5 de enero de 2017

Air Acosta



Carlos hubiera muerto en el accidente. Era su primer viaje al extranjero y le correspondía un vuelo que nunca llegaría a su destino. El retraso de la visa le salvó la vida. Sin embargo, Carlos está lejos de Cuba y después de muchos años se ha atrevido a decir que su hogar son los aeropuertos. Las alturas ya no le preocupan.

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Prefiere la competencia con el aire: los grandes saltos. Supo que quería hacerlo desde que vio a Terrero bailar en el teatro Zaydén de Pinar del Río. A partir de esa noche de 1988, además de recibir clases de ballet, sentiría cada giro, cada paso, cada movimiento.

Seis años antes su padre lo había obligado a matricular en la escuela de L y 19, en el Vedado habanero. Era una alternativa que asumía Pedro, el camionero,  para que su hijo se alejara de los peligros del barrio Los Pinos. Y Carlos se aburría, inventaba todas las indisciplinas posibles y constantemente pedía que lo sacaran de allí: quería ser futbolista como Pelé y bailar break dance con sus amigos en el Parque Lenin o en los alrededores del Almendares.

¿Qué artista se atrevería a ausentarse a una función en la Sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana? Carlos lo hizo. Estaba jugando al comefango, una de sus diversiones preferidas. No le interesaba el ballet, pero sus profesores estaban interesados en él. En la vida de Carlos, siempre existieron casualidades para marcar su destino y personas para guiarlo en el mundo del arte. Por eso fue a parar a Pinar del Río cuando en La Habana se cansaron de sus rechazos. Para  la capital volvería regenerado y traería consigo, para siempre, la inspiración de aquel salto de Terrero.

Años después, mientras se preparaba para interpretar el Quijote, junto a los bailarines del Houston Ballet, Carlos comprendía que su mundo había crecido: “Pusieron  fotos  gigantescas de Lauren y mías en algunas vallas de la ciudad, y todas las mañanas me desviaba en el camino hacia el teatro para pasar por delante de una de ellas. A veces hasta me detenía en la cuneta y miraba hacia arriba, sin poder creer que aquel bailarín sostenido en el aire fuera yo”.

Ha sido una vida demasiado rápida para creérsela con tanta ingenuidad. Incluso a Carlos, le ha costado trabajo aceptar su propia historia. Desde Los Pinos hasta El Vedado, desde Londres hasta Houston, o desde el Ballet del Teatro Marinsky, de San Petersburgo hasta el American Ballet Theatre de Nueva York: su vida es demasiado densa, demasiado cruel, demasiado vida.

Quizás por eso asumió el reto de nunca mirar atrás, como le decía su Papito. Sin embargo, Carlos era invitado a las fiestas reales y por la noche tenía pesadillas con su hermana Berta… Carlos vestía un traje Prada y un reloj Cartier de oro con cristal de zafiro y al mirarse en el espejo, aquellos seis mil dólares de su atuendo lo hacían pensar en un apartamento para su familia… Carlos puede bailar como el aire, interpretar a Espartaco y ganar el premio Benois de la danza, vivir en Londres durante 16 años, ser reconocido por la Reina Isabel II… Carlos Junior puede convertirse en Carlos Acosta o Air Acosta, como prefiere llamarlo la prensa, pero siempre será el Moro de Los Pinos.

Ya no se repetirán aquellos sufrimientos por el infarto cerebral de su madre o los dos años de cárcel de su padre, ya no sentirá los gritos de sus hermanos, en los rincones de una casa humilde y estrecha… Quizás solo le quede alguna molestia en su tobillo izquierdo: tres operaciones dejan huellas, aunque los entrenamientos sean diarios y el público no descubra el dolor sobre el escenario. Carlos ha perdido y ha ganado.  Se ha ido el tiempo y han venido otros tiempos.

Dice que pronto volverá a Cuba para vivir, para descansar, para enseñar a otros. Lo veremos entonces sobre las tablas de muchos teatros. Ya no nos brindará funciones de ballet clásico, pero la danza contemporánea puede ser una alternativa después de 41 cumpleaños. Carlos Acosta volverá. Y en Cuba, el aire tendrá un nuevo nombre. (Por Laura Barrera Jerez, publicado en www.radiorebelde.cu)
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