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20 de noviembre de 2017

La democracia no se hace en silencio

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Por René Fidel González García
Tomado de Sin permiso
¿Y quién sois vos, preguntó el orgulloso señor,
para haceros tales reverencias? Sólo soy un gato con diferente pelaje,
y esa es toda la esencia; con pelaje dorado o pelaje carmesí, el león garras sigue teniendo, y las mías son tan largas y afiladas, mi señor, como la que vais exhibiendo.
De esa manera habló, eso fue lo que dijo el Señor de Castamere, pero ahora las lluvias lloran en sus salones, y nadie oírlas puede.
Si, ahora las lluvias lloran en sus salones,
y ni un alma oírlas puede.
Las lluvias de Castamere

El silencio se aprende. Todas las sociedades tienen su propia cultura de aprendizaje del silencio. Aunque esto varíe mucho de acuerdo al grupo o clase social a la que pertenezcan los adultos e infantes involucrados, y al nivel y prácticas culturales del entorno familiar, los patrones de comportamiento exigidos por los adultos hacen del silencio, ya desde el hogar, ante niños y niñas cada vez más autónomos y proactivos, la piedra angular, o el recurso último, para el logro del respeto de la disciplina y las normas de comportamiento.
Un dato importante porque constituye una de las primeras asociaciones que hacen los niños y niñas  entre el poder, la obediencia y el silencio; en el mismo sentido, las creencias, expectativas y experiencias – también los fracasos, cautelas y las formas de lograr el éxito – que tengan los adultos sobre el entorno social, laboral o político, son fuertes condicionantes de la reproducción del silencio.
Pero si es a través del contexto y las dinámicas familiares donde el silencio es apreciado por niños y niñas como un evento, o como una conducta exigida y disciplinaria, es también donde aprenden a usarlo como una estrategia comunicacional. Para cuando lleguen a los primeros grados de escolaridad, y después, a lo largo del sistema educativo, la habrán visto ya ser empleada miles de veces por los adultos. El silencio no ya esta vez como la imposibilidad de poder expresar sus convicciones, intereses o ideas, no ya como la experiencia de no ser tomado en cuenta, o escuchado, sino como una manera de expresar significados y contenidos, o de ocultarlos, de posicionarse ante los otros, el silencio como intencionalidad.
La zona de confluencia tanto de la experiencia del silencio, como de su aprendizaje como estrategia, que puede ocurrir en la familia y la educación, es el sistema de instituciones. A su interior se producen la mayoría de las dinámicas e interacciones que afectarán los diferentes contextos de desarrollo de las personas.
Las sociedades silenciosas expresan ese acumulado negativamente. Un acumulado que defrauda sistemática y sostenidamente las funciones de las instituciones hasta pervertirlas y alejarlas de sus aportaciones más trascendentales como creaciones e instrumentos de carácter público, y lo que es aún más grave, hasta conducirlas al debilitamiento o ruptura de sus nexos sistémicos como estructuras de comunicación y solución de los intereses, necesidades, los conflictos y las aspiraciones de los ciudadanos de los que depende su eficacia y su carácter democrático.
Aunque ciertamente la instauración del silencio como característica de una sociedad tiene también una estrecha relación con el manejo generacional previo, este depende mayormente del grado de estimación, relevancia y jerarquía social y política que una sociedad conceda al diálogo como soporte de su funcionamiento, la toma de las decisiones públicas y la garantía de su transparencia.
Ese argumento sugiere algunas premisas de una sociedad silenciosa: el silencio y el discurso son apropiados según los diferentes intereses sociales, políticos y económicos, como parte de estrategias de distribución, uso y conservación del poder; cuando el discurso expresa al poder, y es importante a las relaciones sociales, las clases o los grupos intentan apropiárselo o monopolizarlo, reservándose su uso, e imponiendo el silencio a la mayoría de las personas; ese ejercicio de apropiación y/o monopolio del discurso requiere de un lenguaje y vocabulario propio que enuncie y medie su comunicación y comprensión, y que es imprescindible para el logro sistemático de la hegemonía política; cuando por el contrario el silencio es importante, las clases y los grupos se lo apropian, o tienden a monopolizarlo, reservando o relegando la producción difusa de discursos a las mayorías, mientras unos pocos actores silenciosos toman las decisiones cruciales de una sociedad [1].
Las sociedades en que los procesos de control del silencio y el discurso, o sea la lucha por la hegemonía del silencio, se vuelven centrales a su funcionamiento, son aquellas en las que dichos procesos se han instaurado internamente como tales, sin ser asumidos como una contradicción muy grave por la mayoría de la población.
Son sociedades que han funcionado y muchas veces alcanzado sus metas de desarrollo a partir de la no jerarquización y entronizamiento del diálogo como eje de las formas de comportamiento político, esto es: participación, negociación, confrontación, acuerdo y compromiso con los resultados, o que experimentan crisis en las que avanzan rápidamente a la construcción de diseños sociales y políticos que permitan el logro de la hegemonía del silencio por parte de minorías étnicas, políticas, económicas y culturales.
Si bien los dos casos anteriores pueden proporcionar a los individuos, grupos, o a un sistema político en su conjunto, la ilusión de manejar sin demasiados esfuerzos, y sobre todo sin aparentes competencias las contradicciones más coyunturales o estratégicas, e incluso reforzar dentro de procesos de negación – contenidos o no en la producción de discursos – la percepción de un flujo de comunicación y resolución de intereses conflictivos muy eficiente, las sinergias resultantes conducen a un fenómeno de polarización negativa de los sujetos, actores políticos y de individuos ubicados en toda la gama del tejido social, que se expresa en la subjetivación y psicologización colectiva de los déficits dialogales y la construcción de cuatro tropos: el Yo, el Ellos, el Nos, y el Otros.
