4 dic. 2014

La Cuestión




Llegó entre los últimos y tomó asiento, como es lógico, en la tribuna. Arrastró su silla con todo el buen arte que se puede aplicar al monótono acto de arrastrar una silla y se sentó. Cubrió la mesa -hasta entonces vacía- de todo, de notas, planillas, cuartillas llenas de asociaciones infinitas de veintiséis letras.

Asumió su postura oficial, la de siempre, la esperada por el auditorio. Acomodó el micrófono, lo volvió a desacomodar: acto repetido doce veces, esto con toda seguridad y elegancia, con maestría absoluta.

Garraspó, tosió, tomó agua. Colocó el vaso a veinticinco centímetros de la esquina de la mesa antes vacía, ahora apenas con espacio exacto para el vaso ya mencionado. Un poco a la derecha, unos centímetros a la izquierda: precisión milimétrica. De ser comprobado se llegaría a la conclusión de que...
nunca antes maestro alguno de la geometría del espacio ha logrado tal habilidad.

Se dispuso a hablar: sucesión terrible de fonemas enlazados para formar sílabas, palabras, oraciones, párrafos, incoherencias tan bien organizadas que dejaron impresionados al auditorio. Los temas eran con sumo interés repetidos por enésima ocasión consecutiva. Aún tratamos de confirmar este dato en los archivos personales de quien tan magistralmente hace uso de la lengua, pero nos ha sido imposible certificar tal afirmación.

El auditorio había asistido, vale aclararlo, bajo todo interés personal. Nunca antes ni después se supo de presión alguna. La voluntad por sobre todo primaba en la sala y también la expectación. Ya llegaba el discurso a su mejor momento. El público prorrumpió en aplausos insistentes. Repitió la misma frase, hacia atrás y hacia adelante unas tres veces, no más para no perder la genialidad. Silencio total.

Unos años más tarde -también nos quedaremos en deuda en tal caso- concluyó el insuperable discurso. El auditorio amaestradamente saltó de sus asientos. Gritó. Coreó frases de alegría. Agradecieron personalmente en la medida de lo posible. Según cuentan, algunos lloraron, otros se desmayaron. Solo entonces La Cuestión fue feliz.  (Por Eduardo Pérez Otaño)
 

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