5 de julio de 2017

Debajo de la vitrina

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Por Boris Milián Díaz

Camina llevándose el peso de las miradas aunque no tiene ningún atractivo especial: todo se ha desvanecido bajo el peso de los años y la dureza de la vida. Quizás es la ropa reveladora o el aura de sexo, que se despliega en cada uno de sus movimientos, lo que termina por vencer los condicionamientos, el recato y el miedo a la muerte llevándonos a confrontarla. La conversación se torna el formalismo previo a una transacción comercial. ¿Por qué habría de ser otra cosa? Tan sólo es una de las tantas prostitutas que se mueven lejos del glamur de las discotecas y zonas turísticas. Otro despojo humano lanzado a la boca de las bestias que mueven la economía de nuestro país.

La historia de vida tiende a reproducirse, espécimen tras espécimen, con un mínimo de variaciones: la pobre chica de campo ninfómana y deseducada por las imposibilidades que la atraparon. Sus justificaciones pueden variar, desde la deficiencia intelectual hasta la compulsión de la circunstancia, recorriendo el amplio espectro de particularidades repetidas como son familias o parejas abusivas. Siempre con una nota de distanciamiento e indiferencia que puede resultar deshumanizante y no deja espacio más que para su condición de objeto sexual.

La clientela se halla apenas un peldaño por encima de ellas en la escala de consumo, teniendo los mismos resentimientos sociales e historias de vida semejantes, pero con la ventaja de ser los que pagan y -por tanto- tener siempre la razón. Si no bastara, son hombres y cuentan con la fuerza física para imponerla. Pueden ser los mismos trabajadores que, día a día, se curten en la construcción de nuestro sueño; nuestra sociedad. Pueden ser los estudiantes por los que apostamos para trazar los planos de lo que soñamos. Incluso el padre de esa colegiala tímida que se aplica en sus deberes para no decepcionarlo.

Buscar la protección de un proxeneta pudiera parecer una opción viable para disminuir los riesgo pero siendo un contrato no explícito, que presupone la capacidad para el uso de la violencia de una de sus partes, terminan repitiendo las mismas historias de maltratos que las llevaron hasta allá. La competencia en un ámbito al margen de la sociedad puede decantar en eventuales, y hasta cíclicos, episodios violentos que parecen dar al traste con el morbo del imaginario popular.

Además de ser golpeada, asesinada, infectada por una enfermedad de transmisión sexual, cada noche en la vida de una prostituta está la posibilidad de ser apresada. ¿Por qué? ¿Para proteger a la misma sociedad que crea a semejantes personas y se sirve de ellas? El mecanismo de eliminación de deshechos humanos que se glorifica como institución tan sólo parece reciclar el problema para devolvérnoslo con más resentimiento y justificación para ampliar el círculo sobre su propio eje. No es raro encontrar entre ellas a antiguas presidiarias y hasta reincidentes.

Ver a una en la calle puede ponernos ante la paradoja de nuestra propia bestialidad. No vemos a una persona ni a la sociedad que la ha creado. Tan sólo un animal para ser montado y desechado. Y es nuestro propio instinto el que se sobrepone a todos nuestros condicionamientos y escrúpulos dando un salto hacia el vacío brutal que hemos ayudado a crear. Para volver a la normalidad tan sólo tenemos que pagar. Y se habrán ido.
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