La naturaleza auto-referencial y referencial de dichos tropos en el escenario disfuncional de las sociedades silenciosas contiene y explicita los diferentes grados de hostilidad, otredad, y desconexión social y política que ella genera. El Yo, referencia a la singularidad y primacía de lo personal, expresión del individualismo y la deificación de lo individual y privado como paradigma de éxito; el Ellos, referencia directa a las clases y decisores políticos y económicos, expresión de la relación asincrónica que sostienen con ellas, la debilidad y/o ausencia de control político y jurídico sobre las mismas, la frustración; el Nos, auto referencial de la pertenencia a cualesquiera de los polos a los que se pertenece – étnicos, culturales, de género, políticos, sociales, etc. – ambivalente tanto como descubrimiento orgulloso de la identidad común, o como indicativo de memoria desgraciada de una minoría, o condición impotente de una mayoría; el Otros, referencial a la ecología política que lastra, expresión de la indiferencia social y política, la invisibilización y la ausencia de solidaridad.
Aunque en realidad el uso instrumental de tres de estos tropos en las sociedades silenciosas esté básicamente restringido al lenguaje, ellos transfieren, de diversas formas, los fundamentos psicológicos de la discriminación, el odio y la intolerancia a lo largo de la estructura social hasta alcanzar las estructuras políticas.
Éste cuarteto trópico permanecerá también durante la alternancia de los periodos de apropiación, control y monopolio del discurso y del silencio, periodo éste último en que la producción de manera difusa de discursos sobre múltiples aspectos de la realidad es relegada a las mayorías como elemento intermitente de la cultura política de las sociedades silenciosas, o promovida y tolerada en sectores intelectuales como pronunciamientos, disquisiciones e investigaciones sobre diversos contextos de la sociedad por su escasa – o nula – importancia en relación a la toma y ejecución de decisiones  que realizan  minorías que actúan silenciosamente.
No hay que olvidar nunca que estos tropos no expresan tan sólo la subjetividad de los hablantes, sino que se refieren fundamentalmente a las situaciones, a la propia objetividad que los genera, siendo ellos mismos plataformas de acceso a esa realidad a partir de las experiencias y la reflexividad de las personas. 
Es en esta cualidad donde el auténtico potencial encapsulador de la identidad política – y de lo político – en una sociedad silenciosa de estos tropos se revela como particularmente sensible a sus posibilidades de funcionamiento sostenible. Nuevas generaciones que crezcan tanto al margen de la lucha por la hegemonía del silencio, como desconectados de los contenidos de su discurso central, pero insertos ellos mismos dentro de procesos de experiencia y/o aprendizaje del silencio como estrategias individuales, sociales y políticas, estarán cada vez más familiarizados con su uso como un sistema de compresión total de la realidad.     
Algunas de las preguntas que subyacen detrás de todo lo planteado indagan, en nuestro caso, y ante los enormes retos que enfrentamos como sociedad y proyecto de emancipación humana, sobre todo en la cosmovisión, el ethos, que sostiene la comprensión del mundo social y político de cubanas y cubanos, pero también recaen sobre la calidad de la formación, las prácticas, creencias e ideales sociales y políticos de los que avanzan a metas educativas e instructivas superiores que le asignarán puestos de particular importancia dentro de una  sociedad. 
La meta de formar un individuo crítico, autónomo y deliberativo, socialmente proactivo dentro de un proyecto social y político que no ha abandonado, a pesar de retrocesos, ensayos y errores – también de sus éxitos – la idea de una sociedad de justicia no trata, en ningún caso, de darles condicionamientos, normas sociales y creencias que le permitan soportar estoicamente una vida de trabajador asalariado del Estado – o de  capitalistas particulares – , como tampoco de hacerles creer su predestinación y superioridad social y política con base a sus esfuerzos y logros de conocimientos y méritos profesionales o científicos y culturales, mucho menos de su estatus económico, sino por el contrario, de lograr su máximo despliegue social y político, del que depende su realización humana.
La educación, y más específicamente, la matriz de educación cívica y su propuesta de carga axiológica republicana, son en tal sentido estratégicas para la formación en Cuba de individuos en la identidad, los principios y las prácticas que sustentan el modelo de sociedad política deseada a contramarea de la alcanzada. Pero el desarrollo de esas potencialidades pre figurativas de lo político – y de la política, como forma de relacionarnos – en la educación implican, necesariamente, el aprendizaje de la democracia, no ya como una referencia a la meta de diseño e ingeniería del Estado y su sistema político, sino como parte de un proceso racional que exprese una metodología compartida de funcionamiento y despliegue social de los cubanos. No asumirlo, a tiempo y en todas sus dimensiones,  nos conducirá a la reproducción de los enajenados, obedientes, y cabe decir, silenciosos estadanos que tan necesarios le son a ésta última modernidad capitalista que enfrentamos, como también a las posibilidades de una restauración capitalista en nuestro país, expresión concreta, desde cualquier ángulo, de nuestra derrota.   
Pensando en tres sillares: Constitución, Democracia, y Ciudadanía subrayo, por último, la vieja idea republicana que los conecta en la convivencia de diferentes proyectos y visiones, y que reivindica para sí, y en esa lógica, la idea de una patria constitucional, o lo que es igual, el imperio de la Ley, como límite y control del ejercicio del poder y como condición de la libertad y la igualdad plena para todos, de la que depende siempre la democracia, si es que es auténtica. Sincronizar nuestra sociedad con esa patria constitucional, es con seguridad la trascendencia civilizatoria más importante que más allá de las coyunturas se arriesga hoy en Cuba, pero ello no dependerá sólo de la expansión y realización de lo constitucional, de seguro porque la raíz más importante de la construcción democrática se nutre de la cultura democrática ciudadana, que como sabemos, no se hace en silencio.
Nota: [1] Vid. De Sousa Santos, Boaventura: Sociología jurídica crítica. Para un nuevo sentido común en el Derecho, Editorial Trota/ISLA, pp. 144-148.
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19 de noviembre de 2017

