4 de agosto de 2017

Los muertos

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Escuché en una película mexicana decir que el pasado son todos nuestros muertos. Así de fuerte y así de profundo. A uno de los personajes se le interroga por qué no cambiaba de vida, por qué no escapaba de una realidad dura, cruel, inhumana, por qué no cruzaba la pinche frontera. El hombre se toma su tiempo y responde que ahí, en ese rancho de mala muerte, estaban enterrados sus muertos, y que uno no se puede ir ahí no más, porque sí, olvidando lo que se deja atrás.

Aunque en lo personal soy más de Hernán Cortés que de Moctezuma, o lo que es lo mismo, disfruto más del fuego que se levanta al quemar uno las naves, que del calor (y las sudoraciones) que se desprenden del hogar de los ancestros, no dejo de pensar en los muertos (personales y colectivos) que me acompañan en esta feliz travesía que es la vida.

Cargar con tus muertos te hará quizás más sabio, y además, que no es poco, con toda seguridad te permite estar menos solo. Recuerdas en qué se equivocaron ellos, e intentas en la medida de lo posible no volver a meter la pata. Haces tuyos sus triunfos y completas los sueños para los cuales a ellos no les alcanzó el tiempo. Los muertos también te acompañan, los muertos son tu memoria prolongada, los compañeros que dejaste atrás en la aventura de la supervivencia, y que ahora te toman del brazo, cuesta arriba y cuesta abajo, por los caminos de la vida.

A veces la memoria se quiebra y las genealogías terminan desencontrándose, pobres de aquellos que olvidaron a sus primeros padres y están condenados a empezar de cero. En otros casos, los vivos se encargan de barrer un pasado que no les conviene, y construirse una historia donde solo caben algunos difuntos, los que interesan al presente de turno.

De todos modos, quiérase o no, somos un coctel de genes y por nuestras venas corre una combinación retorcida de parientes que se remontan al hombre (y a la mujer) de las cavernas, y que pasa por doscientas generaciones de aldeanos desdentados, hasta llegar a eso que eres tú, un muerto en camino a serlo, cuya máxima aspiración es, en definitiva, aparte de sembrar el árbol y luchar por la paz mundial, dejar lo tuyo, semen mediante, a la próxima generación de humanos; y así por los siglos de los siglos, hasta que nos lo permita el calentamiento climático y la inmensa bobería de esta especie humana de muertos compartidos, ya sean Adán y Eva, o la vagina y el pene de la primera mujer y el primer hombre del continente africano.
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