22 de noviembre de 2013

Ni tan diferentes… (parte I)




Por Laura Carril Herrera

Ni tan diferentes (parte I)Viajaba el otro día en un ómnibus (el P2, mi barco insignia), en un asiento cercano al acordeón, lo suficientemente cercano como para percatarme, a simple vista, del enorme agujero que traspasaba este mecanismo. Un abertura tan grande que hubiera dado fácil cabida a un descuidado pie. Un orificio mayúsculo que, en las horas de mayor confluencia de pasajeros, pudiera ser la causa de un grave accidente.


¿Qué pudo haberlo originado? Puramente accidental tal vez, esta rotura. Pero lo dudo. Igual me ocurre cuando veo un cesto de basura volcado. “Alguien tropezó y lo tiró” pienso, pues aún tengo fe en el mejoramiento humano. No es así cuando se trata de un enorme tanque público, sin tapa y sin ruedas, cuyo contenido maloliente se esparce por la acera y la calle. ¿Quién pudo haber tropezado con tanta fuerza como para ocasionar tal catástrofe? Únicamente una vaca a toda velocidad. O un tanque de guerra. Martha Varada, mi querida profesora de la Secundaria Básica, nos decía cuando alguien del grupo cometía alguna fechoría o travesura: “Demasiadas casualidades ya no son tan casuales”.

Pero, volviendo a mi P2, a mitad de viaje subieron al ómnibus, hasta entonces bastante silencioso —no era un horario tan “complicado”—, varios muchachos de tecnológico. Datos generales: peinados incorrectos, uniforme incorrecto, expresión incorrecta, actitud incorrecta… Y estos enemigos de la corrección traían, apurruñaditos en un celular, a todos estos maravillosos intérpretes de bellas canciones, de esos dulces temas de reggaetón que, según mi humilde opinión musical, deberían formar parte de la banda sonora de UN VIAJE AL INFIERNO, y no de Dante, precisamente.

Es el infierno nuestro de cada día, querido lector. El infierno de tener que escuchar a cualquier hora una música que no es de nuestro agrado. El desesperante suplicio de aguantar, callados la boca, las manifestaciones machistas, homofóbicas, cavernícolas, anticuadas, obtusas, estúpidas, marginales, violentas, excluyentes, racistas, cáusticas, groseras, explícitas. Aguantar callados, como hacía el señor sentado frente a mí. Apretaba los labios en un agobiante intento por enmudecer a los pensamientos de “¿qué cosa es esto, caballero?”, “¿qué he hecho para merecerlo?” y “¿hasta cuándo…?”.

“Quimba pa’ que suene” —grosería de moda—, gritaba en ese momento, al compás de la… ejem, música, un mocoso incapaz de mover una neurona para pensar en lo desagradable que resultaba para los demás.

Pero, por suerte para mí y para este análisis, se me ocurrió, por un instante, ponerme en el lugar de ese muchacho por el que tanto desprecio sentí entonces. Salirme de mis vestiduras de estudiante universitaria, formada en un hogar amoroso, y de niña mimada por una familia comprensiva. Y saqué las siguientes conclusiones…

Ponerse en el lugar de otros

¿Nadie se ha puesto nunca en el lugar del supuesto malo de la película? Claro, es difícil ponerse en el lugar de una persona que te resulta antipática por naturaleza. Es duro concederle a una experiencia traumática o a una condición equis la responsabilidad de aquello que desearíamos fuera producto de la pura maldad o de la simple inconsciencia. Y es aún más complicado entender, siendo, como somos la mayoría, seres implicados en la construcción del mundo mejor, por qué “esos parias” no quieren acoplarse a “lo que debe ser”, a la perfecta rueda del movimiento social. Llegamos entonces a conceptos complicados: marginación y exclusión social.