Hoy es la víspera de siempre


“Es muy difícil vivir sin enajenarse. Yo creo que es un peligro que corremos los seres conscientes. Sobre todo cuando vivimos en sociedades habituales; que crean hábitos de conducta, de consumo, de todo tipo… Y es un peligro constante y es una traba enorme para la más profunda, para la más plena libertad humana”, asegura Silvio Rodríguez en esta entrevista que recorre buena parte de su vida y que hoy comparte La letra corta.
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18 de noviembre de 2017

Lectura de la semana: Geopoder y Soberanía. Un camino posible (+pdf)

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Estas palabras de presentación son para destacar el aporte que hace el Doctor Carlos Santa María a la visión socio crítica, que es uno de los sellos del pensamiento de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Miguel de Cervantes.

Desde este pensamiento, el autor propone nuevos conceptos para abordar los fenómenos sociales actuales y complejos.

En la lectura del texto expone un análisis sobre política, poder y soberanía, proponiendo un camino posible para el cambio de la situación generada por los excesos de la globalización. Su propuesta es abierta, humanista y humanizadora; al mismo tiempo nos invita al compromiso con ésta al integrarnos a una ciudadanía reflexiva–crítica-propositiva sobre los fenómenos sociales que le afectan.
La letra corta le propone este texto de Carlos Santa María, publicado en 2015 por Andros Impresores. 

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17 de noviembre de 2017

Memoria

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Por Karina Marrón
Tomado del blog Espacio Libre
25 de julio. Siete de la mañana.
Las calles de la ciudad se despiertan de a poco o duermen; como los domingos, o como los días feriados, que es el caso.
Sobre la cerca del jardín de un edificio, un hombre termina de colgar una bandera cubana. Me detengo. Me gusta el conjunto que forma con la del 26 de Julio y la imagen de Fidel, y le pido permiso al hombre para tomar una foto.
Él asiente. Yo doy unos pasos hacia atrás para tener un mejor ángulo. Acciono el obturador, reviso la fotografía y me dispongo a irme cuando me detiene la pregunta:
–¿Sabes por qué es todo esto?

Por un segundo creo que el hombre me ha confundido con alguien de otro país y, con una sonrisa, le digo que sé que se espera el 26 de Julio.
El hombre deja la limpieza que realizaba y me señala una pared del edificio.
–Por el 26 del Julio y por eso. A ese muchachito la tiranía lo mató y lo dejó muerto aquí mismo. Ahorita vienen sus familiares, los que le quedan, siempre vienen.
El hombre dio la espalda, y yo por primera vez reparé en la tarja que hay en la pared.
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Se llamaba Alfredo Sánchez Martínez. Lo mataron el 26 de julio de 1958 y no había cumplido los 23 años.
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16 de noviembre de 2017

El precio de romper la rueda (I)

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Por Yassel A. Padrón Kunakbeva

No hace mucho, en el podio de las Naciones Unidas, Donald Trump utilizó para atacar a Venezuela el argumento de que el socialismo es una ideología fracasada. Acusó directamente al socialismo de provocar la miseria del pueblo venezolano. Para los que no nos dejamos llevar por estos argumentos tan simplones queda no obstante una pregunta en el aire: ¿por qué fracasan las izquierdas? ¿Por qué da la impresión de que el socialismo es incapaz de construir una economía viable? La cuestión obliga a entrar en un espinoso problema: el de los dilemas a los que se enfrenta un proyecto contrahegemónico cuando llega al poder.


Desde tiempos remotos, el sueño de todo movimiento revolucionario ha sido el de romper la continuidad histórica, dejar atrás el vergonzoso pasado y comenzar desde cero la construcción de un mundo mejor. Para ejemplificar esta posición vale la pena utilizar como metáfora una escena de Juego de Tronos. La popular serie, como es sabido, penetra continuamente en las profundidades de la política, lo cual la convierte en un referente muy útil cuando se trata de acercar estos complejos temas a la comprensión popular.

En la escena en la que DanaerysTargaeryan se encuentra con el enano, la joven aspirante al Trono de Hierro se ve en la necesidad de hacerle ver qué es lo que la diferencia del resto de los príncipes de Poniente. Es entonces cuando dice:

“Lannister. Baratheon. Stark. Tyrell. Son sólo rayos de una rueda. Éste está arriba, después el otro está arriba, y así sucesivamente, la rueda sigue girando, aplastando a aquellos debajo. Yo no voy a detener la rueda. Voy a romper la rueda”



Romper la rueda. Ofrecer a los oprimidos aquello tantas veces prometido y tantas veces negado. Detener el juego de los poderes hegemónicos. Esa es la voluntad que alentó en los procesos revolucionarios que conoció la modernidad, incluyendo a Cuba y Venezuela. Sin embargo, intentar romper la rueda tiene un precio. La rueda se resiste a romperse y a veces los remedios terminan siendo peores que la enfermedad.

