6 de julio de 2017

Historias de montaña

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Imagen "La flor blanca", de José A. Bencomo Mena

Por Eduardo Pérez Otaño

Caridad vive allí desde siempre. La conocí una mañana de agosto. Hacía calor, mucho calor.

-Buenas tardes, ¿sabe de un lugar donde nos puedan alquilar por un día o dos?- le dije a modo de presentación.

A los cinco minutos estábamos instalados en su casa. Nos presentó a su niña, de apenas 11 años. La casa era solo eso, la casa. Sobre un suelo bien apisonado había apenas dos taburetes y una mesa, donde ellas se sientan a comer juntas cada noche, cuando el sol casi se va.

Al fondo hay un fogón de leñas. A media mañana, cuando limpia el patio, va a buscar palos al monte. Los pone a secar para que quemen bien. Después prepara el almuerzo para la hija y se acomoda en el portal, “a ver qué pasa”.

A Caridad la conocí cuando junto a dos amigos nos fuimos para el Turquino, sin pensarlo muchas veces. Llegamos hasta Providencia, un pueblecito del municipio Masó en Granma. A pie, por entre subidas y bajadas, cual de todas peor, llegamos a Santo Domingo, justo donde comienza el Parque Nacional.

Nos habían advertido que la bondad de los que viven en la serranía no tiene fronteras y así fue. Entre tanta miseria espiritual que se vive en estos días, Caridad se nos presenta como la antítesis.

-Mamá dice que me va a comprar un champú cuando cumpla doce-, nos dijo la pequeña cuyo nombre nunca preguntamos, pero a la que siempre llamamos “la niña”.

Nunca antes lo había usado. Habaneros perplejos se encontraron ambas cuando miraron a nuestras caras. De pronto comprendimos que la vida puede ser mucho más que un champú.

-Dice que me va a poner el pelo bonito y con olor-, acotó la pequeña, como trayéndonos a la realidad.

Allá donde la vida parece casi imposible, en plena serranía del oriente de Cuba, la realidad parece transcurrir en otros códigos, a veces incomprensibles para el citadino incrédulo. Basta con hurgar un poco para comprender que la carencia de teléfonos, computadoras, señales Wi-Fi, sofisticados aparatos y modas de último minuto, no les impide ser felices a su manera.

Aquella noche, mientras esperábamos que llegara el sueño, hablamos de muchos asuntos. De lo ajetreado de la ciudad y de las novedades de La Habana. Ellas nos contaron de mulas y majases de cinco o seis metros. Nosotros volvimos a la carga con las comodidades incontables de vivir en lugares más urbanos y ellas nos devolvieron su mirada sobre las bondades de no depender de la electricidad ni de que llegue el agua, cuando alguien la ponga.

Caridad nos habló un poco de sus sueños: comprarse una olla “de esas donde se cocina el arroz sin tanto humo”. Y luego se preocuparía un poco por su pelo que de tanto tizne ya no daba más. Más tarde vería si aparece alguien que le acompañe en la vida. Su esposo, nos confesó, se había ido para Holguín en busca de mejores oportunidades. Hacía ya más de tres años que no veía a la niña.


Dormimos. Nosotros tres en la cama grande. Caridad y la niña en la pequeña. Fue una noche demorada. En el silencio de la serranía recordé entonces aquello de que mucha tienda, poca alma. Quien lleva mucho dentro necesita poco fuera. Y fui feliz, también a mi modo. (Publicado en www.eltoque.com)
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