16 de septiembre de 2015

Francisco, el Papa hereje



Si Juan Pablo II viviera no tengo dudas de que habría ordenado ya la excomunión de Francisco. Junto a un Papa emérito habría en la Casa de San Pedro otro hereje, un dueto interesante para una Iglesia que ha entrado al tercer milenio de la era cristiana plagada de deudas consigo misma y con sus seguidores.

¿Renuncia o escape? El mundo entero debatió en su momento a la vez que ponía en duda las verdaderas justificaciones esgrimidas por Benedicto XVI para retirarse de la silla de San Pedro. Para no pocos, la cúpula pareció derrumbarse sobre los hombros de un mortal pecador, como el resto de la humanidad, si nos atenemos a los más estrictos principios bíblicos.

La misma iglesia que el Santo Juan Pablo II intentó hacer entrar al nuevo milenio libre de toda culpa, aunque para ello fuera necesario pedir perdón por hechos tan escandalosos como la condena a Galileo por su oposición a reconocer que la Tierra era el centro del universo y la quema de Giordano Bruno, no pudo librarse de los escándalos por corrupción, principalmente en la Banca Vaticana.

Junto a los turbios manejos de las finanzas del Estado más pequeño del mundo pero el de dominio más universal, se venían sumando los relacionados con la pederastia, la férrea oposición a una mayor incorporación de la mujer a la vida religiosa, lo relacionado con las comunidades de diversidad sexual, el aborto, entre otros asuntos no menos complejos.

¿Política religiosa o religión política?
Juan Pablo II –también conocido como el Papa Viajero- hizo del Vaticano y la institución religiosa en sí misma un instrumento político. La Santa Sede pasó a convertirse durante su pontificado en un actor importante e implacable, aunque silencioso, en la reconfiguración del mapa geopolítico mundial.

Se dice que el presidente norteamericano Ronald Reagan contaba entre sus favoritos al heredero de San Pedro, por reconocer en él a
un hombre que con inteligencia y eficacia extraordinarias estaba logrando enfrentarse al comunismo soviético. Recientemente se han dado a conocer nuevos documentos que dan fe de las alianzas asumidas por el Vaticano en plena guerra fría.

Y América, la misma tierra que para bien de la Iglesia Católica ha pujado al Papa Francisco, vivió como pocos la política y la férrea doctrina dictada desde la Santa Sede. La Teología de la Liberación era demasiado comunal –tan parecido a comunista-, demasiado apegada a los pobres, demasiado relacionada con las causas de los excluidos, como para permitirle fortalecerse en esta parte del mundo. Juan Pablo II amonestaría a sus principales líderes, generaría divisiones, se opondría a su discurso pública y secretamente.

La institución religiosa de dos mil años de historia entró entonces en un momento de crisis estructural, tanto como la del propio capitalismo.

Una Iglesia que se adapta
Francisco, el Papa del cambio, ha negado el empleo de atributos clásicos de la autoridad del Sumo Pontífice, ha hecho de la misericordia una prédica fundamental a la vez que empuja a la Iglesia Católica hacia la periferia, desde donde los pobres han mirado históricamente las grandes ceremonias litúrgicas mientras los parásitos entretienen al hambre y el abandono de los centros de poder los reducen a votantes políticos.

La misma iglesia que en un momento cerró sus puertas a las prédicas como las de Oscar Arnulfo Romero hoy se abre, por órdenes de Francisco, a los desposeídos. Los pobres pasan al centro, un centro aún demasiado periférico pero en permanente movimiento.

Desde la Iglesia se habla entonces de cambio climático, de redistribución de las riquezas, de crisis migratoria, del nefasto poder de las transnacionales, de las ideologías radicales, del respeto a las diferencias, de inclusión, de diálogo con todos los sistemas políticos y religiosos.

Un Papa ecologista, antitransnacional, pro-desposeídos. Un Papa comunal –para alejarnos del concepto de comunismo-. Un Papa que reconoce en los movimientos de izquierda latinoamericanos una fortaleza para la región. Un Papa que lavó los pies de  presos comunes y mascó la hoja de coca en Bolivia. Un Papa que se ha atrevido a abrir el debate sobre el aborto, la homosexualidad y el derecho a la mujer a ocupar determinadas posiciones dentro de la Iglesia Católica. Un Papa anti-Papa, en fin.

En dos milenios la Iglesia ha aprendido muy bien el arte de la adaptación. Mucho antes incluso de que Darwin describiera el proceso de Selección Natural como mecanismo para lograr la adaptabilidad y supervivencia de las especies en los más disímiles entornos, ya la más universal de las instituciones religiosas había puesto en prácticas esas leyes.

El cambio de discurso no tiene que constituir en sí mismo un cambio estructural. Eso lo sabemos bien. Las apariencias no son las esencias pero por algún lugar ha de comenzarse.

El niño malo
La Cadena Fox no dudó en tildarlo como “el hombre más peligroso del mundo”, mientras Donald Trump, candidato republicano a las presidenciales en Estados Unidos para 2016 ha sugerido que quizás sea hora de darle “unas nalgaditas”. Ni lento ni perezoso, Francisco anuncia mes tras mes nuevas medidas, decisiones que se suman a una transformación cada vez más profunda de la Iglesia Católica.

Le cuesta y le costará trabajo barrer el conservadurismo alimentado durante demasiados siglos y exacerbado en los últimos treinta años, pero de su éxito dependerá que la institución religiosa sobreviva a esta era de movimientos telúricos en lo económico, lo político, lo social y lo religioso.

El gobierno mundial impulsado desde la Santa Sede tendrá que sustentarse sobre la base de lo dicho por Benedicto XVI en conversación con Jaime Ortega, Arzobispo de La Habana, recogida por Yarelis Rico en la edición de marzo de 2015 de la revista Palabra Nueva, “la Iglesia no está en el mundo para cambiar gobiernos, sino para transformar con Evangelio el corazón de los hombres, y esos hombres cambiarán el mundo según la disposición de la providencia”.

Para Francisco, a su vez, “la Iglesia no puede ser nunca una simple espectadora, este proceso la iglesia lo tiene que acompañar en diálogo”, en referencia al movimiento integracionista que se lleva adelante en Latinoamérica. Y en diálogo acompañó el Papa el proceso de negociaciones y posterior restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, quienes durante más de dos años y en total secreto asistieron en Canadá a la mesa de negociaciones.

Alejado de las dudas iniciales sobre su posible relación con la dictadura de Jorge Rafael Videla en Argentina, Francisco ha enrumbado su pontificado por un sendero totalmente novedoso en la historia reciente de la institución religiosa.

Ahora llega a Cuba la máxima autoridad del Vaticano en visita oficial y apostólica. Por tercera vez un Papa pisará la tierra de la Mayor de las Antillas y como nunca antes la Isla se ha preparado para su recibimiento. Viene con sus discursos de hombre sabio y por demás en el español de estas tierras. En el morral traerá las sorpresas también, como ya ha sucedido durante su anterior gira por Ecuador, Bolivia y Paraguay.

Con su encíclica Laudatos Si, Francisco ha anunciado desde ya la nueva batalla que la Iglesia Católica dará en favor del medio ambiente. No pocas de estas acciones le han merecido la nominación para el Premio Nobel de la Paz y corresponderá a la Real Academia de las Ciencias de Suecia el último veredicto.

Francisco, el Papa de los pobres, el del cambio, ahora no solo ha de cargar con las responsabilidades propias de su cargo y los conflictos internos de la institución que dirige, sino también con las esperanzas que millones en este planeta han depositado en sus manos. (Por Eduardo Pérez Otaño)
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