El ejemplo, en Juego de Tronos, de lo que puede salir mal cuando una fuerza contrahemónica llega al poder, puede observarse en la ciudad de Meereen, antiguo emporio esclavista liberado por la Madre de los Dragones. La semejanza entre Meereen y Venezuela ya ha sido comentada, pero vale la pena recrearla una vez más. En la ciudad donde los esclavos han sido recientemente liberados, la situación pronto comienza a deteriorarse y termina convirtiéndose en una pesadilla.

Lo primero que fracasa cuando un proyecto contrahegemónico llega al poder es el sueño de que desaparezcan los poderes coercitivos. Una fuerza revolucionaria triunfa e inmediatamente se encuentra rodeada por los enemigos. Entre los privilegiados a los que se les ha quitado el poder y los privilegiados de las naciones vecinas existe una alianza no escrita. En general, toda revolución debe enfrentarse a la universal resistencia del bloque de los poderosos: por eso se ve obligada a recurrir a la violencia. Para defenderse, la fuerza revolucionaria debe construir un poder muy fuerte, incluso más dictatorial que el que fue derribado. En Juego de Tronos, la Khaleesi representa el símbolo de ese poder: el poder revolucionario debe tomar la forma de un trono con mayor necesidad que un poder de legitimidad tradicional.

En los sistemas que nacen de las revoluciones resulta difícil separar que es lo dictatorial de lo democrático. Ambas cosas confluyen totalmente al principio. Cuba es el ejemplo perfecto. Durante la década del sesenta se hizo popular una frase: ¿Elecciones para qué? Sin embargo, todavía esto no explica los fracasos económicos o sociales. Los problemas comienzan después. Surge la necesidad de decidir qué hacer con los privilegiados derrotados y su cultura, en aquellos casos, por su puesto, en que estos no han sido eliminados del todo o expulsados del país.



El problema de la clase derrotada y de su cultura es un problema que aparece muy claro en los ejemplos de Meereen y de Venezuela. En Juego de Tronos, Danaerys se ve en la disyuntiva de aniquilar a todo lo que queda de una antigua civilización o permitir su existencia, aun a riesgo de que estos sigan conspirando contra ella y de que sus partidarios se sientan ofendidos. La Rompedora de Cadenas optó por lo segundo. No faltó mucho tiempo antes de que los Hijos de la Arpía pusieran en jaque a su gobierno, con la ayuda incluso de antiguos esclavos liberados. En Venezuela, Chávez se encontró en una disyuntiva similar. Tras el golpe de Estado, él podía haber radicalizado la revolución y tomado represalias totales contra la burguesía. Sin embargo, no lo hizo. Es por eso que en Venezuela ha seguido existiendo, reproduciendo su economía y su cultura, la clase cuya hegemonía fue barrida por la revolución bolivariana. Esta clase ha ejercido un influjo corrosivo sobre el proceso, el cual ha desembocado en la crisis actual.



Como los esclavistas de Meereen, la burguesía venezolana cuenta con aliados en todas partes, los cuales están en todo momento preparándose para intervenir y restablecer el viejo orden. Aprovechan el descontento de las propias clases populares para reclutar en ellas a potenciales enemigos del poder revolucionario. Utilizan, además, todo el poder de los medios de comunicación globales para imponer su propia versión de los acontecimientos. La contrarrevolución está servida.


Ahora bien, existe otro dilema que aqueja a todo proyecto contrahegemónico: el problema económico. Ese merece un análisis particular.
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15 de noviembre de 2017

Sube la escalera, Alicia

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Texto e imágenes: Laura Barrera Jerez

Era Washington en 1993, dicen que en una escuela privada. Durante una semana Alicia había compartido el dinero de su merienda con un compañero de clases y en la ingenuidad de sus seis años, eligió el domingo para hacerle el cuento a su madre, no por orgullo, sino por la novedad del asunto.

- Mamá, que ese niño no tiene papá, no lleva agua en pomo, le gusta el dulce… Nunca puede comprarse pan, ni refresco…

- Bueno, hija, pero tiene que pagarte. Te debe dinero y tienes que cobrárselo.

No creo que Alicia entendiera bien la dimensión de aquella encomienda, pero hizo justicia a su modo, según cuenta, y creció con esa filosofía. Yo la conocí hace unas semanas cuando vino a Cuba, el mismo día en que supe aquella historia mientras hablábamos del Período Especial:

-Mira esta foto, Alicia. ¿Ves a ese hombre? ¿Lo conoces? Es mi papá, tu tío. – le dije

-¿Y la niña que está entre sus pies?- me preguntó

-Pues soy yo. Eso fue en 1993, yo solo tenía un año. Mi papá cultivaba la tierra en canelones, en la azotea  del edificio. Allí había tomate, ají, calabaza... Papá también criaba pollos en la azotea, en jaulas improvisadas. Siempre era una felicidad cuando nacían. ¡Mírame! Con un culero de tela y sin zapatos, sentada entre las piernas de mi padre, en el suelo, a cielo abierto, disfrutando los pollitos en sus manos.

