4 oct. 2016

Burlar la dependencia



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Lo invito a una abstracción: exceptuando problemas de salud y pérdida de familiares o de seres queridos, ¿qué sería lo peor que pudiera pasarle en este momento?

En ocasiones juego conmigo y me hago esa pregunta, casi siempre como consuelo ante situaciones estresantes (porque “todo podría ser peor”). Pero a veces también estoy al límite de mi capacidad para reaccionar y controlarme y entonces, ni siquiera ese cuestionamiento resuelve mi pesar.

Hoy no puedo releer los textos que año tras año fui escribiendo, letras que nadie conocía, solo yo. Las guardaba para entretenerme en tiempo de pobreza espiritual, cuando la musa solo alcanza para corregir lo escrito y no para crear nada nuevo.

Ayer había visto las fotos de mi último viaje a la playa. En esa ocasión faltó alguien especial, que por suerte ya está de vuelta, pero de todas formas me gustaba admirar a mi familia lejos de la casa de siempre, del camino de siempre, lejos del día a día, lejos de la bullicio de la ciudad... Disfrutaba los recuerdos de mis vacaciones.


Había encontrado hace poco unos libros que me interesaba leer y unos documentos muy útiles para investigaciones pendientes. Incluso, oía música, casi siempre de Silvio, para complacerme con la canción más linda que he dedicado y con otras melodías necesarias.

Estudiaba y aprendía conceptos, fechas, situaciones hipotéticas, teorías comunicológicas de Horkheimer, de Mauro Wolf, de Manuel Martín Serrano…A veces me perdía en los laberintos tecnológicos a pesar de sus indicaciones tan simples, pero al mismo tiempo tan agobiantes.

Tenía opciones para recrearme en cualquier instante libre, conservaba mensajes electrónicos de amigos lejanos y guardaba con recelo mis escenas preferidas, quizás una conversación de David y Diego en el Coppelia tomando helado de fresa y chocolate, o tal vez los últimos gritos y la lluvia de Clandestinos.

Hasta ayer andaba con mi bolso repleto. Amaba ese espacio cómplice, el mundo que creé para trabajar, para disfrutar, para estudiar o para recordar.Un refugio que hoy ya no está.

Entonces, cuando todo se ha ido: los textos escritos, las notas de clase, los discos de música, las fotos de los viajes, los libros aún sin leer, los datos necesarios para el próximo trabajo, las películas de siempre… Cuando hemos sido víctimas de problemas cuya solución se nos escapa de las manos… Cuando vemos, sin poder hacer nada, cómo se pierden gigas y gigas de esfuerzos, de días pasados… Cuando la vida nos obliga a frenar… Cuando perdemos lo que consideramos imprescindible… ¿Es esto lo peor que nos podía pasar?

Por desgracia, solo “los momentos límite” nos hacen reaccionar. A veces le entregamos nuestra vida a aparatos tecnológicos que evolucionan mucho más rápido que nuestra propia especie. Hechizados por su utilidad, los divinizamos y nos convertimos en esclavos de su funcionamiento.

Y justo después de perder tantos archivos, me preguntaba cuán provechoso sería, de vez en cuando, eliminarlo todo y dejar vacío el disco duro de mi computadora. Así desafiaría mi maldita subordinación a estos artefactos tecnológicos. Sería un buen ejercicio de autodefensa, una estrategia para aprender a trazar estrategias.

Y por supuesto, me sentiría mucho mejor, si un día (como hoy) debo escribir desde otro ordenador, porque sencillamente el mío, el de siempre, no responde, no funciona y ni siquiera ha sido capaz de preservar aquellos gigas de información que conformaban mi mundo. Pero… recuerde: todo puede ser peor, y al final, el éxito de esta vida “semi-informática” está en aprender a burlarla dependencia. (Texto y foto por Laura Barrera Jerez)

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