9 abr. 2015

El precio de ser un símbolo



Desde que conocí los enredos de la Semiótica nunca más he dormido en paz. Existe un mundo de símbolos e interpretaciones que cada individuo asume a su modo: una vida paralela a esta rutina de respirar, comer, trabajar y morir.

Un signo lingüístico tiene un significante: la palabra tiene una referencia material o casi material. Además, esa imagen fónica responde a un concepto propio: el significado.

En fin, ¿qué imaginamos cuando nos preguntan por un carro, una nave espacial o un perfume? Cada elemento tiene su propia conceptualización en nuestras mentes, solo que cada cual puede imaginarlo diferente (en cuanto a colores, tamaños, formas, composición).

Por eso la vida es tan exquisita y tan injusta a la vez. Siempre existen jerarquías que nos obligan a asumir decisiones de otros, criterios de otros. Sin embargo, la semiótica nos permite violar algunas normas a través del pensamiento: cada cual puede imaginar significados diferentes a partir de un mismo significante.


Y vale la pena reflexionar sobre esas cuestiones porque aunque a veces miremos y no veamos, la esencia de la vida se define en las pequeñas sutilezas. El reto está en saber identificarlas: cada una de ellas entraña una posibilidad y depende de nosotros interpretarla correctamente porque pueden transformarse en deudas sumisas y silenciosas que poco a poco nos superan.

Convivimos con símbolos, hablamos con símbolos y a veces hasta compramos símbolos. A través de la Semiótica pudiéramos ubicarlos de acuerdo a diferentes categorías: los religiosos, los de las tradiciones populares, los símbolos nacionales, los símbolos de la paz, de la justicia, de la política...

Incluso un mismo símbolo puede convertirse en muchos significados, según la Semiótica. Esas “categorías” se entrelazan de acuerdo a intereses, creencias, costumbres, niveles de interpretación, contextos sociales…

Por supuesto que los símbolos están ahí para ser respetados. Si pierden su valor como tal no tiene sentido que sigan considerándose símbolos. Solo que, como el concepto lo indica,son ellos la representación perceptible de una idea, con rasgos asociados por una convención socialmente aceptada. Las reglas las dicta la cotidianidad y los sentimientos de quienes valoran y asumen esos símbolos.

La gente cree en lo que desea creer y siente lo que desea sentir. La hipocresía existe. Los compromisos también. Cada cual reverencia algo y cada cual encuentra un modo distinto de hacerlo.

Hace poco sentí la felicidad de un amigo al que le habían regalado una bandera cubana. Siempre quiso una, pero no podía comprarla… ¿Cuántos cuerpos humanos llevan el tatuaje del Che? Incluso, su imagen en un pedazo de cartulina, junto a un almanaque estampado en ese mismo soporte, puede tener un precio de 3.45 CUC (86.25 MN)… No hablemos entonces de cuadros de líderes y héroes cubanos y latinoamericanos que explícitamente son utilizados para llenar espacios vacíos en paredes de cafeterías, terminales de ómnibus, mercados agropecuarios. Espacios que a veces, con la precariedad de sus condiciones materiales, mancillan el significado de esos símbolos.

Entonces, ¿cuándo un símbolo es estandarte y cuándo es un simple adorno o un elemento comercial? ¿Quién permite o no permite que lo sea?¿Cómo se vela por el respeto a los símbolos? ¿Cuál es el olor de un símbolo? ¿Cuál es el precio de ser un símbolo? (Texto y foto por Laura Barrera Jerez)

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