-¡Mira que han tenido que inventar! ¡Cuánto trabajo pasan!- me dijo Alicia- Todavía no entiendo que un médico aquí tenga que laborar tanto para ganarse 40 dólares… Por eso he traído a mis hijas a conocer este país. Ellas tienen que estar al tanto de cómo vive el mundo.

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Enseguida guardé mi foto y supe que Alicia venía, por primera y quizás por única vez, a vivir la Cuba menos feliz. Entonces le seguí el juego: la llevé por las calles más profundas de Centro Habana, le enseñé edificios destruidos, pasamos cerca de los basureros repletos… La dejé que tomara las fotos que había venido a tomar, la dejé que hablara, se sintió fruto del mejor país del mundo, llena de argumentos, dueña de la verdad.


-Y al final, ¿cómo te pagó el chico de tu escuela?- le pregunté

-Pues me trajo un pollito. Su familia los criaba para venderlos. Era lo único que podía ofrecerme.

-¿Y lo aceptaste?

-Sí, era mi dinero- respondió mientras caminábamos. Habíamos pasado toda la tarde desandando la ciudad.

Las hijas de Alicia estaban cansadas del viaje y el español que hablaban con su inglés nativo no era suficiente para socializar. Me compadecí de que su madre quisiera enseñarles, solamente, el mundo que ella quería ver. Creo que nunca las llevará a Siria, es una lástima.
Pero como las niñas no tienen la culpa y yo no tenía dinero para comprarles un obsequio a su altura, les ofrecí caracoles y conchas de mi colección. Mi prima se negó, por supuesto, y las niñas obedecieron.

Entonces preparé una bolsita con mi regalo, y en el aeropuerto, al despedirlas, insistí:

-Bueno, al menos tenemos en común eso de que tuvimos pollos como mascotas- le dije a Alicia.

-No, mi pollito murió pronto, yo no sabía cuidarlo. Pero nunca más me regalaron ninguno, porque jamás compartí el dinero de mi merienda- me dijo en tono de victoria.

-Claro, te entiendo- respondí por educación- Y como supuse que tus hijas tampoco tienen mascota, les traje los caracoles de regalo.

Ella me miró diferente. Habíamos evitado discusiones explícitas, pero la tensión del final desvaneció el protocolo y sin reservas le dije:


-Acéptalos, Alicia, no me debes nada. No tienes que pagarme con pollitos. Tengo una docena en la azotea de mi casa. Quizás un día decidas venir a conocer Cuba y entonces, además de tirarle fotos al edificio, te tomes un tiempo para subir la escalera.
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14 de noviembre de 2017

Caturla, el genio contra el silencio


Por Mauricio Escuela
Tomado del blog Aventuras sigilosas

Cuando Alejandro García Caturla llegó a París, supo orientarse entre la madeja de la gran ciudad sin necesidad de conocer una palabra de francés, tal detalle asombró a su amigo Alejo Carpentier quien lo recibía para ponerlo luego en las manos de la profesora de música Nadia Boulanger. Ello, la propiedad de ubicarse en una gran urbe, era prueba, diría luego el autor de “El Reino de este Mundo”, del genio del muchacho de Remedios. Pronto forjaron una unidad en el arte y en la vida, muchos textos de Carpentier serían llevados al pentagrama por el joven músico remediano. Caturla quería conocerlo y palparlo todo, en el París de 1928 la vida no era cara, por eso muchos artistas de América se establecieron allí.
En cartas a su madre, Alejandro se quejaba de que la vanguardia europea estaba ya en decadencia, ni los propios ballets rusos lo impresionaban y la música de Igor Stravinski, que antes fuera impetuosa, estaba regresando a los moldes burgueses. Y es que el remediano llevaba un ansia profunda de ruptura, de crítica al orden establecido, era un talento irrefrenable. Nadia Boulanger diría que nunca tuvo un alumno con esa capacidad creativa, tanto París, como Cuba, se quedaban pequeños ante los arpegios salidos de la imaginación de aquel poeta de la música con rostro de niño, piel delicada y cuerpo pequeño. Pero Europa no era el principio, toda la historia había empezado el 7 de marzo de 1906 en una villa colonial, justo cuando el nacimiento de la República de Cuba marcaba la decadencia de un modo de vida y la llegada de nuevos estilos y espíritus.
Un falansterio, una tarja mal puesta, una ciudad perdida
La casa donde aquel mes de marzo naciera Alejandro, sita en la calle José Antonio Peña, entre León Albernas y José Agustín, es hoy un solar, nombre cubano dado a los falansterios donde viven demasiadas familias. Nadie podría distinguir, entre las divisiones, la arquitectura original de aquel sitio. Una tarja mal colocada en la pared de la fachada contiene errores en las fechas y se ha caído innumerables veces. La ciudad le debe al genio remediano quizás una estatua, iniciativa que por momentos resuena en los portales, pero que queda en el dicho.

Remedios venía de ser la cabecera de una grande y próspera jurisdicción, que abarcaba desde la península de Icacos hasta Morón, en la provincia de Ciego de Ávila, con muchos ingenios y sembrados dedicados a la industria del azúcar. La zona se conocía además como Vueltarriba, productora de un tabaco exquisito, el preferido por los ingleses para fumarlo en sus pipas en forma de picadura. Pero tras la primera guerra entre españoles y cubanos, el gobierno colonial decidió una nueva administración política y territorial y la otrora próspera ciudad perdió todas sus posesiones. Reducida a la cabecera prácticamente, se detuvo el crecimiento urbano, la villa nunca entraría en el siglo XX, quedando su arquitectura como un museo de la vida en la centuria anterior.