Se entiende por marginado todo aquello que se encuentra en la periferia, al margen de un sistema, pudiendo formar o no parte de este. Está dado por múltiples factores: geográficos, económicos, étnicos, religiosos, sociales… Normalmente, tiende a creerse que los marginados se autoexcluyen: conviven en grupos más bien cerrados, no comparten con otros fuera de estos, y llevan a cabo prácticas exclusivas de su condición, tradiciones, cultura propia. No obstante, el comienzo de toda marginación no parte de la voluntad del marginado, sino de una acción de rechazo por parte de los “incluidos”.

Y el reggaetón, como tantas otras manifestaciones, es producto de esta marginación, como lo fueron el jazz, el rock y el blues en su momento, entre las comunidades negras de Estados Unidos, durante el pasado siglo. La cuestión radica en que los grupos excluidos —ya sea por su localización geográfica o de otra índole— deben expresar sus preocupaciones, su mundo, los problemas que los afectan pero, sobre todo, lo que ven todos los días. Si vemos igualdad, amor, amistad, nuestra expresión artística así lo reflejará. Si, por el contrario, apreciamos a nuestro alrededor un clima hostil, machista, discriminatorio… ya usted se imagina, ¿no?

Siempre se ha hablado de la capacidad del arte para unificar, hermanar y hacer confluir para bien lo mejor de nosotros. Asimismo, el arte puede ser vía para hacer aflorar los valores (o anti-valores) más ruines, los odios más viles. El odio hacia aquello que nos margina, que nos mantiene fuera del círculo de lo aceptado, de lo bueno, lo bello, lo correcto. “Eres diferente”, “eres vulgar”, “no eres como nosotros”, repiten por doquier. Y los resquemores y desconfianzas se multiplican. Y las manifestaciones negativas no cambian, sino que no paran de crecer.

Mikis, repas, frikis, hemos… Todos demandamos formar parte de un sistema. Necesitamos reglas, un modo de vida, una guía para movernos y actuar en sociedad. Pero si las reglas imperantes en esta nos marginan, ya sea por nuestra extracción, posibilidades económicas o incluso aspecto físico, debemos reinventar filosofías, afiliaciones y gustos que, al menos, nos briden la posibilidad de realizarnos, en el medio que sea, y como sea.

Mi experiencia con el Censo de Población y Viviendas podría ser ilustrativa. Fui designada como supervisora de un segmento perteneciente a la barriada de Lawton, donde resido; a mi cargo se encontraban tres enumeradores, muchachos de politécnico. Su fama los precedía. De hecho, entre los otros supervisores, todos estudiantes de la UH o de la CUJAE, les decíamos “los secuaces”, un término despectivo, discriminatorio al fin. ¡Ellos eran tan diferentes de lo que aceptábamos! Irresponsables, malcriados, desobedientes, regados… Nos habíamos olvidado, por cierto, de la época en que teníamos quince, dieciséis años, y rezábamos para que los profesores no fueran a darnos clases, para así poder regresar a casa temprano.

Cuando los vi por primera vez sentí un fuerte impulso de salir corriendo. “¡Qué facha! Deben ser “candela” pensé. Sin embargo, me hice el harakiri. “Qué todo sea por salir bien”.
Al principio me costó trabajo lidiar con ellos, pero a fuerza de charlas motivacionales y “la gran eficacia del buen ejemplo”, logré que trabajaran correctamente y con prontitud, que lidiaran con todo tipo de personas tratándolas con respeto, usando esas palabras que en su medio parecían haberse perdido: “permiso”, “por favor”, “gracias”, “disculpe la molestia”, “que pase un buen día”…

Debido al constante contacto durante esas diez jornadas de incesante trabajo, nuestras relaciones se volvieron menos forzadas, más agradables. Hacíamos chistes e incluso hablábamos sobre temas interesantes. Me sorprendió ver que, al fin y al cabo, nuestras diferencias eran mínimas, casi las mismas que pueden existir entre uno de mis compañeros de clase y yo. Resultaron ser muchachos de buenos sentimientos, capaces de involucrarse en esta labor de profundo carácter humano. Su “mala fama” procedía de: 1) las dañinas generalizaciones, sin base objetiva alguna; 2) cierto fundamento real proveniente de la forma en que fueron educados.

Continúa…
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