11 de enero de 2017

La Isla en peso



Cuba, la Llave del Golfo, como antaño le llamaban, cuenta con una riqueza histórica envidiable sobre lo cual valdría la pena contar, sobre todo ahora que el olvido pareciera estar de moda.
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Foto: Laura Barrera Jerez
Hay una isla en medio del Caribe de la que pueden escribirse mil historias. Una isla larga y estrecha, firme y políticamente incómoda para muchos, una isla de la que les voy a contar.

Con poco menos de 11 millones de habitantes ha sido en los últimos quinientos años la joya preferida por no pocos. Los españoles llegaron aquel lejano día de finales del siglo XV y afirmaron haber encontrado la “tierra más hermosa  que ojos humanos habían visto”.

Cien años después era la tierra más fortificada del continente, escala natural y obligatoria para los grandes barcos de la corona que, cargados con toda la riqueza de la América hispana, a la que le fueron quitando hasta las ilusiones, llegaban a estos lares para abastecerse de alimentos, mujeres y buena vida. 

A los ibéricos le hicieron la competencia los piratas, corsarios y bucaneros. Cada uno con sus propias estrategias, banderas particulares o inglesas, francesas, hasta del lejano Portugal. Desolaron La Habana no pocas veces. De Santiago de Cuba, la segunda plaza en importancia de esta isla, hicieron la ciudad por excelencia para el contrabando.


Se la discutieron los africanos a su modo, si bien no por la fuerza al menos en lo cultural. Cundo llegaron por miles para satisfacer la necesidad de mano de obra que había creado el exterminio casi masivo de los aborígenes, no les quedó más remedio que inventarse sus dioses, a medio camino entre Santa Bárbara y  Changó. Y tras los esclavos vinieron los chinos y haitianos y canarios y gallegos…

Cuando la independencia se podía tocar con las manos, allá en el último lustro del siglo XIX, los vecinos del Norte, queriendo asegurar sus inversiones, se sumaron a la guerra y de paso se quedaron dando vueltas los próximos sesenta años. Bien por la fuerza, bien por la diplomacia a punta de pistola o por el pleno dominio económico, dibujaron esta isla a su justa medida.

Para entonces se habían acumulado los muertos suficientes, y los vivos también, a quienes no les faltaban las energías para expulsar a todo lo que se opusiera a la independencia plena y absoluta. 

Dicen que fue en enero del cincuenta y nueve cuando otra historia comenzó. Otra historia de adelantos y retrocesos, de logros innegables y errores no menos importantes. Entonces fue esta tierra amiga de los guerrilleros de América, sitio de avanzada para la Rusia soviética en medio del Caribe, donante voluntaria de su sangre para Vietnam, gran ejército para la liberación de Angola y Namibia, fuente de ánimos para la Revolución Sandinista de 1979, refugio natural para los expulsados de sus propios países. 

A esta Isla en medio del Caribe le faltan muchas historias por contar. De cómo ha aprendido a repartir equitativamente su pobreza a falta de riquezas, de cómo el socialismo aun no encuentra su modelo económico, de cómo la educación y la cultura pueden alimentar tanto como el arroz, de cómo se puede ser grande en medio de estas dos Américas dispares.

De esta isla en peso, como escribía un poeta falsamente reivindicado en esta tierra, valdría la pena contar, con sus luces y sus sombras, ahora que la historia parece que ha vuelto a empezar. (Por Eduardo Pérez Otaño, publicado en www.eltoque.com)
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