Tal era el contexto conservador en que vendría al mundo el niño, en medio de dos familias acomodadas. El padre, Silvino García, fue comandante del Ejército Libertador y participaba de la política local, la madre Diana de Caturla se contaba entre las mujeres más cultas de Remedios. No obstante aquella educación a la europea, Caturla tuvo mayor contacto con sus nodrizas negras, quienes le enseñarían cánticos africanos, germen de un gusto que el muchacho iría desarrollando con el pasar de los años y que lo llevaría a transgredir barreras musicales, sociales, familiares, sexuales.
En un Remedios donde el partido conservador ganaba las elecciones cada año y los negros y los blancos vivían separados, sin poder siquiera cruzarse en la misma senda por el parque; Alejandro García Caturla comenzó a asistir desde adolescente a los bembés del barrio La Laguna, a los toques de tambor en los más recónditos poblados del municipio. Sus ojos se desorbitaban cuando veían a los “ases” del bongó y de la rumba poner a bailar a la gente, que casi de inmediato caía con algún santo montado. Cuando se iba al cine acompañado casi siempre de jovencitas negras, era habitual el comentario entre sus parientes de que Alex “se había vuelto un descarado”.
Muy pronto, el chico demostró que era capaz de amar más que nadie, uniéndose con Manuela Rodríguez, la criada de la casa, también de raza negra, esta unión fue sancionada con recelo por la familia Caturla y la sociedad. Con su corta edad, 16 años, Alejandro no era capaz de sostenerse económicamente, su padre Silvino no estaba dispuesto a sufragarle aquellas aventuras amorosas, pero sí una carrera universitaria. En enero de 1923 el joven llegó a la Habana, donde quedó deslumbrado. Atrás estaba Remedios con su catolicismo y las torres de las dos iglesias, una frente a la otra, con el tiempo detenido.
Descubriendo al genio

En los países pobres los genios a menudo mueren también en la miseria, debido sobre todo a la escasa oportunidad de triunfo profesional. Unas pocas ciudades pueblerinas y una capital pueden condenar al ostracismo a un Mozart o a un Byron. Cuba ha sido así, más aún en la época del Machadato (mandato del dictador Gerardo Machado), quien al tratar de convertir a La Habana en el París de América sólo logró tornarla un caos de represión y atraso cultural, pues los artistas genuinos apenas existían en forma de cenáculos malmirados. El Minorismo era uno de esos grupos, el más importante, que nucleaba a estudiosos de las vanguardias europeas y de la cultura cubana. Allí Caturla trabó amistad con Alejo Carpentier, Emilio Roig de Leuchering, Fernando Ortiz, todos ellos interesados en el negro como un ente social imprescindible. Aquel muchacho que había llegado de Remedios, el estudiante de Derecho, ahora encontraba razones de justicia para defender y amar más aún lo afrocubano.
A menudo Carpentier se adjudicaba el descubrir el genio de Alejandro. El escritor decía que lo vio en medio de un cine tocando al piano trozos de clásicos para amenizar una película silente. Así se ganaba Caturla la vida y le pagaba a Manuela el sustento de los primeros hijos. Lo cierto es que en la Habana se forjó el talento de ese gran compositor, en medio de las clases de teoría musical que le hicieron ver un camino propio en lo nuevo y lo negro. Durante el estudio de su carrera alternaba entre la capital y Remedios, entonces se encendió su deseo por la hermana menor de Manuela, Catalina, y allí sí estalló el furor de los prejuicios. Lo cierto fue que Caturla amó ambas mujeres a la vez y tuvo con ellas once hijos.
El Juez que conoció la miseria humana

Ya graduado de Derecho, Alejandro García Caturla retornó a Remedios, donde colocó en la fachada de la casa familiar, sita frente al parque José Martí, una tarja: Dr. García Caturla, abogado. Muy pronto la comarca sabría de la rectitud y los aportes del joven juez, carrera que alternó con la composición y la escritura de cartas a sus amigos de La Habana, sobre  todo a Carpentier. En tanto, sus composiciones afrocubanas ya se estaban dando a conocer y artículos elogiosos aparecían en las revistas acerca de los dos grandes músicos de la época, Amadeo Roldán y García Caturla. Como jurista comenzaría la lucha contra todo lo podrido, así, el abogado ganó una porfía contra McNamara, padre del futuro político norteamericano Robert McNamara, familia establecida en Caibarién. En Ranchuelo defiende a los obreros de la fábrica de cigarros contra sus dueños, los hermanos Trinidad (fundadores de un emporio radial en la Cuba de entonces), hizo lo mismo con los jornaleros de la región central a quienes se les pagaba con bonos y no con dinero.
Varias reformas a los códigos por entonces vigentes propone Caturla, pero sobresale su proyecto de legislación para regular las sanciones a los menores de edad, medida que adecentaría dicho proceder en la isla. Su mayor combate fue contra el juego, mal que por entonces corroía la sociedad. El 17 de octubre de 1940 el juez Caturla juró fidelidad a la nueva Constitución, esa que prometía un futuro mejor a la patria, y el 19 de ese mismo mes debió solicitar garantías para su vida, pues recibió amenazas de la policía y el ejército asentados a nivel local. Lo tildaban de “negrero”, inmoral, engreído, etc…
Y llegó el silencio

