciado el 15 de enero de 1960” en http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1960/esp/f150160e.html
(5) Raúl Castro, Informe del Buró Político al V Pleno del CC, marzo 1996.
(6)  Carlos M. García. Propiedad social, la experiencia cubana, Editora Política, La Habana 2005, p 1907-198.
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17 de julio de 2017

Esta es mi felicidad

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Foto: Alejandro A. Madorrán Durán

Por Eduardo Pérez Otaño

-Mira periodista, tú lo que tienes que hacer es probar una vez y verás que eso es la vida misma.

-Así mismo hermano. Se te van a olvidar todos tus problemas, vas a ser feliz de verdad… -reafirmó el amigo.

-Oye periodista, esta es mi felicidad, y nadie me la va a quitar, ¿tú sabes?

Marlon tiene 17 años. Hace días que no se baña. Se le nota. Se percibe también por el olor. Rafael, el Rafa, como le dicen al amigo, anda siempre con él. Son uno.

El reloj marca las dos de la madrugada. Es el parque G, en el segundo corazón de La Habana: el Vedado. También es viernes.

Hace algunos años esta avenida, nombrada “de los Presidentes”, se convirtió en refugio ideal para frikis, mikis, hippies, emos, vampiros sexuales, y toda una amplia variedad de nuevos “descarriados”. Para muchos, este parque se convirtió en un verdadero laboratorio social.

Me arriesgo a contar una de las tantas historias que he escuchado desde que trabajo en la cafetería predilecta del parque, como le llaman ellos. Pregunto, o eso intento, buscando algo que me permita dar forma al relato.

El Rafa siempre habla un poco más, como cuidándolo. A lo mejor por eso de que es un poco mayor que Marlon. Le paga algunos jugos y lo reanima cuando casi a punto de amanecer se aparece con algún bajón, como le dicen, cuando la falta de comida y el alcohol hacen sus estragos.

-Mira periodista, aquí todo el mundo se echa sus goticas, se pone a millón, ya tú sabes…

Es buena gente. Con una historia de miedo, a veces muy real, a veces medio mítica. Pero de esas sobran por estos lares.

Según el Rafa, la madre no quiere saber de él desde que el padre de Marlon por poco la mata en una golpiza. Él, en defensa de ella, le calló a batazos mientras dormía. Resultado: quince días en coma.

-La abuela es la única que se hace cargo de él- , me dice el amigo como esbozando una justificación- pero ya está vieja y no puede con sus inventos.

La noche comienza para ellos. A esta hora apenas queda sitios en los bancos y aceras. Muchos años después de que G se convirtiera en centro importante para estos muchachos, sigue representando su único espacio de libertad.

Viven como en una cofradía. Se conocen. Los que más tiempo llevan viniendo tienen sus zonas preferidas. Descubren si hay un nuevo infiltrado. Cuando se pone aburrida la madrugada caminan por la calle 23 o bajan hasta el malecón.

-¿Y por qué vienes al parque G?, le pregunto, creyendo saber la respuesta.

-Porque es lo mío periodista, esto es lo mío. Oye, asere, voy bajando…

Nos despedimos hasta que vuelvan a darse una vuelta una o dos horas más tarde. Quizás entonces no se acuerde de mis preguntas. Tampoco de que soy un dependiente-periodista que quiere escribir algo sobre él para un sitio digital. Puede que venga con unas goticas de más, de esas que lo ponen feliz. (Publicado en www.eltoque.com)
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14 de julio de 2017

Volveré

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Foto: Alba León

Por Eduardo Pérez Otaño

Uno se va, pero no se va. Se va yendo de a poquito y le va quedando menos donde antes había mucho. Una amiga le llama a eso “el fin del escenario”. Más allá está el vacío, la nada, la gente que puede o no aplaudirte, lo desconocido, la incertidumbre.

A mi madre, con esa sabiduría propia de las progenitoras, no le sorprendió cuando le dije “me voy”. Quizás lo leyó en mis ojos o lo había intuido desde hace mucho. “Hay veces que uno tiene que buscar en otras partes”, respondió, pero no me sostuvo la mirada.

