21 de diciembre de 2016

El pecado de disentir



Quizás nunca sepamos a ciencia cierta qué sucedió aquel día entre José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez. En el silencio del monte, en medio de las turbulencias de una guerra que recién iniciaba, las palabras se cruzaron con una velocidad inusitada, y a lo mejor se cruzaron también algo más que palabras.

Aquel cubano inmortal, de poco más de un metro y sesenta centímetros decidía enfrentar por fin sus ideas con las de dos hombres curtidos ya en las guerras precedentes. No menos cultos, Maceo y Gómez no se dejarían convencer por la fuerza de las palabras vertidas por el estratega principal de la contienda.

De lo poco que se supo después sobre cuanto allí se dijo (y se hizo),  sobresalió una decisión unánime: reafirmar como Mayor General del Ejército Libertador a José Martí. Frente a las ideas disidentes, a las discordias entre unos y otros, a la oposición a determinados planteamientos y visiones; frente a las incomprensiones y al derecho a pensar diferente, el objetivo central continuó invariable.


El pensamiento único, inamovible, repetitivo, de calco, nunca ha sido característico del hombre como especie. La palabra divergente, la idea contraria, la oposición de pensamiento nos ha posibilitado sobrevivir. Quizás a Charles Darwin, en su teoría sobre la evolución de las especies, le faltara agregar una de las cualidades que nos ha hecho llegar hasta aquí: ser y pensar diferentes.

Solo en el debate de ideas contrapuestas podrá encontrarse la verdad, si aun y a pesar de todo, la verdad existiese. La unanimidad, la falsa unidad de pensamiento solo conduce a espejismos, y los espejismos como a Narciso, nos harán enamorarnos de nuestro propio reflejo para luego caer al lago y morir ahogados.

Lo natural está en lo diferente que no siempre significa contrario, opuesto. La unidad real, la que producirá cambios sólidos y permitirá pasos firmes, se dará gracias al reconocimiento de la diversidad de criterios, caminos y opciones.

Pese a todo, Martí, Gómez y Maceo defendían ideas esenciales, vitales, trascedentes. Y su unidad por sobre las diferencias los hizo fuertes y los reafirmó como símbolos de una nación que no podrá adaptarse nunca al voto unánime donde hay mucho diferente por decir.

El día que el disentimiento ya no sea pecado, que la norma sea el debate abierto y franco de ideas diferentes, que la verdad no sea una sino muchas, que la razón no sea de unos pocos sino de muchos, donde esos muchos tengan cada uno su voz para el ejercicio del libre pensamiento, ese día y solo ese día,  la nación será más fuerte y el futuro más cierto. (Por Eduardo Pérez Otaño)
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