7 de junio de 2017

El precio de un cuerpo feliz


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Foto: Alejandro A. Madorrán Durán

Por Eduardo Pérez Otaño

La Habana le queda chiquita. Demasiado chiquita. Se sabe de memorias los mejores y los peores barrios de esta ciudad maravilla. Los ha recorrido muchas veces. Todos o casi todos. En un tiempo, de poco fashion, sin saber a qué atenerse.

Ahora escoge. Eso es una ventaja. El implante de pelo y de senos ayuda. Es una inversión. En el negocio no se puede descuidar nada. Ni el acrílico de las uñas ni el mejor vestido, fashion también, claro está.

Con veinticinco años Sandra se conoce de memoria los secretos de La Habana y del sexo. Sabe todo lo que se puede hacer, lo mismo en una noche que en una hora. 

La vida cada quien la lucha a su manera, como puede y con lo que puede. Eso le dice a quienes insinúan la menor de las palabras de reproche. No mato, no robo. Cumplo hasta con casi todos los mandamientos, se defiende.


Estudiábamos en la Universidad. La conocí un día de aquellos en que comenzábamos el primer año. Venía con medio mundo recorrido. Ahora que vuelvo a coincidir con ella repaso algunas fotos. Cuando nos graduamos ya era otra: dos operaciones para implantes de silicona de más, labios más abultados, tres viajes al viejo continente y un pasaporte disponible para nuevas aventuras.

-La vida no es para pasar tanto trabajo mijito…

Y yo la miro. Cansado del trabajo de la semana. De tanto madrugar sin que por ello amanezca más temprano. 

-En eso estamos- le respondo, y cruzo la avenida. 

Las casualidades de una tarde me hicieron coincidir también con otro de mis compañeros de estudio. Él sí conoce bien a Sandra. A su manera. Era (o quizás es) su amigo.

A no pocos nos hervía la sangre cuando asumía aquella actitud de criado atento. Media hora antes de comenzar las clases salía a comprarle el paquete de galleticas de chocolate y la caja de jugo, escena con la que habríamos de convivir durante cuatro años.

Me acuerdo de aquello que una vez leí: detrás de todo hombre hay una gran mujer. Termino por reír. Las coincidencias son así de locas. 

Esta ciudad parece que sí, que es demasiado chiquita después de todo.

El día que nos graduamos, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, Sandra también estaba allí. Como muchos de nosotros fue título de oro.  (Publicado en www.eltoque.com)
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