Mi hermana en cambio lloró, aunque no la vi. Nunca ha sido de sentimentalismo fácil pero aun así aprecio la excepción. “¿Cuándo es?” Me preguntó, queriendo que la respuesta fuera nunca: “Todavía no sé, pero quizás a finales del mes que viene”.

Más directo fue mi padre: “bueno, si es lo que decidiste” y pasó a otro tema.

En pocos días había luto en casa. En cada llamada sentía el impulso de la despedida, la severidad de la palabra final, la recomendación implícita para cuando no estuviera por acá.

No sé cuándo comencé a irme. No sé cuándo comencé a no-quedarme. En otro tiempo pensaba que esas sensaciones se tenían claras como cualquier decisión calculada y planificada. Pero dice mi amiga que las cosas para bien o para mal no son tan despejadas y transparentes como uno quisiera.

A veces creo que esto de irse es una trampa. Es como romper con lo de acá por puro mecanismo de defensa contra la lejanía, contra la soledad del que se va. Siempre es más fácil deshacer que recomponer.

Me voy para volver, le he dicho una y otra vez a la familia y a los amigos. No sé si ahora, si el mes próximo o dentro de un año… Nunca se saben a ciencia cierta esas cosas. Pero cuando uno decide irse ya al retorno será otro. Como Odiseo, ese que en la Ilíada defendió durante diez años la misma y obsesiva idea, un día habrá que emprender el regreso.


Para entonces Ítaca será otra. Yo seré otro y también lo serán estas letras. Y me habré ido y habré vuelto, aunque quién puede afirmarlo. Uno nunca sabe a ciencia cierta cómo suceden esas cosas. (Publicado en www.eltoque.com)
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12 de julio de 2017

El olvido a simple vista

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Imagen tomada de www.artelista.com

Por Boris Milián Díaz

Camina pegado a la pared agarrando cada superficie como si le fuera la vida en ello. Recuerda a un asceta que busca una reliquia en la cima de la montaña mientras avanza por un estrecho desfiladero. Todo en él –ojos, piel, ropa –cuenta una historia de renuncia y sufrimiento. Con cada paso se acerca más a su meta para continuar la búsqueda de redención que se le ha negado por obra y gracia del mundo -a pesar de que la mayoría de los mortales la da por sentada.

Es uno de los tantos borrachos que habitan las calles de nuestra decadentemente glamurosa ciudad para dar cierre al encanto general que la posee. Y, como cada día, recorre los portales de vuelta al lugar de donde salió tras una jornada de trabajo.

No habría que hacer un esfuerzo para imaginarse su lugar de procedencia. Bastaría adentrarse en las imágenes que Hollywood brinda de mazmorras o infierno: lugares obscenamente vaciados de todo rastro de humanidad o decoro.

Sus historias se reproducen por toda la periferia. Terminan por concentrarse en los núcleos citadinos para realizar las actividades económicas que la mayoría de nosotros halla demasiado repugnantes para su dignidad e higiene personal. Desde la recogida de materia prima -por la que pagan licencia- hasta la mendicidad -común y corriente actualizando el viejo arquetipo del bufón- sin descontar los eventuales episodios de prostitución -en caso de las mujeres- cuando los escrúpulos se pierden ante la premura del deseo de buenos ciudadanos que, tentados por lo barata que resulta la oferta, las usan y abusan a su antojo.

El objeto de su actividad es siempre el mismo: los quince pesos que requieren comprarse una de las canecas de ron que expenden los particulares y cuya calidad varía desde muy malo a casi intomable. Difícilmente podemos tildarlos de vagos o flojos cuando se exponen a tanto desgaste físico y mental.

