26 de octubre de 2014

Epitafio para una familia


Epitafio para una familiaQuizás sea este uno de los epitafios más extensos de los que se tenga memoria; pero bien merecido está, máxime cuando el pretexto es el arte, al parecer uno de los pocos con derecho a cuestionar desde todo punto de vista esta realidad nuestra que nos circunda; el mismo arte que bien construido puede convertirse en tribuna para las causas nobles y justas. Del arte cuestionador tomo la inspiración necesaria para estas letras tristes, para este epitafio.

Poco se ha escrito de cuánto el comunismo, sus concepciones básicas, fundacionales o no, y su puesta en práctica, de forma abierta o recalcitrante, ha influido sobre la familia como célula fundamental de la sociedad. No pretendemos disertar sobre el papel que en un sistema social y político cualquiera le corresponde a esta unidad; pero es indiscutible que el sostenimiento de una nación pasa por la existencia y estabilidad de la familia.


Escrita a finales de los noventa, una obra alemana parece gritar desde sus más íntimos intersticios, esos que con cada lectura completamos constante y permanentemente, los efectos de políticas homogeneizantes en pos de construir una sociedad que funcionara como una gran familia, donde fueran desterrados el individualismo y todos los males sociales derivados de este.

Cara de fuego, del escritor alemán Marius von Mayenburg, es en sí misma el prólogo de este extenso epitafio, el resultado de esa búsqueda de la gran familia perfecta que en su relación con la sociedad, en el sentido nacional, sigue los patrones establecidos pero que al interior de sus cuatro paredes se derrumba a cada instante como castillo de naipes.

Un padre que no asume su homosexualidad y que siente atracción por unos hijos completamente fuera de lo estándar, donde el uno se contenta con el fuego y la otra planea liberarse de su gran mal: los progenitores, y por ende, la familia; y una madre que está y no está, que aparece para completar el boceto de la existencia. Una válvula de escape, Paul, el novio de la hija: la tabla de salvación o el torpedo final.

Con la caída del muro de Berlín, dos modelos se encontraron frente a frente de forma irremediable. El occidente y el oriente, cual premonición de posteriores enfrentamientos, quedaron cara a cara, concepciones distintas, construcciones sociales diversas, familias diferentes.

De la Alemania post Berlín ´89 a la Cuba en pleno período especial. Nuestro propio muro comenzó a caer durante la larga década de los noventa y con él descubrimos que bajo la alfombra había muchos más que polvo escondido. No dejaron de tener efectos sobre la familia los intentos importados de territorios allende los mares donde se impuso la convivencia colectiva, con cocinas y baños comunes, con nula intimidad y efímera coexistencia.

Poco a poco la institución familiar comenzó a deteriorarse significativamente hasta convertirse en una estructura en extremo frágil, volátil. Y de nuevo a Mayenburg y de nuevo a Kurt, quien encuentra en el fuego, como antaño los filósofos griegos, el bien que todo lo cura, la posibilidad de la redención, el método purificador. Todo reducido a cenizas es aún mejor. Luego del calor y la luz, la nada. (Por Eduardo Pérez Otaño)
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