23 de diciembre de 2016

Límites al horizonte




Detalles, fragmentos, instantes… De grandes, a cambio de ganar la lógica, perdemos la inteligencia natural, la verdadera inocencia y la capacidad de soñar. ¿Has mirado la luna hoy?


 limites-al-horizonte-la-letra-cortaApenas comienza a oscurecer. Mientras la mayoría espera el ómnibus que ya viene repleto y con demoras, ella mira y señala: “mamá, mamá, la luna, la luna”. La madre, apostando por otros menesteres la hala del brazo mientras ella insiste: “la luna, mira, qué grande”; a lo que le responden: “deja eso, no sirve para nada”.

Keyla tiene cuatro años y aún cree también en los reyes magos, porque con esa edad todavía puede uno darse el lujo de la inocencia. Desde su pequeñez trata de retar a todo el que le rodea y aunque la quieran convencer de que esos viejecitos con barbas largas que reparten regalos cada enero no existen, o que no vendrá ningún ratoncito a llevarse el diente del hermano, ella lo cree y es feliz.


Su felicidad, inalcanzable para los que le miran desde la altura de la praxis cotidiana y el pragmatismo a flor de piel, le alcanza para contagiar a unos pocos. Con solo cuatro años Keyla enseña a otros todo aquello a lo que renunciamos o aprendemos a renunciar en este largo camino que es crecer y vivir en sociedad.

A veces le pregunto a mis amigos si han visto la luna hoy, si se han dado cuenta que está en la mejor de todas sus fases, si apreciaron el conejo que mi padre se empeñaba en que yo viera. La respuesta, casi invariablemente se traduce en un no rotundo, convencido, porque pareciera que eso no es importante, no es trascendente.

Nací una noche de luna llena, o eso dicen. Quizás por ello creo en los detalles que alimentan el alma y refuerzan el espíritu para adelantar en esta carrera llena de vallas en que se convierte la vida. 
 
Y con la luna he aprendido a no aceptar un no como respuesta, a insistir en los detalles, a aceptar las lágrimas de otros y las mías, a permitir la equivocación y exigir que se rectifique. He puesto los pies sobre la tierra mirando al cielo o al horizonte, que es lo mismo, que es igual.

Aquello de buscar alternativas para la enajenación quizás haya sido después de todo un pretexto de Marx para decirnos que también disfrutaba de la luna, que creía en el futuro como la conjunción de trabajo diario y refuerzo espiritual: lo abstracto como complemento de lo real.

Keyla termina por llorar. No entiende. No quiere entender. La mamá no miró la luna y ella está triste. Aún no sabe que el próximo mes se le aparecerá como hoy. Cree que esa luna que ve es única e irrepetible y la quiere atrapar para sí.

Como la pequeña, termino de observar el cielo y a regañadientes monto en este ómnibus del transporte público donde escasean los soñadores, los lunáticos empedernidos, y sobran los que desconocen esa otra dimensión de la vida que puede situarse, por ahora, más allá del horizonte. (Por Eduardo Pérez Otaño)
 
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