La mayoría de nosotros pasamos de largo al verlos. Son otra de las idiosincrasias del paisaje, como los basureros, derrumbes o baches inundados. No notamos ninguna de las historias ocultas ni de los traumas que se esconden en ellos porque, sencillamente, no nos corresponde hacerlo. Damos por sentado que uno de los miles de psicólogos, trabajadores sociales u oficiales de policía que salvaguardan nuestra sociedad debería ocuparse de ellos. Para eso tenemos uno de los sistemas de seguridad social y sanitaria más eficientes del mundo que avergonzarían a potencias económicas. Sin embargo es común el verlos tirados sin conocimiento en un portal o banco de parque. ¿Cómo se levantan? ¿Acaso lo hacen? ¿Y después a dónde van? Nunca me he detenido lo suficiente para esperar a que suceda.

Siempre hay algo más urgente por hacer que velar por una vida humana. Aunque sea alimentarse de la experiencia para escribir un artículo con el que costear vicios más caros y mejor aceptados por la sociedad. Nadie lo hallará obsceno.

Y, mientras ellos reaparecen día tras día en número creciente, el mundo sigue su curso. Las mujeres continúan yendo a la peluquería. Los hombres atendiendo sus negocios o trabajos. Los estudiantes se entregan al ciclo de despreocupación y estrés que representa el forjarse una carrera. Y la televisión nos informa de que, a pesar de todo, nuestra sociedad sigue siendo una de las más humanas que se pueda concebir.
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10 de julio de 2017

Historias de mi padre: 1989

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Foto: Alejandro A. Madorrán Durán

Por Eduardo Pérez Otaño

A mediados de 1989 mi padre cumplía los 25 años. De eso hemos estado hablando un poco en la sala del hospital psiquiátrico provincial donde lo han internado por una semana. El tema salió a propósito de que en pocos meses también me acercaré a ese cuarto de siglo que para él representaba el inicio de un brillante futuro que, a la postre, tuvo demasiadas manchas, también pocas luces.

Desde que encontró en la bebida la solución a todos sus problemas –que ni son muchos ni imposibles de resolver- se ha ido convirtiendo de a poco en un ser irreconocible.

Lo encuentro bajo el efecto de varios medicamentos Le han administrado algunos calmantes fuertes, luego de estar dos días desintoxicándose en el Hospital Provincial. En el último año es la segunda vez que ingresa en este centro y ya todos lo conocen. Lo tratan con familiaridad, como un caso que pareciera sin solución.

Hemos hablado mucho. Recordamos un poco de la historia familiar. Acudimos a mis abuelos, al modo en que lograron mudarse de las montañas al centro de la ciudad, de cuando por poco pierde uno de los dedos del pie mientras conducía los bueyes que halaban un taque de agua hecho de una palma barrigona.

Llegamos al ochenta y nueve, cuando cumplió veinticinco años y el futuro se le presentaba prometedor. Se casó con mi madre, construyó su propia casa, se graduó de dependiente y pasó a trabajar en comercio.

Muchas veces hemos vuelto a aquellos días antes de que nadie imaginara el período especial y sus carencias materiales y espirituales.

Desde entonces hasta hoy, cuando casi cumplo también este primer cuarto de siglo, ha llovido mucho. Mi padre ya no es lo que era, ni siquiera lo que imaginó que sería a estas alturas. La vida le ha ido pasando la cuenta de a poquito. Las barreras que debió saltarse terminaron por ser demasiado altas para él.

Tengo recuerdos felices. Muchos. Él también los tiene. Insiste siempre en contarlos una y otra vez, a lo mejor para escaparse por un rato de la sala de este hospital donde viene buscando refugio cada vez que un nuevo problema en la familia necesita ser resuelto. Para él es fácil, siempre es fácil huir de esa manera.

Inventa enfermedades buscando un poco de atención. Insiste en que padece alguna enfermedad crónica de uno u otro tipo. Va una y otra vez al médico esperando que le certifiquen uno de esos padecimientos que le asegure algún beneficio que no alcanzamos a comprender aun.

Mi padre no fue un hombre descuidado. Lo que sé se lo debo, en gran medida, a su tenacidad y empeño en que me superara. Lo que soy ha sido resultado de su insistencia y la de mi madre. Por eso estoy aquí, entre estas cuatro paredes que me sofocan y que a él le sirven de refugio, acompañándolo.


