24 de enero de 2017

Apuntes para una historia no contada: el quinquenio gris (Parte I)



Del triunfo revolucionario al pavonato 

En carta enviada por Virgilio Piñera a Fidel Castro, publicada en Diario libre, el 14 de marzo de 1959, expresaba:

«…Nosotros, los escritores cubanos, somos “la última carta de la baraja”, es decir, nada significamos en lo económico, lo social y hasta en el campo mismo de las letras. Queremos cooperar hombro con hombro con la Revolución, mas para ello es preciso que se nos saque del estado miserable en que nos debatimos.»

Esta misiva constituía la clara posición del sector intelectual con respecto al proceso revolucionario que recién iniciaba. Vale aclarar que aunque por estos días el autor de cuentos como Insomnio goce de importantes reconocimientos, en aquel momento apenas era conocido en unos pocos sectores de la sociedad cubana.

Según explica Ambrosio Fornet en conferencia leída el 30 de enero de 2007, en la Casa de las Américas, como parte del ciclo La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión, organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios, «la Revolución --la posibilidad real de cambiar la vida-- aparecía como la expresión política de las aspiraciones artísticas de la vanguardia».


Con el surgimiento de la Imprenta Nacional se inició una etapa de cierto crecimiento cultural. Fueron publicados textos de reconocido prestigio internacional, muchísimas de las obras cumbres de la literatura universal eran vendidas en las librerías a precios sumamente bajos, para facilitar el acceso de los sectores más humildes de la población a los mismos.
El resto del sector artístico e intelectual gozó de igual manera de un período de organización y auge. Pero no duraría por mucho tiempo.

Según señala Fornet: 

«…cuando empezó a asomar la oreja peluda de la homofobia y luego, enmascarada, la del realismo socialista, nos sentimos bastante confundidos. ¿Qué tenía que ver un fenómeno tan profundo, que realmente había cambiado la vida de millones de personas, que había alfabetizado a los analfabetos y alimentado a los hambrientos, que no dejaba a un solo niño sin escuela… qué tenía que ver un hecho de esas dimensiones con mis preferencias sexuales o con la peregrina imagen de un artista virtuoso y viril, siempre dispuesto a cantar las glorias patrias?» 

Algunos autores toman como referencia al analizar los precedentes del denominado Quinquenio Gris, las palabras del líder de la Revolución el 13 de marzo de 1963 en la escalinata de la Universidad de La Habana, cuando expresó:

«Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos (risas); algunos de ellos con una guitarrita en actitudes “elvispreslianas”, y que han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides por la libre. ¿Jovencitos aspirantes a eso? ¡No! “Árbol que creció torcido...”, […] Hay unas cuantas teorías, yo no soy científico, no soy un técnico en esa materia (risas), pero sí observé siempre una cosa: que el campo no daba ese subproducto. Siempre observé eso, y siempre lo tengo muy presente. Estoy seguro de que independientemente de cualquier teoría y de las investigaciones de la medicina, entiendo que hay mucho de ambiente [...] y de reblandecimiento en ese problema. Pero todos son parientes: el lumpencito, el vago, el elvispresliano, el “pitusa” (risas) […]» 

Luego del palpable auge del sector cultural en la primera parte de la década del sesenta, ocurrirían una serie de acontecimientos que tendrían consecuencias funestas en la primera mitad de los años setenta.

La creación de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), que duraron alrededor de tres años, generando importantes cicatrices, se constituyeron para “reformar” mediante el trabajo a quienes eran considerados “débiles o torcidos”. Muchos, en lugar del servicio militar, fueron a parar a estos centros de trabajo al más puro estilo estalinista.

Y señala Fornet:

«…pero algo se nos había ido de las manos, porque en la segunda mitad de la década pasaron cosas que tendrían consecuencias funestas para el normal desarrollo de la cultura revolucionaria: el establecimiento de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), y el rechazo institucional de dos libros premiados en el concurso literario de la UNEAC (Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, y Fuera del juego, de Heberto Padilla), para no hablar de anécdotas pasajeras, aunque sintomáticas, como el clima de hostilidad que suscitó, entre algunos funcionarios, la aparición de Paradiso (1966), de Lezama, debido a su supuesta exaltación del homoerotismo.»

Se comentó, incluso, que el texto más reconocido de este autor, fue recogido de algunas librerías y en otras se llegó a suspender su venta, a causa de las ronchas levantadas en algunos sectores de la dirigencia política.

Más adelante, en su conferencia, Ambrosio Fornet aclara que, aunque los textos de de Arrufat y Padilla fueron publicados por la UNEAC, mediante el prólogo, la institución dejaba constancia de su desacuerdo y aseguraba que eran obras que servían a “nuestros enemigos”, pero ahora servirían “para otras cosas”, uno de los cuales era plantear abiertamente la lucha ideológica.

Como explica Ambrosio, «…fue entonces --entre noviembre y diciembre de 1968-- cuando aparecieron en la revista Verde Olivo cinco artículos cuya autoría se atribuye a Luis Pavón Tamayo, conjetura por lo demás indemostrable porque el autor utilizó un pseudónimo --el tristemente célebre Leopoldo Ávila-- que hasta ahora no ha sido reivindicado por nadie».

El contenido de esos escritos constituyó el detonante de uno de los períodos más difíciles de la cultura cubana, una etapa que algunos escritores se empeñan en denominar “decenio negro”, mientras otros lo reconocen con el apellido de quien fuera la mano visible, Luis Pavón Tamayo. Se iniciaría así, tras un período de auge moderado, el pavonato. Pero esos serán otros apuntes para una historia no contada. (Por Eduardo Pérez Otaño)
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