22 de noviembre de 2013

Ni tan diferentes… (parte II y final)




Por Laura Carril Herrera

Una rara enfermedad

No son solo los adolescentes y jóvenes de barrios marginales quienes sufren de este mal. Un extraño virus, cuyos síntomas más preocupantes son la apatía, la mala educación, la vulgaridad y las conductas destructivas y agresivas, se expande con rapidez entre todos los grupos etarios y estratos sociales.


Necesario se torna acotar que este mal no es inherente a nuestra sociedad cubana. Aún quedamos seres humanos conscientes y críticos, capaces de observar los problemas, advertir su gravedad e incluso vislumbrar esperanzas y soluciones entre los escombros de una moral derruida luego de tantos años de descuido.

A pesar de los innegables avances de nuestro país en cuanto a instrucción, esto no garantiza la buena educación, la que se enseña desde pequeños, en la casa, y no solo con la palabra, también con el ejemplo. Podemos hablar de porcentajes y estadísticas, índices de desarrollo humano, programas comunitarios, estrategias de vida, censos e investigaciones que comportan grandes inversiones de recursos por parte del país… pero los datos que estas arrojen, esas cifras, son solo dígitos. Y ningún número, por exacto que sea, es capaz de abarcar con toda precisión esa dimensión humana de los problemas, esa que cambia como cambia la gente y el contexto.

Lo mejor de esta “enfermedad” es que tiene una buena prognosis; de hecho, es curable. Lo mejor, diría un amigo, estudiante de Medicina, es la profilaxis, “prevenir para no lamentar”. La vacuna perfecta es una buena formación de valores, los cuales se adquieren desde la cuna: el respeto, la amabilidad, la capacidad de escuchar y dialogar, la intención de decir y hacer lo correcto.

Pero si la dolencia está ya muy avanzada, siempre se pueden tomar otras medidas. Mi abuela opinaría: “¡A esa gente hay que mandarla para la caña!”. Sin duda esto traería beneficios económicos para el país, pero no sería una solución. Porque una opinión, un pensamiento, una actitud negativa, reaccionaria, destructiva, no puede cambiarse a través del castigo. Al menos no en primera instancia.

Las experiencias nos hablan de ello. El trabajo forzado lograría apartar de la sociedad a aquellos que perjudiquen a sus semejantes o a los bienes materiales conseguidos con tanto esfuerzo. Pero no acabaría con una serie de fenómenos subjetivos, productos de una forma de ver la vida, una vida que para muchos ha sido dura en numerosos aspectos, de tipo social, económico y sentimental.

¿Perdidas todas las esperanzas?

Y volvemos a la manida frase de “la juventud está perdida”, en boca de gente mayor, asustada por el “destape” de las nuevas generaciones acerca de la sexualidad, el amor, el matrimonio, el divorcio, la forma de pensar y ver el mundo…

Pero hemos pasado ya “la era del camino único”. Frases dogmáticas como “lo correcto es…” y “eso no está bien” están obsoletas. Es ilógico hablar de verdades absolutas en un mundo donde paradigmas científicos, otrora infalibles, se derrumban como simples castillos de naipes, dando paso a otros nuevos.

Volviendo a lo de “la juventud está perdida”, analicemos críticamente esa afirmación:

LA JUVENTUD…: Generalización. Todos aquellos que sean más jóvenes que quien expresa la frase, sin importar su condición, diferencias o diversidad.

…ESTÁ PERDIDA: Aseveración contundente, sin vuelta atrás. Entramos en un laberinto del cual no podremos salir, ni enfrentándonos al legendario Minotauro. Pocas o ninguna expectativa (¿para qué esforzarse, si de todas maneras nada tiene sentido?)

Esto me suena a nihilismo barato. Copiando a Nietzsche, estamos diciendo: “la juventud, el futuro, el mañana, ha muerto”. Ergo, la sociedad ha muerto o, por lo menos, ya le queda poco.

Por suerte, esa frase no tiene ningún tipo de respaldo, ni lógico ni científico. Pero, si así fuera, ¿esperaremos a llegar a la barbarie? ¿Será necesario que comencemos a dar saltos y gritos alrededor de una olla, lanza en mano, al mejor estilo caníbal, para que nos decidamos a hacer algo?

Si tan preocupante es la situación de “la juventud perdida”, ¿por qué seguimos enseñando valores incorrectos y anticuados a nuestros hijos? ¿Por qué persistimos en la idea de que las niñas deben vestirse de rosado y jugar con muñecas, mientras que los varoncitos han de hacerlo de azul y (¡sumamente importante!) no dejarse tocar la cara por nadie? Si la juventud se pierde, no es de más nadie la culpa que de los encargados de su educación, de su formación en valores y normas sociales adecuadas al momento histórico particular.

Esperanzas

Volví a mirar a ese muchacho, que cantaba sin pudor alguno aquellas frases obscenas. No sentí ya entonces desprecio por él, pero tampoco lástima.

Sentí una curiosa mezcla de decepción, rabia, alegría y esperanza.

Decepción y rabia conmigo misma, por no haberme dado cuenta antes de que nuestra posición está definida por tantos factores, que difícilmente se tiene conciencia de ello, y mucho menos de las vías para salir de este “subdesarrollo individual”, al margen de lo “socialmente correcto”.
 
Alegría y esperanza, porque según esta teoría, el día de mañana ese chico podría ser capaz de escapar de esas ataduras caducas. Escapar de la discriminación en la que gente como yo, como nosotros, como él, le han obligado a vivir, a crear, a expresar, a sentir.

Las puertas se abren. Entra una anciana con aspecto cansado. Ni corto ni perezoso, el muchacho se levanta y le dice a la señora:

—Mire, mi abuela, siéntese aquí.

Me quedé boquiabierta por unos instantes. Entonces sonreí. ¡Qué rápido pueden a veces cumplirse los pronósticos!

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