3 de enero de 2017

Teatro Alhambra: presencia y expresión (II)



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Nacer y vivir
El Teatro Alhambra fue fundado el 13 de septiembre de 1980, en el  cruce de las calles Consulado y Virtudes, en La Habana. Según la investigadora, Gina Picart, era “un feucho caserón”, tenía una sola planta y era propiedad de José Ross, un emigrado catalán que no había tenido mucha suerte con los negocios. Inicialmente este hombre tuvo la idea de construir un gimnasio en aquel local que más tarde se convirtió en un salón de patinaje y  finalmente en un teatro.
 “En el Alambra se representaron más de cinco mil piezas, todas costumbristas y de gran arraigo popular. Ya hemos visto en esa mítica película La bella del Alambra, del director Enrique Pineda Barnet, cómo solían transcurrir las noches entre sus muros. Dividida entre la elegante platea y el modestísimo lunetario, una desaforada multitud de varones (en la que no faltaban unas pocas damas osadísimas que se disfrazaban hasta con bigotes para poder asistir al espectáculo) aplaudía con arrebato a sus vedettes favoritas o silbaba con el mismo vigor a las que algo envejecidas mostraban carnes algo envejecidas (…); reía con las picardías del negrito y el gallego; vitoreaba fogosamente a la mulata y hasta se enzarzaba en peleas de bandos cuando la actualidad se adueñaba del escenario” (Picart, G. 2009). 
Un solo escenario en Cuba mantendría la presentación sistemática de obras teatrales.“En 1900 se dio inicio a la temporada más célebre del Teatro Alhambra, ahí van a refugiarse los restos del teatro bufo ya deteriorado y comienza un género revisteril con características propias. Villoch, los Robreño, José López…son los protagonistas de una empresa en la cual sobrevivió la modesta commediadell´arte cubana.” (Espinoza Mendosa, N.:2012). Esta temporada duraría hasta 1935, y hoy es considerada la temporada más extensa del teatro cubano.
Entre los visitantes más ilustres del Alhambra estuvieron Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Valle Inclán, Jacinto Benavente y García Lorca, por solo mencionar algunos nombres representativos de una lista que es mucho más extensa.
La corrupción y el servilismo de los gobiernos de la época había propiciado la circulación entre la población de chistes y burlas, y aquel contexto también se reflejaba en las tablas, aunque no comenzaría la modernidad teatral en Cuba en aquellos días amargos y de desconfianza. 
Sin embargo, el llamado teatro vernáculo introdujo cambios sustanciales en la proyección de las artes escénicas: mayor riqueza escenográfica y de vestuario, y un significativo desarrollo de la música como componente indispensable de las puestas en escena. Se mantenían personajes típicos como el negrito (con su lenguaje popular y refranero), el gallego (más conservador y cauteloso), la mulata (deseada por su imponente figura femenina), el bobo (que se refugiaba en la tontería para hacer críticas y reflexiones fuertes) y el chino (constantemente luchando por adaptarse al nuevo espacio geográfico que le correspondía). Muchas veces los personajes se basaban en individuos reales, y con la caricaturización de su personalidad, los actores hacían reír al público.
Esta imbricación entre el humor, el lenguaje coloquial, la música y la danza complementando la trama, hicieron que el teatro Alhambra fuera aplaudido y reverenciado por el público cubano. La defensa constante de las causas justas fue un de las razones por las cuales fue escalando posiciones dentro del imaginario social. Además, la decisión de sus actores y directores de rechazar los modelos impuestos y los géneros cultos  para apropiarse de sus elementos de manera original, le fue imprimiendo un sello distintivo a aquellos escenarios.
El historiador Eduardo Robreño, aclara:“el género alhambresco respondía a un teatro costumbrista, captador de tipos y costumbres. A diferencia de los bufos, cuya principal característica era la superactuación (…) El naturalismo cobró vigencia y todos los intérpretes que se distinguieron a través de los años mantuvieron esa tónica (…) Tales fueron los casos del negrito, el gallego y la mulata”.
Pero las opiniones de los investigadores, críticos de arte e investigadores sobre el tema, son muy diversas en cuanto a aquella manera de hacer teatro. En el tercer tomo de su libro La selva oscura, Rine Leal dice: "Los primeros años del teatro cubano en la república de 1902 estuvieron marcados por el predominio absoluto del género alhambresco [...] y un descenso vertiginoso hacia la banalidad, el entretenimiento ligero y hasta la pornografía o sicalipsis, como se le llamaba pudorosamente en la prensa [...] Es indudable que nuestra escena alcanza su nivel más bajo de calidad y moralidad". 
Sin embargo, otra lectura más favorable del fenómeno alhambresco, puntualiza la significación de este teatro dentro de la cultura cubana, ya que su autenticidad proviene de la defensa de las tradiciones populares (donde se incluyen maneras de hablar, de vivir, de relacionarse socialmente) que hoy nos cuentan parte de nuestra historia y nos permiten entender tendencias artísticas más actuales.
Según la investigadora Gina Picart, el Alhambra fue un exponente del arte dramatúrgico cubano porque  en él surgieron nuevos géneros musicales y el bufo y la comedia alcanzaron alturas inestimables. (Por Laura Barrera Jerez y Yoel Almaguer de Armas)
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