21 de abril de 2017

En primera persona


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Foto: Alejandro A. Madorrán Durán
Por Eduardo Pérez Otaño
Hace días apenas duermo. Aunque el sueño normalmente puede ser un lujo para mí desde hace más de dos años, una preocupación me desvela: ¿Cómo pagar setenta dólares de alquiler?

Acabo de graduarme de la Universidad. Tras dieciocho años de estudio he pasado de la burbuja universitaria a la más dura realidad en apenas un abrir y cerrar de ojos. La ceremonia en el Aula Magna fue el último atisbo de la felicidad típica del universitario que cree, falsamente, que la vida real puede ser una continuidad de las despreocupaciones que nos ofrece el Alma Mater.


Y no solo el precio de los taxis ha subido estrepitosamente. Las rentas se especializan con mayor frecuencia cada vez en el creciente turismo extranjero, cerrando puertas y posibilidades a los nacionales, quienes, tras mucha búsqueda y semanas de desespero, nos decantamos por la “mejor de las posibilidades”, siempre la más barata.

La cuenta es simple: la media de los salarios ronda en el mejor de los casos los veinte dólares, poco menos de un tercio del alquiler. Para compensarlo decido asirme a un pequeño privado, y en las manos de una cafetería particular he caído. Al menos tres noches a la semana, compartidas o en competencia con el trabajo diurno, contribuyo con el enriquecimiento de este pujante sector a cambio de mi fuerza de trabajo y de colaborar con el incremento del capital, más la plusvalía, la enajenación y el resto de las cosas marxistas que pudieran venirme a la mente ahora.

Luego decido emprender un intento de negocio privado. Me arriesgo a dar clases particulares, sin licencia para evitar los descuentos de la ONAT, los que pudieran poner en riesgo el próximo mes de renta. Y aunque no sale mal del todo, sigue siendo insuficiente.

En los pocos espacios que esta ajetreada vida de post universitario me permiten, aprovecho algunos trabajitos rápidos, legales o ilegales, que agreguen algunos pesos convertibles al fondo mensual.

Aun así, el desvelo me persigue. El acto de tomarme un jugo en este intenso calor de verano puede convertirse en un momento agónico, cuando mi otro yo, el que lleva las cuentas del mes, comienza a martillarme que cinco pesos son cinco pesos, y que con esa cantidad a lo mejor, y con suerte, puedo comprar el paquete de croquetas que garanticen media semana de acompañamiento al perenne arroz blanco.

Por lo pronto, tal y como muchos de mis compañeros, tengo que vender mi talento y mis capacidades en el mercado, al mejor precio posible, que no es mucho, pero es algo. Y de paso olvidarme de eso de la enajenación, de las necesidades espirituales, culturales, de realización… En esta balanza de la vida tanta teoría nos puede jugar una mala pasada.

Ahora escribo, o eso intento, para algunos medios. La mayoría de ellos no le interesan mucho mis críticas o son inaccesibles a pesar de todos los intentos. Los pocos que sí, contribuyen al “fondo de tensiones” en que se ha convertido esa alcancía mensual. Por suerte se multiplican los que conjugan posibilidades para la realización periodística y justa retribución.


Y para despejar me llego hasta el malecón de esta Habana que me ha adoptado. Aprovecho entonces para pensar en aquellas clases de filosofía, de economía política del capitalismo y del socialismo, en aquellos felices años de universitario. Entonces pienso en la letra del trovador, donde nos recuerda uno de los carteles de mayo del 68: Marx ha muerto, Dios no existe. (Publicado en www.eltoque.com)
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