Se acabaron las tres horas de visita. Me despido con un nudo en la garganta. Tengo ganas de llorar pero sonrío, siempre sonrío, hasta en las peores circunstancias. Es triste darme cuenta de que también deberé agradecerle, a la altura de mis veinticinco años, tener bien claro lo que no quiero ser. (Publicado en www.eltoque.com)
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6 de julio de 2017

Historias de montaña

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Imagen "La flor blanca", de José A. Bencomo Mena

Por Eduardo Pérez Otaño

Caridad vive allí desde siempre. La conocí una mañana de agosto. Hacía calor, mucho calor.

-Buenas tardes, ¿sabe de un lugar donde nos puedan alquilar por un día o dos?- le dije a modo de presentación.

A los cinco minutos estábamos instalados en su casa. Nos presentó a su niña, de apenas 11 años. La casa era solo eso, la casa. Sobre un suelo bien apisonado había apenas dos taburetes y una mesa, donde ellas se sientan a comer juntas cada noche, cuando el sol casi se va.

Al fondo hay un fogón de leñas. A media mañana, cuando limpia el patio, va a buscar palos al monte. Los pone a secar para que quemen bien. Después prepara el almuerzo para la hija y se acomoda en el portal, “a ver qué pasa”.

A Caridad la conocí cuando junto a dos amigos nos fuimos para el Turquino, sin pensarlo muchas veces. Llegamos hasta Providencia, un pueblecito del municipio Masó en Granma. A pie, por entre subidas y bajadas, cual de todas peor, llegamos a Santo Domingo, justo donde comienza el Parque Nacional.

Nos habían advertido que la bondad de los que viven en la serranía no tiene fronteras y así fue. Entre tanta miseria espiritual que se vive en estos días, Caridad se nos presenta como la antítesis.

-Mamá dice que me va a comprar un champú cuando cumpla doce-, nos dijo la pequeña cuyo nombre nunca preguntamos, pero a la que siempre llamamos “la niña”.

Nunca antes lo había usado. Habaneros perplejos se encontraron ambas cuando miraron a nuestras caras. De pronto comprendimos que la vida puede ser mucho más que un champú.

-Dice que me va a poner el pelo bonito y con olor-, acotó la pequeña, como trayéndonos a la realidad.

Allá donde la vida parece casi imposible, en plena serranía del oriente de Cuba, la realidad parece transcurrir en otros códigos, a veces incomprensibles para el citadino incrédulo. Basta con hurgar un poco para comprender que la carencia de teléfonos, computadoras, señales Wi-Fi, sofisticados aparatos y modas de último minuto, no les impide ser felices a su manera.

Aquella noche, mientras esperábamos que llegara el sueño, hablamos de muchos asuntos. De lo ajetreado de la ciudad y de las novedades de La Habana. Ellas nos contaron de mulas y majases de cinco o seis metros. Nosotros volvimos a la carga con las comodidades incontables de vivir en lugares más urbanos y ellas nos devolvieron su mirada sobre las bondades de no depender de la electricidad ni de que llegue el agua, cuando alguien la ponga.

Caridad nos habló un poco de sus sueños: comprarse una olla “de esas donde se cocina el arroz sin tanto humo”. Y luego se preocuparía un poco por su pelo que de tanto tizne ya no daba más. Más tarde vería si aparece alguien que le acompañe en la vida. Su esposo, nos confesó, se había ido para Holguín en busca de mejores oportunidades. Hacía ya más de tres años que no veía a la niña.


Dormimos. Nosotros tres en la cama grande. Caridad y la niña en la pequeña. Fue una noche demorada. En el silencio de la serranía recordé entonces aquello de que mucha tienda, poca alma. Quien lleva mucho dentro necesita poco fuera. Y fui feliz, también a mi modo. (Publicado en www.eltoque.com)
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¿Cuáles son, a su juicio, los mayores logros durante la gestión gubernamental de Raúl Castro Ruz?

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