Era fácil matar a Caturla, él hacía el mismo recorrido diario: de su casa al juzgado, de allí al correo (las cartas, que lo mantenían al tanto del mundo artístico) y de vuelta a la casa. Las mismas calles, la misma esquina…En Remedios su música no era entendida, recibió la rechifla de la chusma en el Teatro Miguel Bru y decidió fundar una orquesta en Caibarién, proyecto mastodóntico que apenas ofreció pocas presentaciones. Aunque conocido en el extranjero y estrenado su repertorio en Barcelona, París, Moscú, el genio sentía que sus fuerzas creadoras se agotaban. Soñó con dejar el Derecho, irse a La Habana, volver a Europa. No dejaba de componer todas las tardes, con las ventanas de su estudio abiertas, las mismas desde las cuales miraba hacia las calles Maceo e Independencia, encrucijada donde el 12 de noviembre de 1940 lo  abordó un conocido maleante de nombre Argacha Betancourt, a las seis y treinta de la tarde. La discusión entre ambos fue breve, como los disparos que le cercenaron la vida al abogado. Era fácil matar al hombre, el asesino corrió hasta meterse en el cuartel de Remedios, donde recibieron con júbilo la noticia. Silvino García se desmayó al enterarse, ni él ni Diana jamás pudieron recuperar la salud. Desde toda la isla, los intelectuales se pronunciaron contra el suceso. La nueva República nacía manchada con la sangre de un genio.

Su cadáver recorrió la ciudad en medio de multitudes ¡mataron a Alejandrito!, aun los que lo calificaban de loco, sintieron la pérdida. La ciudad de Caibarién colocó una tarja en el lugar del asesinato, homenaje de un pueblo humilde a un gran creador. Una de las últimas obras compuestas, “Berceuse campesina” anunciaba la unión entre lo negro y lo campesino, o sea la síntesis de lo nacional. Ese mismo día fatídico, 12 de noviembre, la BBC desde Londres rendía un minuto de silencio a Alejandro García Caturla.
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13 de noviembre de 2017

Coqueteo en idiomas


Por Gretel Díaz Montalvo
Tomado del blog A las 4 y 20

Ella llega para fotografiar lo importante que el mural expone, pero  Él le interrumpe el ángulo.

- Permiso- dice Ella.

- Ah, lo siento- se excusa Él.

- Don't worry- susurra con una fonética al estilo película hollywoodense.

-Oh, do you speak english?- cuestiona asombrado.

- Yeu...- murmura ella.

Él no la escuchó bien porque ya es la mujer de sus sueños: es linda, habla inglés. Ella continúa fotografiando lo importante del mural, pero Él la mira, la analiza, pasa un segundo, dos segundo...quiere decirle algo y...

Ella no le da chance a reaccionar. Se retira rápido, de la misma forma en que llegó. Pero ahora un movimiento sensual mueve sus caderas, su pelo, su espalda.
Él solo atina a gritarle: Nice to meet you.

Pero Ella se va, y murmura algo extraño parecido al inglés, y piensa:
- De madre, ahora hasta pa' tener novio tengo que aprender idiomas.
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7 de octubre de 2017

¿Cuán felices son las personas en Cuba?

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Por Redacción IPS Cuba

¿Son felices los cubanos?, fue la pregunta que intentó responder un espacio de debate donde varios especialistas y el público asistente reflexionaron sobre los factores para que las y los ciudadanos se realicen de manera plena a nivel individual y social en la nación. “La pregunta de si somos felices aquí podría hacerse en cualquier lugar del planeta”, indicó el psicólogo y sociólogo Ovidio D’Angelo, uno de los integrantes del panel efectuado el 15 de septiembre en el Aula Magna del Centro Cultural Félix Varela, de la Arquidiócesis de La Habana. En el encuentro de reflexión y debate trimestral En Diálogo, organizado por la revista Espacio Laical, participaron además como ponentes el ensayista e investigador Dmitri Prieto Samsónov y el psicólogo, profesor y presentador del programa televisivo “Vale la pena”, Manuel Calviño.

Para D’Angelo, lo más proactivo es “plantearnos cuales serían las cotas mayores de felicidad colectiva que podríamos alcanzar con ciertas reformulaciones de carácter social, institucional, económico y cultural que vaya a mayores niveles de realización en ese ideal”. Concordó en que el análisis de las situaciones de vida concreta en lo personal, familiar, social y el posicionamiento y acción en un sentido social renovador serían condiciones fundamentales para avanzar en dicha dirección. En opinión del especialista, resulta indispensable contar con espacios para realizar los proyectos de vida individuales, algo en lo que “actualmente hay muchas limitaciones, por muchas razones”. Deberíamos tener muy claro desde lo social y la dirección del país de la necesidad de construir autonomías personales y colectivas, pues “todo lo que sea el establecimiento de un orden represor con relación a normas impositivas demasiado coactivas son contraproducentes al desarrollo humano”, apuntó.

Por su parte, Prieto se refirió a la crisis civilizatoria que caracteriza al mundo contemporáneo, un fenómeno del cual, dijo, Cuba no escapa. Y advirtió que “hoy hay muchas menos ideas orientadoras que hace 20 años”. En este sentido, se refirió a uno de los principales fetiches de la cultura noratlántica “tener cada vez más y más nuevo”, donde se asocia la felicidad a modelos de consumo. Más adelante, el ensayista reconoció que “lo que más me molesta hoy en Cuba no es tanto la incertidumbre respecto al futuro como el desgaste que permea todas las estructuras, lo cual conspira contra la felicidad”. “El desgaste sigue ahí, como el dinosaurio de (escritor hondureño Augusto, 1921-2003) Monterroso. Es un desgaste superpuesto con una crisis institucional y existencial”, añadió.

