26 de abril de 2017

Familia y Migración, un binomio complejo



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Por Luis Dariel Pinto Delgado


Escribir sobre migración en el contexto actual se hace dramático: desplazamientos de poblaciones, aumento de crisis económica en regiones como América Latina y el Caribe… Por solo poner un ejemplo, el resurgir en esta área geográfica de corrientes políticas de derecha, marcan las pautas de la contemporaneidad sobre migración, la cual trae aparejado a la familia como núcleo y sujeto de los procesos migratorios.


La teoría nos indica que la emigración es el proceso en que el individuo deja su lugar de origen para establecerse en otro país, generalmente por causas económicas o sociales, y amparados en la mayoría de los casos, por el consentimiento y acuerdo del núcleo familiar. No obstante, los lazos filiares hoy no se rompen en el caso cubano, sino que se fortalecen mayoritariamente, creando redes sociales que se organizan y desarrollan canales y rutas migratorias, lo que ocasionó un incremento considerable de salidas de personas del país.  
  

El proceso migratorio cubano se debe observar como un asunto natural, ya que la formación de la nación es producto de constantes procesos migratorios. Además, ha transcurrido a lo largo de la historia por diferentes etapas. Desde el mismo triunfo de la Revolución discurre por varios momentos históricos: entre ellos se destacan las oleadas migratorias de Camarioca (1965), Mariel (1980) y la Crisis de los Balseros (1994)


Las diferentes coyunturas políticas supeditadas a las conversaciones sobre temas migratorios entre Cuba y los EE.UU, incidieron directamente en la caracterización particularizada de nuestra migración, modificando la composición de ella. Es de ese modo que comienza una mayor migración calificada, joven y femenina, fenómeno que se mantiene hasta nuestros días, variando indistintamente los índices y porcientos de migrantes tras la aparición de nuevos destinos. 


El proceso migratorio cubano y la familia, iniciaron la modificación de las estructuras sociales a partir de la aparición de nuevas formas de organización de los núcleos familiares, transitando por nuclear, extendida y llegando a la descomposición.


Al mismo tiempo, vuelve a colación el término “transculturación” del Dr. Fernando Ortiz, con la ruptura total de las relaciones políticas entre Cuba y los EE.UU el 3 de enero de 1961. El sujeto que migraba se trasladaba con elementos culturales de su sociedad y en el asentamiento, con el proceso de asimilación-inserción, ese mismo individuo, con ayuda de la familia, reproduce patrones, conductas, creencias y hábitos de la cotidianidad para poder materializar la idea de realizar el proceso de atracción familiar, y reconstruir su núcleo familiar. 


El tema migratorio y la participación masiva de ciudadanos cubanos como protagonistas de estas empresas, fueron por mucho tiempo motivo de discriminación, víctimas de políticas estaduales. Estas discriminaciones y conceptos sobre los cubanos que decidían emigrar tanto por vía legal como por la ilegal, fueron cambiando desde finales de la década del ochenta y principio del noventa, bajo un nuevo contexto con el derrumbe del campo socialista y el inicio del llamado “período especial”.



Debido a las carencias económicas, la política de los Estados Unidos, con su negación de visas, influyó en que dicho período se caracterizara por un apoyo familiar a los emigrados, cambiando la visión del proyecto migratorio de una conducta desleal y discriminatoria a una vía de escape de la crisis. Se potenció la esperanza en la conformación de una red social capaz de movilizar al resto de la familia en función de la reunificación por las distintas funciones, ya fuere ayuda, conexión o proceso de atracción familiar.



Además de las señaladas flexibilizaciones en la Política Migratoria y a pesar de que aún se requiere continuar trabajando en estos aspectos, es evidente que la aprobación de nuevas fuentes de empleo en el sector por cuenta-propia y las conversaciones entre Cuba y los EE.UU. para normalizar las relaciones entre ambos países, ha dado un vuelco radical a las valoraciones, aspiraciones y conceptos envejecidos en las dos orillas, evidenciándose mayor intento de reconciliación familiar.



Hoy se hace patente que las familias se han unido en conciencia y deseos de la reunificación familiar, despolitizando en la mayoría de los casos el tema migratorio y empujando a los gobiernos a tomar partido y dinamizar las voluntades en pos de solucionar o al menos mejorar el proceso migratorio entre ambos países. Por otra parte, este ha cambiado, primero desde la base social, observando con más claridad una emigración circular que nunca existió como la tenemos hoy y con tendencia al aumento, destacándose como máximos protagonistas del proceso migratorio en el contexto actual, la familia cubana.



Antes de la modificación de la ley migratoria en enero de 2013, las solicitudes de repatriación, según datos de la Dirección de Inmigración y Extranjería no superaban los mil, mientras que ya para el 2016 sobrepasaban las 10 mil peticiones. No obstante, a pesar de ser eliminada la Política de pies secos pies mojados y el Programa de PAROLE para profesionales de la salud, las cifras de emigrantes cubanos se han mantenido alta, manteniendo el saldo migratorio cubano negativo, lo que supone que la afectación al núcleo familiar es continuada.



El elemento jurídico no escapa al empeoramiento de la situación del familiar que migra, poniendo barreras entre la diáspora y sus coterráneos, ya que en gran medida quedan desprotegida las capacidades para el ejercicio del derecho de estos individuos en temas como el traspaso de bienes, la participación en actividades de comercio interior y exterior, y el propio proceso político, por lo que las normas cubanas continúan como otro protagonista en los cambios profundos a los que se enfrenta hoy la sociedad.



La tendencia de nuestra migración es a la circularidad, la que ha aprendido a convivir en dos espacios totalmente distintos, de los cuales han obtenido herramientas y estilos de vida foráneos, que sin transgredir directamente lo autóctono, ya se ponen en práctica, logrando modificaciones en la política económica y social de Cuba.



Hoy la diáspora exige más participación, inclusión y respeto de sus derechos como ciudadanos cubanos, lo que supone un reto no despreciable para el país, ya que los cubanos residentes en el exterior constituyen aproximadamente el 12.5 % de la población (1.4 millones sobre una población de 11,2 millones). Cerca del 85.7% de ellos vive en Estados Unidos.



En los últimos 20 años el 99,6% de los cubanos que solicitaron salir del país lo hicieron y la inmensa mayoría de los que salieron temporalmente regresaron en los primeros 30 días.

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