20 de enero de 2017

Virgilio Piñera: isla siempre



 “Aunque estoy a punto de renacer, no lo proclamaré a los
cuatro vientos, ni me sentiré un elegido: sólo me tocó en suerte,
y lo acepto porque no está en mi mano negarme, y sería por otra
parte una descortesía que un hombre distinguido jamás haría…”
V. P.

Ya es una isla y no me asombra tanta grandeza. Su nombre encumbrado retoza constantemente con los recuerdos de quienes nos quedamos detrás. Sí, nos quedamos tratando de comprender algunos granitos de esa tierra fértil, nos quedamos en la espuma de las olas que llegan hasta la orilla. 

virgilio-isla-siempre-la-letra-cortaLo sorprendente es que su isla no haya desaparecido de los mapas. En este mundo tan convulso muy pocos creemos en ese lirismo de la geografía, pero él nunca perdió la esperanza. Sin temerle a los incrédulos, decía con toda franqueza: “Mis piernas se irán haciendo tierra y mar, y poco a poco, igual que un andante chopiniano, empezarán a salirme árboles en los brazos, rosas en los ojos y arena en el pecho.” 

Virgilio siempre lo supo. Quizás por eso aquella frialdad de sus cuentos, tal vez la furia, o la broma colosal, en definitiva, su vida entera  reposaba en las letras. 

Tal vez nunca pudo controlar los insomnios y por eso decidió matar al protagonista de su historia, a aquel misterioso individuo sin tranquilidad nocturna. Aun así, ni Virgilio logró que conciliara el sueño. Y el personaje se habrá quedado insatisfecho, pero, ¿cuántos hemos sucumbido ante la escritura diáfana y veloz? ¿Cuántos hemos sido cómplices de los verbos recurrentes del  escritor, de las palabras indicadas, de los silencios necesarios? ¿Cuántos nos hemos quedado atrapados en su isla?


No dudo que esa paz haya surgido del andar incansable por tantas tierras: Matanzas lo vio nacer, Camagüey lo acogió, la Habana lo cultivó… Por suerte, le tocó a Cuba recibirlo cuando llegó al mundo.

Y aunque esos lirismos de la geografía ya no impresionen a muchos, y aunque casi nadie sepa convertirse en isla, algunos cubanos han decidido serle fiel a las pasiones literarias que hicieron de Virgilio Piñera un hombre sin igual.

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Así lo recuerdan en Centro Habana. No sabía que sus faenas habían encontrado el contexto perfecto entre las calles escondidas de esos parajes antiguos. Y la gente pasaba por allí sin saberlo, la gente iba y venía sin imaginar las hazañas del balcón.

Ahora, aquella pared se ilumina con la luz de las ficciones, con las imágenes y los recuerdos que solo aquel espacio puede contar.
 
El tiempo había pasado sin darle a Virgilio tan merecido reconocimiento. Jamás se habría conformado con la gloria de los grandes. ¿Cómo no mantenerlo vivo en el lugar donde se consagró a sus impulsos? Allí, cerca de la gente, cerca del olor a barrio, cerca del aire denso de la cotidianidad, cerca de la Cuba nuestra.

Cuando leí Cartas a Totouche, el epistolario que recoge las misivas que Alejo Carpentier enviaba desde Parías a su madre, comprendí cuántos secretos se esconden en esas calles desvencijadas. El autor de El Reino de  este mundo, hablaba de ellas con tal naturalidad y regocijo, que resulta estimulante imaginar tanto esplendor.

Pero cada época tiene su encanto. Hoy, el tiempo ha cobrado sus horas, mucha belleza se pierde ante nuestros ojos: los hombres no hemos sido suficientemente consecuentes. Y mientras saldamos poco a poco nuestras deudas (algunas quedarán para siempre), nos siguen sorprendiendo los secretos de una arquitectura magnífica. 

Los homenajes imprescindibles nos devuelven la paz a quienes  debíamos tal deferencia. Esos compromisos a veces se postergan, pero nunca es tarde para saldarlos. Hombres como Virgilio lo merecen. En aquel lugar él logró convertir su inspiración en arte, y mantenerse vivo allí, más que un derecho, es una necesidad. 

Cuando transitemos la calle Gervasio  entre Lagunas y Ánimas, una placa dorada, en el número 121, nos regalará la frescura del balcón donde Virgilio escribió sus ficciones. Ahora será permanente el insomnio del dramaturgo, será una isla rodeada por un mar de gente, está entre los suyos, y no puede negar tal reconocimiento porque un hombre distinguido no comente esa descortesía. (Por Laura Barrera Jerez)
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