1 dic. 2014

Ni fresa ni chocolate




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Fresa y Chocolate, de Juan Carlos Tabío y Gutiérrez Alea
Como muchas otras cosas en la vida, el cine, o mejor, determinadas películas, necesitan su momento, su tiempo, su instante. Forzar las pautas de lo que por naturaleza ha de llegar no es más que violar, con la mayor alevosía, el lento avanzar del crecimiento espiritual en todos los órdenes, porque hablamos de esos filmes que marcan y trascienden, que no quedan en su época, que calan hondo.

Debo confesarlo: con veintidós años aún no había visto Fresa y Chocolate, la decana de la filmografía cubana y no me arrepiento de que haya sido así. De hecho, las pequeñas casualidades que me hicieran postergar por más de dos décadas el acercamiento a esta genial obra, han conspirado para...
bien mío y de esta película de Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea.

Cuando la Cuba de hoy se enfrenta a novedosos caminos y las reformas impulsadas y las reformas impulsadas pretenden ahondar en problemáticas sociales como la xenofobia y el racismo, Fresa y Chocolate se erige como la muestra de que nada es completamente nuevo, nada es tan original.

Un filme de 1993 que nos habla de frente sobre las posibilidades reales de construir una nación con bases sólidas en la pluriculturalidad, las múltiples religiones y creencias, las libertades individuales y las construcciones colectivas, una sociedad donde quepan Virgilio y Martí, la Virgen de la Caridad y los «ateos».

Sería erróneo creer que el largometraje se enfoca solamente en el problema de la libertad sexual o el tema gay, esa constituye una mirada reduccionista. Es la esencia de la cubanidad la que probablemente recoja, a grandes rasgos, esta obra maestra, una cubanidad sobreviviente a viejas políticas doctrinarias, a esquemas anticuados, a vigentes marginaciones, a antiguas y novedosas exclusiones. No hay un solo cuadro en Fresa y Chocolate que no grite, desde su más íntima construcción semántica: ¡Esta es Cuba, mi Cuba, nuestra Cuba! Gústele a quien le guste y pésele a quien le pese.

En época de férreas censuras, el cine logró rescatar la esencia de la isla para devolvérnosla en una obra trascendente e inquisitiva que a mis veintidós años hace cuestionarme las formas y las esencias a niveles insospechados.

Seguro estoy que de haber asistido al concierto de verdades presentadas por Tabío y Alea hace algún tiempo, como mis más cercanos colegas, ni siquiera estas letras se me hubieran ocurrido, ni hubiese calado tan hondo, incluso hasta las esencias mismas de mi cubanidad.

Hoy ni fresa ni chocolate, me diría un amigo, mejor una ensalada mixta para mirar desde Coppelia, el mismo de las largas esperas y las ingratas decepciones, pasar día tras día, lenta e inexorablemente, el futuro de esta Isla construida a retazos rojos y negros, cual sabores de un helado por degustar. (Por Eduardo Pérez Otaño)

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