Calviño manifestó que la felicidad no puede ser analizada desde una perspectiva unidireccional, pues depende de las experiencias, valores humanos, sentimientos, “es episódica, no es de naturaleza racional”.

Sostuvo que “la vida cotidiana del cubano de hoy es extremadamente rigurosa”, pero a la vez consideró “interesante que en múltiples vocaciones religiosas y filosóficas, la felicidad está en el ejercicio de la superación de los rigores de la vida”. A su juicio, la población local tiene su mayor virtud precisamente en su mayor defecto. “Como sujetos concretos de una nación siempre salimos adelante, somos tremendamente resilientes, siempre buscamos una solución. Pero es un gran defecto porque a todo lo que se le busca la vuelta, la salida, se deja en el mismo lugar, no se transforma ni se cambia”, argumentó.

Desde el público se suscitaron preguntas y observaciones como la del periodista Félix Sautié Mederos, para quien “la felicidad tiene una relación directamente proporcional con los objetivos y las razones de vivir”.

Julio Norberto, un joven reportero de la publicación católica Vida cristiana, confesó que pertenece a “una generación en la cual la felicidad es bastante abstracta”.

“El 75 por ciento de mis amigos que terminaron la carrera no se encuentran en Cuba. En mi grupo de la iglesia, el porcentaje es mayor. Parece que uno de los primeros objetivos o una de las cosas que marca la felicidad de mi generación es irse del país”, subrayó. A propósito, sostuvo que las nuevas generaciones necesitan soñar, contar con herramientas para ver cómo salen adelante. Pero en la Cuba de hoy, agregó, los jóvenes graduados “no vemos realización en el ejercicio de nuestras profesiones, porque un sueño tiene que ser más que comer y vestirse. Debe haber otro tipo de cosas”.


Al cierre del encuentro, Calviño sentenció que debe dejarse el lastre del desaliento, de la maleficencia, de las experiencias negativas. “La felicidad es su búsqueda. El llegar está en el andar. Creo que hay un don primario en todo ser humano: nacimos para construir la felicidad, para ser felices, porque el único modo de triunfar en la vida es sentir que vivir vale la pena”, concluyó, en el estilo de su programa televisivo.
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4 de octubre de 2017

Cuando se rompen los diques

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Por Boris Milián Díaz

Uno pudiera preguntarse qué es la normalidad tras ver el cuadro de devastación que dejó Irma a su paso.

Para la mayoría de los cubanos, relacionados con ese tipo de fenómenos por idiosincrasia de la geografía, los preparativos se limitan a la acumulación de víveres dejando en manos de las autoridades todo lo relativo a la seguridad de las personas e inmuebles. Ha sido así durante los últimos cincuenta y ocho años sin que hubiera grandes pérdidas de vidas humanas. Desde el día anterior -y previendo la llegada del Huracán al Ocidente- las tiendas se vieron abarrotadas por la mañana y, para cuando llegó la noche, todo era una cuestión de espera resignada y hasta divertida. Era otro viernes más con la única diferencia de que presuponía el cierre del fin de semana.

Tres días después las condiciones climatológicas habían vuelto a la normalidad dejando -a plena luz del día- un panorama desolador: las calles cubiertas de escombros, hojas, ramas y árboles arrancados de raíz. Desde el día anterior se habían ido acumulando en las esquinas a la espera de los trabajadores de Comunales. Muchos lugares continuaban entonces sin electricidad y, otros más, sin agua. La zona de la Vía Blanca quedó completamente obstruida en varios tramos y el túnel de la Habana inundado. Desde el primer momento se decantó en las autoridades locales las tareas de recuperación de los daños alegando la extensión de los mismos.

Los sucesos, en el margen de una semana, dan una clara idea de la normalidad que subyace debajo del día a día. En Santo Suárez, municipio de Diez de Octubre, toda una protesta popular a tres días sin luz o agua -que conllevó a un tímido intento de represión- y que fue acallado al restablecer los servicios. En Guanabacoa un grupo de mujeres de un asentamiento periférico se presentó con sus hijos en los portales de la Sede del Poder Popular pues, en ese momento, ni siquiera tenían comida para darles además de que no contaban con atención médica mientras entre los observadores se comentaba la carencia de medicamentos en los Policlínicos, el intento de huelga por parte de los trabajadores de comunales -interrumpida por un contingente de las EJT- y los asaltos en el reparto Chivás que estuvo apagado durante varios días y bloqueado para el tráfico. Santa Fe, en Playa, el viernes todavía se encontraba a oscuras.


La realidad parece estar volviendo a sus cauces y -mientras el estado se prepara a enjuiciar a aquellos que han medrado con la miseria de los otros- uno pudiera llegar a la conclusión de que no ha sucedido nada extraordinario. Desde los destrozos hasta la incapacidad para reponerlos son parte de la misma normalidad que hemos venido fraguando durante años tan sólo que la misma se ha cristalizado en un espacio muy corto de tiempo en su totalidad. Ya, sencillamente, no podemos rehuirla.
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¿Cree usted que luego de las Elecciones Generales de 2018 en Cuba, se den cambios sustanciales?

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