14 de diciembre de 2016

Mis cartas para Fidel



La primera vez que escribí una carta fue para Fidel. Aun la conservo con todo y sus faltas de ortografía. Estaba en segundo grado y mi padre, fidelista por convicción, me contaba de las grandes hazañas de aquel hombre, y también de cómo hacía cumplir los sueños de todos los que le escribían.

Recuerdo que en poco más de dos párrafos le pedí tres cosas: una casa más grande para nosotros; un televisor a color, como el de aquella vecina que no me dejaba pasar más allá de su portal; y que convenciera a mi papá de que si le llegaba aquello del “bombo”, me dejara viviendo acá en Cuba.

Ahora que reviso viejos papeles, que escojo lo que me llevaré en un viaje que me hará cruzar el océano lejos, muy lejos, me encuentro aquel pedazo de papel donde un día puse mis tres grandes deseos. Pienso en mi hermana, que va creciendo con un Fidel diferente, desgastado por el tiempo y los años, anciano. Ya ella no podrá escribir una carta de aquellas.


Cuando la llamé y le dije “dile a papá que Fidel murió”, comprendí que el hombre del que le hablaba le era lejano, incompleto. Pienso ahora en el reto que nos queda, sobre todo a mi generación. Cuando pasen los años, décadas quizás, seremos los últimos que podamos contar de primera mano sobre aquellos eternos discursos donde valía la pena escuchar, el halo de grandeza que podía sentirse cuando pasaba, las consignas dichas de corazón en actos memorables donde su presencia era infaltable…

Dicen que Fidel ha muerto, y ahora, cuando escribo en soledad, comprendo que hay quienes superan a la muerte. En algunos rincones festejan, mientras en este lado del mundo se llora. Cada uno a su manera reconoce la grandeza de un hombre que marcó la historia con un signo propio.

Esta isla, pequeña e insignificante en tiempos pasados, se convirtió en el centro de los grandes acontecimientos desde aquel enero en que un pueblo se hizo Fidel. Como ser humano erró. ¿Quién de nosotros, incluso en el accionar cotidiano, no dice una palabra o realiza un acto equivocado? Pero demasiada luz hubo, y los agradecidos creemos en ella.
Un amigo, siempre insistente, me pregunta si por casualidad tendré yo una de esas historias de las que por estos días se cuentan: le describo entonces la vez en que escribí la segunda carta. Fue en el 2006. Cargué con ella en mi bolsillo sin saber que en aquella ocasión podría dársela personalmente. Fidel me saludó. Me dijo algunas palabras, pero la carta siguió en mi bolsillo, cargada de sueños. 

Y ahora, cuando dicen que a la tercera va la vencida, hago otra carta. No la enviaré, como ninguna de las anteriores, porque en ellas le escribo a un Fidel que aprendí a querer a mi manera, y que a mi manera transmitiré a quienes vengan después de mí. 

Cuando pasen los años y ya inmortalizado, cargado de mitos como suele suceder, Fidel ya no parezca un hombre como otro cualquiera, de carne y hueso, mortal, siempre podré regresar a cada una de aquellas misivas, escritas un día, para un amigo. (Por Eduardo Pérez Otaño)
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