13 de enero de 2017

Inventaré un nombre para mi profesor



“Basta una amable extrapolación para postular un grupo humano que cree reaccionar psicológicamente en el sentido clásico de esa vieja, vieja palabra, pero que no  representa más que una instancia de ese flujo de la materia inanimada, de las  infinitas interacciones de lo que antaño llamábamos deseos, simpatías, voluntades, convicciones, y que aparecen aquí como algo irreductible a toda razón y a toda descripción.”
Julio Cortázar 

Ni siquiera sé su nombre, pero lo prefiero así.  Él también estaría de acuerdo con este pacto de misterio si supiera mi desconocimiento. Sencillamente se lanzaría su mochila al hombro y diría sarcásticamente: “Lo explícito es absurdo”.

inventare-un-nombre-para-mi-profesor-la-letra-corta
No deja de sorprenderme su liviana manera de ver la vida. Ni los filósofos más avezados competirían con sus antojadas palabras. 

Dicen que corrió entre los números cuando era joven, luego jugó con la física y finalmente se sumió en el hálito encantador de sus pasiones profesionales.

Y anda por el mundo pregonando que la pedagogía es el arte de la provocación. Realmente él hubiese sido una bonita competencia para Einstein, para Da Vinci, para Mozart o para Chaplin, pero decidió tener un  arte propio.

Desde entonces (desde siempre) interpreta su personaje frente al auditorio hipnotizado. Las siglas en el pizarrón, los juegos de palabras, los dibujos, las burlas constantes, el subconsciente, los sueños... todo nace de su impetuosa e innata condición de provocar a quienes lo rodean. Él, como buen artista, atrapa a su público.


Sabe cuán eficiente resulta ese constante enfrentamiento de subordinaciones mezcladas. Jamás pasaba “lista”, se burlaba de esos  momentos en los que subjetivamente   -decía- los profesores imponen su poder al demostrar cómo los alumnos están sometidos a sus disposiciones. Él se conformaba con memorizar nuestros rostros, aplicar sus ironías a quienes llegaban tarde y conversar sobre el horóscopo durante los minutos del receso. 

La primera vez, me esforcé en vano por tomar notas, jamás tuve una libreta para esa asignatura; finalmente descubrí que estaba frente a un experto de la persuasión: te perdías en la nebulosa de sus impulsos, sin rumbo definido y al final, el descubrimiento: habías presenciado una majestuosa clase.

Por eso me compadezco de los que utilizan amenazas para captar atenciones, de los que te acosan con profanar tus resultados académicos o de los que simplemente son esclavos de un papel mientras imparten una conferencia sobre cuestiones indisolublemente ligadas a su accionar diario.

Me niego a soportar las incompetencias de quienes no tienen las cualidades suficientes para impartir clases. ¿Veinte años no es edad suficiente como para ser responsables de nuestras acciones? ¿Por qué dirigirse a estudiantes universitarios como si fueran niños incapaces de concebir la magnitud de sus actos?

Por desgracia, aún existen individuos que empañan la perfecta labor de los verdaderos pedagogos. “La vida les dará la calificación que merecen”, nos decía el profe Sin nombre, y es cierto, aunque otros se empeñen en adelantar el futuro con la violencia verbal y con ese aire de superioridad que tanto molesta. Al final, más que inspirarme respeto, me dan lástima.

Conocer al profesor Sin Nombre fue una perfecta oportunidad para borrar tenebrosos recuerdos de esa materia. Fue una perfecta oportunidad para aprender a valorar la existencia sin exageraciones. Fue una perfecta oportunidad para adueñarme de mis turas.

Ojalá hubiera podido resumir en letras su magnífica actuación. En vano intento hilvanar entre líneas aquellos chistes, las reflexiones afrodisíacas, las bromas insospechadas, los ojos desorbitados, su andar sereno, su pelo desinhibido, su rostro de niño feliz, los absurdos convertidos en moralejas.

Hoy solo me queda cumplir la promesa de releer Rayuela. La discusión de la obra de Julio Cortázar fue la despedida del profesor de filosofía. Y aún no sé su nombre, pero (como diría el escritor argentino) “nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir, escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo”.  (Por Laura Barrera Jerez)
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