23 de enero de 2017

Yo soborno, ¿y tú?



Me miró a los ojos con mucha convicción: “es que con Pinar del Río todo es muy complicado”. Le sostuve la mirada el tiempo necesario para que se convenciera de que tenía el dinero en el bolsillo derecho. “Ven mañana a las ocho y media o nueve de la mañana”, me dijo; y me fui.

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Foto: Alejandro A. Madorrán Durán
Un trámite de cinco pesos cubanos se me convirtió en diez dólares. La espera de unos cuarenta y cinco días se transformaron en poco más de catorce horas. Nunca hablamos de dinero, precios, tarifas, pero no hizo falta. Entré en el juego y me sorprendí pareciendo todo un profesional.

Era una cuestión de rutina. Legalizar un documento para que tuviera validez en el extranjero pero, fatalidad, las certificaciones emitidas por el Registro Civil de Pinar del Río no pueden ser aceptadas en La Habana. De este lado a aquel, de la oficina de legalizaciones al Registro de la capital. Lo demás es historia.

El amigo de mi amiga que, como ella, vive en un perdido pueblecito de Candelaria, por poco se queda sin dentadura. Ajeno a tratamiento alguno en sus 27 años de vida llegó a las manos de otro amigo de mi amiga, y como todo quedó en familia, apenas costó un puerquito asado y un fin de semana por allá por la finquita del padre.


En el transporte público la clave, me cuenta otro amigo, es subirte y darle cinco o diez pesos al chofer. No media contrato. No hacen falta palabras de más. Usted tiene asiento garantizado una vez llegues a la primera parada del ómnibus. 

Cuando él mismo, con conocimientos extraordinarios en las lides “soborniles”, intentó hacerse camino en La Habana, la dirección de una lejana provincia se lo impidió. Dice que aquella fue su graduación con título de oro: del carné de identidad a la oficina del arquitecto, del gobierno municipal al provincial, del camino principal a los atajos.

Cuando se le venció la residencia temporal perdió las esperanzas. Hasta que lo iluminaron y ya en el buen sendero logró en tres días, cien dólares de por medio, pertenecer al club de los que en la capital, tratan de abrirse camino.

A veces me da la impresión de que el soborno se institucionaliza en el proceder cotidiano. El que tiene llega más rápido o más lejos, el que tiene puede. El que no, que espere, si queda espacio, si queda empaste, si nos sobra tiempo.

Otra amiga, siempre muy práctica, no se cansa de decir tras un nuevo descubrimiento soborneril: “sí mijito, sí, esa es la única forma de poder resolver”. Y ella era de las que discutía en la terminal de ómnibus, se insultaba cuando por la “izquierda” revendían pasajes al doble del precio. Aun se acalora, pero ahora de modo más natural. Dice no querer hacerle el juego, “pero qué remedio”.

Y también se institucionaliza el desaliento. Lo extraño se vuelve normal. El soborno pasa a ser componente esencial de tu relación con los otros, con este mundo de sálvese quien pueda y mientras puedas, o mejor, mientras tengas. (Por Eduardo Pérez Otaño, publicado en www.eltoque.com)
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