4 de diciembre de 2014

Ser o parecer, he ahí la cuestión




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Las esencias disfrazadas por la cotidianidad, o mejor, por las demandas de una cotidianidad demasiado mediada por las individualidades y sus grandes aspiraciones, presentan a este siglo un renovado dilema shakesperiano: ser o parecer, he ahí la cuestión.

El día a día del nuevo milenio ya en su segunda década pareciera exigir de la apariencia mucho más de lo que las propias esencias pueden soportar, porque no cabe dudas que aunque el diablo se vista a la moda el azufre seguirá haciendo de la suyas, o para mejor comprensión: la mona aunque se vista de seda… ya lo adivina usted.

Poco pareciera ser lo que realmente es. Pocos pueden ser lo que realmente quisieran ser.

Ni Nietzsche y sus afirmaciones y confirmaciones del ser y del yo, ni la filosofía con toda su experiencia milenaria, llegan aun a...
entender esta era nuestra en que lo aparente sustituye a lo real, y lo real se convierte en complemento sin importancia, porque ¿lo real no vende, verdad?

El Maestro nos lo anunciaba ya con toda claridad: el que lleva mucho fuera tiene poco dentro; el que lleva mucho dentro necesita poco afuera. Mas para las reglas del mercado el bueno de Martí importa poco y la moral se queda en el pasado. La vorágine de la vida real y concreta no puede atarse a esos viejos preceptos que ya nadie quiere aprender y menos practicar.

La humildad y sencillez son cosa del pasado. La moda y sus tribulaciones, la modernidad con sus nuevas metas, el conocimiento con sus necesidades, la posición con sus requisitos, el ser con el parecer: la relación curiosamente aun sigue siendo de dos, de complementos, de aparentes equidades.

Para el autor de Romeo y Julieta no hay más sentido en la cuestión misma que en su apariencia. Todo depende de cómo se vea, dirán algunos; todo se verá como realmente sea, afirmarán otros pocos.

Y en lo que ambas partes se ponen de acuerdo avanzamos hacia el porvenir, donde por cierto, ni los libros de Shakespeare ni las discusiones de este tipo parece que tendrán mucho sentido. Claro, no será por falta de interés, sino por carencia de tiempo. He ahí el otro problema: el tiempo.

Sencillo: no hay tiempo para discutir sobre el ser y el parecer, esa es la cuestión.
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