17 feb. 2017

Carta abierta a los inconformes ante la verdad



En el reino de los cielos, de la tierra y del infierno pululan los inconformes. De esos hay muchos y en todas partes. 

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Cuentan que los egipcios se preparaban en esta vida (la de la tierra) para cuando les correspondiese el turno ante Osiris, dios del inframundo. Entonces tenían que colocar su corazón a un lado de la balanza mientras del otro Ma’at, diosa de la verdad y la justicia, ponía una pluma.

Si el corazón y la pluma pesaban lo mismo, entonces el afortunado egipcio disfrutaba una eternidad en el reino de los cielos, en caso contrario tenía final seguro en las más oscuras profundidades. ¿Y los inconformes ante la verdad?

De esos no habla la mitología egipcia. Ni Osiris ni Anubis ni Ma’at concibieron tamaña osadía. La verdad es una y solo una, escribieron los sagrados dioses en alguna de las tablas perdidas de la antigüedad.

Ahora la prensa cubana vuelve al centro del debate, donde siempre ha debido estar. En esta oportunidad lo hace más (micro) públicamente pero en otros momentos fue siempre tema en apartados rincones académicos o en tertulias callejeras. En medio de este aparente maremágnum de preocupaciones han resurgido los inconformes con la verdad, los que se esconden entre el cielo, la tierra y el infierno.

Hay incluso a quienes les incomoda que otros aspiren a demostrar, debate de por medio, esa verdad que es pública y sabida, digámosla por enésima vez: la prensa cubana del siglo XXI no satisface las necesidades y demandas de un país en transformación, de una sociedad otra. 

Digamos aun más: Cuba necesita otra prensa, o mejor, otro modelo de comunicación en su amplio sentido, verdaderamente acorde al país, no que tenemos sino al que aspiramos, en ese sueño colectivo que ya va para sesenta años.

Hay quienes en el cielo se remueven incómodos e incluso quienes desde el infierno han mostrado garras preocupantes. Otros en la tierra se aferran a ideas, no siempre sustentadas, no siempre profundas, pero se aferran. Mientras, se dice demasiado y se construye casi nada, o como diría una amiga: “se chancletea mucho y se baila poco”.

Otros la han demostrado, la han escrito en tesis, artículos científicos, crónicas, servilletas, e incluso en la arena. Lo han dicho muchos y de muchas maneras, y aun así quedan inconformes con la verdad, tristes inconformes.

Si hiciéramos casos a los egipcios supondría esperar nuestro encuentro con Osiris, y allí tendremos que poner nuestro corazón sobre la balanza, mientras del otro una pluma decidirá el destino final. Y aunque no haya vuelta atrás habrá inconformes, siempre los habrá.

Esos que se debaten por su cuota de poder, la que creen les corresponde en el reino de los cielos, de la tierra y del infierno. Un poder sobre la verdad que es efímero en la misma medida en que deja de pertenecer a unos pocos para hacerse pública, colectiva. Por eso arremeten contra la pérdida del espacio vital que les asegura la existencia, la existencia pública y, por qué no, la privada. 

Porque en la medida en que la verdad es más de todos los inconformes se sienten más acorralados, temerosos. Afloran los recelos y las conspiraciones mientras arriba y abajo desconocen, o intentan desconocer, que la verdadera batalla se da en el medio, es decir, en la tierra.

He ahí otro reto: sumar al debate nacional sobre la malanga, la pelota y la novela, asuntos que como este, nos conviertan en ese otro país que requiere (ha requerido desde hace mucho tiempo) un modelo de comunicación y unos comunicadores que pasen la prueba final, la del corazón ante la verdad. (Por Eduardo Pérez Otaño)

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