24 de marzo de 2017

De México traje…

Contra el pronóstico de algunos –incluso amigos- crucé de regreso los más de dos mil kilómetros que separan a esta Isla de México, Golfo de por medio. A veces siento la persistente necesidad de reiterar el retorno porque, como una sombra, el temor al no volver acompaña a cada uno de los que salimos alguna vez.

De México traje...
El efecto terrible de ser isla y solo isla nos ha llenado de ese miedo hasta los tuétanos, quizás porque generalmente se materializa el temor, quizás porque insistimos en las líneas rojas de tiempos pretéritos en los que los de adentro y los de afuera estábamos distanciados más allá de lo físico.

Ya de vuelta, ya en mi tierra de calor intenso y “cubaneo” abundante, me traje conmigo un México diferente al de la versión monocromática y uniforme que me han dibujado durante mucho tiempo.

Conocí, es cierto, la cara triste de América Latina, a lo que no estamos acostumbrados los de esta tierra: la diferencia, marcada diferencia, la pobreza real e incomprensible… Ciudad de contrastes la que vi, pero también de alegría y gente sencilla, de cubanos a lo mexicano –o de mexicanos con toque cubano-, latinos al fin.

De México me traje la calidez de su gente, amistades y amores –efímeros, abstractos y concretos, físicos y espirituales, fríos y cálidos-, los deseos de un país mejor aunque muchos no sepan cómo lograrlo, su acento y su picante también.

Del lado de allá de la línea traigo un manojo de palabras nuevas cargadas de significados diversos, la humildad de muchos –los más, para bien- y la indiferencia de otros, los que se han acostumbrado a vivir con la marginación a las afueras de su casa, con los “desclasados” en cualquier esquina, bien frente al más lujoso hotel, bien frente a la residencia más imponente.

Cargué además con un manojo de preguntas, muchas de ellas sin respuestas, sobre lo que sucede de este lado, sobre el destino al que marchamos, con las dudas y los estereotipos que también los medios –siempre ellos- han creado por allá. 

Me guardé un poco de música mexicana, de olores a comida tradicional, de mareo propinado por el tequila y la cerveza. Cargué en mi maleta con un calendario azteca y una piedrecita de Teotihuacán –allí donde los mexicanos ya eran grandes antes de que llegaran los falsos descubridores-.

Escondido me traje también el miedo a la violencia y la esperanza de que pueda ser superada, la tristeza de ver niñas pequeñas pidiendo limosnas en el metro y jóvenes sin futuro limpiando parabrisas en cualquier esquina: los “desechados” del sistema.

Acomodé en un bolsillo la sonrisa de una abuela complaciente a la que, como a la mía en otros tiempos, hay que explicarle una y otra vez para que entienda. Al lado hice un espacio para las risas insistentes tras el descubrimiento de algún significado oculto en una palabra extraña o por la suerte de ganar una y otra vez un juego de azar.

Junté entonces los abrazos de recibimiento con los de despedida y me doy cuenta que fueron muchos, también los besos y los chistes, los doblesentidos (albures, por allá) y las palabras fuera de todo entendimiento.

De México traje, a fin de cuentas, la nostalgia permanente y las ganas inmensas de regresar. (Por Eduardo Pérez Otaño)


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