28 de julio de 2017

Vida de estatua

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Por Eduardo Pérez Otaño

Son las cinco de la tarde y el boulevard de Obispo está lleno, como siempre. Desde que mejoraron las cosas con los del Norte, hay cada vez más turistas en esta zona, resultado de la llegada casi diaria de cruceros y de la multiplicación de los vuelos hacia Cuba. Una niña se acerca y en algún idioma desconocido le habla al hombre que pretende simular al Caballero de París. No se mueve. No se inmuta. Parece no respirar.

El dinero cae en la lata colocada frente a él y de la nada inicia una secuencia que recuerda al viejo personaje devenido en símbolo reciente de la ciudad colonial. Este, a diferencia del modelado en bronce, cobra vida cuando siente el tintineo de las monedas o el inconfundible color de los billetes.

Desde temprano anda por estos lares. Su faena comenzó muy en la mañana y aun no cesa. Se inventa los mil y un recursos para permanecer inmóvil, porque cada gesto vale. Extiende la mano y saluda a la pequeña. Luego se inclina y hace un amago de abrazo. Le coloca la barba a la altura de su tamaño y vuelve a su posición original. La foto de recuerdo y el adiós.

Ya llegan otros a quienes los gestos de la pequeña han llamado la atención. Estos son nacionales, al parecer de provincia. Traen dos niños inquietos, juguetones, curiosos. Se acercan al viejo caballero de París transmutado en un ser en apariencia sucio, mugroso, revestido de traje color oscuro, devenido en curiosidad para los infantes.

Quieren que la estatua se mueva, los toque, les salude. Uno de los padres mira la vasija frente al hombre, busca en la cartera, no encuentra. Pide a uno de los acompañantes con cara de preocupación, urgiéndolo antes de que los pequeños se impacienten. El otro mete la mano en el bolsillo, saca el billete y lo coloca en el cofre improvisado.

Cobra vida el Caballero de París. Se mueve un paso, sonríe a los padres y se coloca para la foto. Por diez pesos cubanos se salta el saludo, la inclinación de respeto, la mano sobre la cabeza de los niños, la posibilidad de tocar su barba y jugar con él.

Decepcionados, unos y otros se apuran en el trance de la foto. Agarran a cada uno de los pequeños y los halan. Ellos no entienden. No pueden entender por qué el “viejo que no se mueve” no los quiere a ellos, no les hace caso.

-Son cosas de las estatuas, que son así de pesadas- dice uno de los padres.

-Son cosas de billetes- dijo el otro mirando hacia atrás, quizás para que los pequeños no escucharan, quizás para remarcar la decepción.

Llegan otros, de esos que merecen incluso el abrazo. Yo sigo camino. No he pagado mi cuota y también me quedo sin estrechón de manos y sin foto. (Publicado en www.eltoque.com)
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