16 feb. 2015

El guardián de la bahía




Camina el transeúnte por la avenida Malecón. Entran y salen los barcos con sus cargas de siempre, con el mismo andar de cualquier otro día. La Habana despierta, trabaja, se agita y duerme una vez más. Y él ahí: tranquilo, calmado, paciente, vigilante.

Desde su rincón mira a la ciudad de mil historias, de infinitos olores, de incontables realidades. Mira y calla como solo saben hacer los grandes. Aprecia allá todo lo humano e imperfecto de una Habana que se renueva y reconstituye, que se dispone a nuevas cabalgatas.

Y sufre, como todos, los avatares del tiempo, de ese maldito que no da tregua a nadie. El salitre lo inunda como un mal más, el viento, la lluvia y la intemperie no dan tregua. Todo es soportable menos el desconocimiento del transeúnte, del barco, de La Habana.

Solo en un rincón se distrae. No le importan los que
pasan una y otra vez y no lo ven. Perdona a quienes lo han olvidado. Todo lo perdona.

Cual guardián de una bahía que es suya, la protege con desmedido placer. Fiel a su legado sigue allí, sin importar la hora o el día, velando, protegiendo, confiando.

Es entonces cuando La Habana, aunque no lo vea, se siente más tranquila. Sus brazos abiertos, su rostro complaciente, sus ojos que ven todo, allí donde se esconda, hacen de esta una ciudad un poco más acompañada. Y el guardián seguirá ahí. Ahora rejuvenecido, remozado, quizás con más compañía, tal vez menos solo.

Esta bahía podrá seguir con él sin importar los tiempos, incluso más allá. Para unos continuará como el guardián que siempre ha sido, para otros se erige como el sublime protector de una ciudad que le agradece, aunque no lo note. (Por Eduardo Pérez Otaño)

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