20 abr. 2017

Reflexión abierta a raíz de una Carta



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Por Fernando Almeyda Rodríguez (FEC)

"No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo": Estas palabras de Voltaire fueron las primeras ideas  que me vinieron a la mente a raíz de leer la Carta Abierta dirigida por Eduardo Pérez Otaño al Ministro de Relaciones Exteriores; debo decir que no coincido totalmente con la postura de la Carta, no obstante he de aplaudirla. La solidez de los argumentos más que certeros da pie a reflexiones casi impostergables. Prefiero valorarla como un excelso ejercicio de crítica y dignidad, y como el pie forzado perfecto.

Mis diferencias radican sobre todo en considerar que puede existir un discurso diferente para cada espacio. Pienso que es un fenómeno perfectamente normal a los efectos internacionales; no obstante, ello no excusa las trazas de inconsecuencia que encontramos. Si nuestra posición oficial lacera en algún modo la integridad de los ideales que tan férreamente defendemos, quizás sea hora de replantearnos la forma en que los expresamos.


Creo que Cuba está compelida a aprender los códigos del discurso internacional: tiene muchas variantes y matices que podemos aprovechar para lograr una defensa más satisfactoria de nuestros intereses. De lo que se trata es de lograr “habilidad” más que “fuerza”; en política no es posible mantener un discurso político plenamente consecuente, pues al igual que en la ética, existen muchas cosas que no deben decirse, aunque sean verdaderas (aunque siempre habrá sus excepciones: Corea del Norte).

Después de 20 años con una política exterior obsoleta para los estándares hegemónicos mundiales, resulta muy difícil aprender desde cero los códigos internacionales; pero es más complicada la tarea cuando el país pretende operar desde un esquema político de amigo-enemigo. En pocas palabras: “los que no apoyan mis políticas son el enemigo, y los que sí lo hacen son mis amigos”. Nada pernicioso hay en esta fórmula, salvo cuando se invierte.

Por desgracia en un mundo tan globalizado, tan interdependiente, y fraccionado, no puede pensarse en términos de blanco y negro, salvo en casos extremos; “la consecuencia ética” se trueca por “habilidad negociadora”; el discurso es ahora líquido, como la Modernidad descrita por Bauman. Aunque nos desagrade, es cómo es, y no parece que podamos vivir mucho más tiempo en una burbuja.

Seguir con el discurso amigo-enemigo, nos hace diferentes, resalta nuestra integridad política, pero más todavía resalta vetas de doble moral cuando negociamos con “los enemigos”: ¡no pueden existir arcoíris en un mundo blanco y negro! Eso no escapa, ni al más tonto y menos al instruido y culto pueblo de Cuba; nada impide que osados jóvenes como Otaño pongan el dedo en la llaga buscando exprimir el veneno: lo único que puede impedir su silencio es el silencio mismo, pues el hecho en sí es evidente.

A los efectos Internacionales, es perfectamente correcta la invitación al presidente del gobierno español. Eso lo entienden Rajoy, el señor Ministro Parrilla, y ciertamente yo, pero ¿cuántos estamos en la condición y disposición de entenderlo? En un modelo que aspira a una participación unitaria y continua del pueblo en la política, si no se educa en nuevas formas de hacer política, se irá construyendo un abismo entre la opinión popular y la opinión pública. Tarde o temprano, el Estado tendrá que atajar este asunto desde la médula, desde su propio funcionamiento. 

No se trata de un problema aislado. Hay que pensar holísticamente (marxistamente) para entenderlo. Las mismas intolerancias y tabúes que nos hacen confundir lo público con lo estatal inducen todos los problemas que son centro del debate público: el ejercicio de la prensa en Cuba, la economía nacional, la doble moneda, la inconsecuencia del discurso político.

Estamos, ni más ni menos, ante una contradicción: o nos cerramos al mundo, o reelaboramos nuestro discurso político desde la base. Sea la solución por la que optemos dado el contexto histórico que nos ha tocado vivir significará un parte aguas.  

Contrario a Otaño, creo que nuestro Ministro de Relaciones Exteriores representa la postura correcta, sólo que sobre argumentos anticuados y obsoletos. Debemos renovar nuestras ideas sobre la base de nuestros fundamentos políticos y constitucionales. Ciertamente los principios no son negociables, pero hay que aprender que un principio es un decurso no un discurso. Entender esto podría salvarnos de la pereza típica de la cultura política del cubano.

Sírvanos entonces la “Carta Abierta” de Eduardo Pérez Otaño como una admonición por nuestra molicie ante las necesidades y los cambios. Convídenos a reflexionar y recordar, una vez más, la importancia de ser más radicales, (verdaderamente) martianos y marxistas; de ir a las raíces de las cosas, y cambiar todo lo que debe ser cambiado: dígase, ser más revolucionarios.  

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