16 de febrero de 2015

Mis dos Habanas




Habito en una ciudad con rostro doble. Dice mi tía que una de esas caras parece la de una anciana con colorete; ¿la otra?, apenas tiene el peor de los maquillajes. Para los que la recorremos cada día por sus más diversos y desconocidos callejones, ambas poseen su encanto y su misterio.

Mis dos Habanas me asaltan a cada paso. Por acá un edificio recién restaurado, una calle con adoquines nuevos y limpios, el olor a pintura fresca, a limpieza extrema. Por allá la destrucción convertida en cotidiano, el olor a todos los olores, y todos los colores convertidos en ninguno.

Dos caras de una moneda que luego de medio milenio se empeña en sobrevivir a pesar de sus diferencias, de sus complejidades, de los necesarios inventos para trascender, para rehacerse y reinventarse cada día, para nacer cada mañana e intentar que
no caiga otro de sus edificios, o que la grieta no crezca o en el mejor de los casos no desate la peor de todas las tragedias.

Pero no todos sufren ni tienen esas grietas que el tiempo se encarga constantemente de ensanchar. Hay quienes trabajan como hormigas poco a poco para recuperar el esplendor de antaño, para que mi Habana, siempre una, siempre bella, no tenga que usar más coloretes.

Mientras, esta sigue siendo una ciudad dividida en más de un sentido. A la derecha nadie quiere transitar. Todo es feo y desolador. Todo anuncia desastre, pobreza, suciedad. A la izquierda pasan los viajeros de todas partes que vienen para ver lo bello de La Habana, y sus ojos se maravillan con lo que ven.

La ciudad de los grandes hoteles y las pequeñas casas casi o totalmente destruidas; de calles fastuosas, anchas, transitadas y callejones estrechos, tristes, desolados; de adoquines para los transeúntes y los coches, de baches y huecos para el baño diario de las pocas aves a las que no les importa venir a esta parte de mi Habana.

Vivo en una ciudad doble. Vivo en dos Habanas en lugar de una. La que tiene derecho a sobrevivir al tiempo y la que se pierde irremediablemente ante la mirada de todos. Y esta multiplicidad de Habanas me hace pensar en las otras caras, en los rostros múltiples que intentamos olvidar: en mi otro yo que me niego a revisitar, en mi otra Cuba que está ahí, al alcance de la mano y nos empeñamos en ocultar, en la otra vida a la que podemos aspirar.

Convivimos en una ciudad doble, con múltiples rostros, con incontables destinos. (Por Eduardo Pérez Otaño)
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